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Discurso de despedida de Antonio Cruz Conde de la presidencia de la Diputación (1967)

De Cordobapedia
Antonio Cruz Conde. Discurso de despedida de la presidencia de la Diputación

Creo mi deber iniciar el acto de hoy, ofreciendo al Pleno de esta Diputación Provincial de Córdoba, en primer lugar, la justificación de mi actividad dimisionaria que me priva del honor de seguirlo presidiendo. Deberéis, pues, perdonarme que emplee el tiempo, más escaso posible, en ofrecer a vuestra contemplación mis propios actos y que incluso me aventure por un terreno de por sí difícil y a veces contradictorio cuando se trata de explicar un acto político.

Del porqué de su dimisión

En el período escaso de dos meses, los acontecimientos ocurridos me han situado entre supuestas contradicciones. Una votación y una dimisión han alcanzado interpretaciones diversas. Para algunos era obligada la convivencia frente a un contrasentido de pareceres; para otros, mera caciquismo. Para muchos se ha invocado un principio jerárquico y disciplinario que me avergonzaba al no respetarse. Se ha suprimido una confianza que se había utilizado con un fin político, y se ha especulado, pero sin duda, no por un llamado o jurado sino a partir de una votación con doble empate, lo que pone de manifiesto una discrepancia desconocida que, pudiendo ser histórica, perdió, por ocultar y sutileza, todas sus posibilidades de diálogo y de entereza.

He conocido el escrito que firmaron todos y cada uno de los diputados que componen esta Corporación, solicitando la dimisión del Ministro de la Gobernación, haciendo voto de adhesión a mi persona y ratificando su confianza en la política provincial. Os debo, por todo ello, mi agradecimiento, pero habéis, sin duda, encontrado razonable que, cuando un módulo de valores—entendidos como norma—se cumplen en todas las provincias españolas, yo no desee representar la sola excepción de Córdoba.

Porque si vosotros habéis allanado el camino de mi vuelta con la comunicación al Ministerio, tenéis que perdonarme que no sepa volver sobre mis actos, pues no entiendo de componendas políticas, y no sabré estar en un cargo de cualquier manera y a cualquier precio.

Rendición de cuentas

Suele ser costumbre, al término de una actuación pública, rendir cuentas de la gestión realizada: hacer balance de los objetivos logrados, de las obras realizadas, de las creaciones llevadas a cabo. Lo conseguido por la Diputación durante los años que me ha cabido el honor de presidirla es, sin duda, una obra trascendental y todos podemos sentirnos orgullosos de haber colaborado en ella. Diversas circunstancias han dado lugar a que, en estos cinco años, se registren en nuestros libros de actas, en nuestros caminos y en nuestros servicios, algunos de los hechos más importantes de la historia de esta Corporación. Sería objeto de una memoria recoger con amplitud datos y gráficas estadísticas su labor desarrollada. Sus beneficios empiezan a notarse y, en mayor proporción, lo harán en breve plazo, tanto en el orden cultural como en el económico, sanitario, social, ganadero, agrícola, turístico, industrial y de servicios de toda la provincia.

Pero permitidme que, en otra ocasión, me refiera a la actuación política de un apellido que hace ya más de un siglo consagró su acción pública al servicio de Córdoba y su provincia. Yo pertenezco a esa generación y hoy, con mi dimisión, concluye su noble querencia por la Casa. Por eso acudo a vosotros para hablar un poco de historia de su actuación, de la línea política seguida y de los móviles que la impulsaron.

Remembranzas históricas

En aquellos años difíciles, precisamente por estas fechas, en 1932, José Antonio Primo de Rivera nos animaba con su presencia. Pasábamos de noche por las calles de Córdoba, por la zona artística, admirable entonces como ahora. Impresionado por su belleza y por su célebre definición de “ciudad en la que está tal vez escondido el secreto eterno de España”, recuerdo sus palabras y su aliento: ser blanco de la revolución era un honor y, si ello exigía agruparse para hacerle frente, también había el deber de recoger sus nobles reivindicaciones. Más tarde nació la Falange Española y, ya en su línea política, en 1935 llevó a José Antonio en mi coche particular por los caminos de la provincia, en viaje de propaganda. Recuerdo cómo definía la farsa de las urnas, denunciaba los contubernios, maniobras y componendas, y anunciaba los ideales que triunfarían más tarde al alto precio de un millón de muertos.

En vísperas de esa tragedia vino a Córdoba José Cruz Conde, representante de Calvo Sotelo, para organizar el Movimiento y prestar a Córdoba su último servicio, incorporándola a la zona nacional. Al final de la guerra murió en el cautiverio de Madrid, sin poder ver la victoria. Ello ocurrió en los mismos días en que de nuestra generación, Antonio Cruz Conde y García Muñoz, con camisa azul y defendiendo Córdoba de un desesperado ataque enemigo, caía heroicamente al frente de sus tropas, alcanzando la Medalla Militar Individual.

No es mera coincidencia que, al iniciarse el desencuentro de los españoles y al terminar la guerra, en ambos frentes y años separados, cayeran por la patria dos hombres de mi apellido.

También es aleccionador que, en la retaguardia cordobesa durante los años crueles de la guerra civil, cuando la viña y la hacienda eran un azar y un peligro para muchos, se alzara la voz recia y viril de don Juan Cruz Conde en defensa de los cordobeses en graves dificultades, deteniendo para bien de todos aquella «roja y ancha estela de lágrimas». ¡Qué hermosa era aquella serenidad en aquel terrible apasionamiento!

En esta enumeración de hechos no pretendo sino poner de manifiesto a los cordobeses cuáles han sido nuestras actividades de servicio, que, afortunadas o no, se han mantenido sin afición a la farsa, sin contradecir lo que se piensa y sin dejar de hacer lo que se debía.

No hemos sido políticos por afición, sino por deber. Cuando se hizo la paz en España, en 1939, volvimos de los frentes al trabajo y al hogar. Pasaron diez años hasta que fuimos requeridos para trabajar en la reconstrucción de nuestro país. Es en 1949 cuando Alfonso Cruz Conde adelantó el paso para alinearse con los hombres del Caudillo, olvidando la cosecha de ingratitudes que produjo la política, y atendiendo solo al requerimiento que se le hacía en nombre del Jefe del Estado, para una labor dura, penosa y difícil.

Aquel acto de lealtad no puede ni debe confundirse con una afición al mando o al caudillismo.

Ha sido norma común en tres generaciones dedicar todo el esfuerzo creador a Córdoba y su provincia; nuestra vinculación a esta tierra ha sido tan fuerte que, para servirla, hemos preferido concentrar nuestra actividad política en las Corporaciones locales, renunciando a altos cargos fuera de este ámbito, ya fuera la Alcaldía o la Presidencia de la Diputación, aunque nunca elegimos la política como carrera personal. Solo un generoso impulso a favor de esta tierra nos ha llevado a ella.

Agradecimientos y cierre

Desde que se inició la crisis en esta Corporación hasta hoy —resuelta en dos meses— he conocido pruebas de solidaridad, confianza y afecto. Debo eterna gratitud a los ministros del Gobierno y a la Mancomunidad de Diputaciones de España, que solicitó la continuidad de mi nombramiento. He visto llegar a mi domicilio cordobeses de toda condición, desde los componentes del Pleno municipal hasta personas que cancelaban con su visita viejos antagonismos. Todo ello hizo posible convertir momentos que podrían haber sido de amargura y desilusión en horas de paz interior, íntima satisfacción y alegría espiritual.

Pienso que Dios puso en mis manos este instrumento para hacer algún bien, y lo he ejecutado sin reños ni regimentes. Vistas ya las heridas —incluso las más desconcertantes—, todas están cicatrizadas. Quisiera pedir a cuantos se sintieron dañados por disposiciones u órdenes de esta etapa de mando en Córdoba que olviden el agravio. Pueden estar seguros de que todos mis actos han obedecido siempre a la recta intención de servir al bien público. Ningún móvil inconfesable inspiró mi acción, y esto debe servir de disculpa a mis posibles errores.

Pascual Calderón Ostos

Y para ti, Pascual, mis últimas palabras. Han sido muchos los años de convivencia y esfuerzo mutuo. Pocas personas conocen como tú tus condiciones morales, tu brillantez intelectual y tu verdad permanente. A esto se añade la especialización de tus conocimientos administrativos. Para ostentar el mando que hoy te otorga el Gobierno, has de saber tanto como sabes. Llegar a este puesto sin tu preparación hubiera sido un indeseable tropiezo que retrasara la marcha de nuestras obras.

El gobernador civil, jefe nato de esta Corporación, debe colocar sus destinos en las manos más diestras y capaces. Las demostraciones de tu inteligencia, tu lealtad a la doctrina y tu continuo desvelo por el bien público son las mejores garantías del éxito de tu gestión. Te deseo de todo corazón mil veces afortunado.

Estoy seguro de que contarás con la contribución de todos en tu tarea.

Los cordobeses tienen el deber de ayudar a quien ha jurado el cargo y de contribuir con su esfuerzo al bien de Córdoba.

Deseo rendir mi agradecimiento a los alcaldes de toda la provincia y a los miembros de esta Corporación, que consagraron su tiempo y su actividad a las poblaciones, aportando fondos y mejoras que engrandecen nuestra tierra. No puedo olvidar a cuantos, en horas poco afortunadas, añadieron su mérito y cariño a esta labor.

Gracias también a los funcionarios de esta Corporación, cuya probada competencia ha encauzado nuestras gestiones; a las comunidades religiosas, que con su celo cristiano llenan de caridad nuestros establecimientos benéficos; y a los médicos de nuestra plantilla, que supieron defender sus intereses profesionales con firmeza y cortesía.

A los medios de prensa y radio, por llevar al ámbito de su circulación la problemática de Córdoba y nuestras soluciones.

Por último, ruego al señor gobernador civil que transmita a Su Excelencia el Jefe del Estado mi adhesión constante y mi agradecimiento personal por toda la colaboración prestada en estos años de convivencia.