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	<title>Dos Bohemios (Notas cordobesas) - Historial de revisiones</title>
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	<updated>2026-08-25T04:56:03Z</updated>
	<subtitle>Historial de revisiones de esta página en la wiki</subtitle>
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		<title>Aromeo: Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas</title>
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		<updated>2026-08-24T18:12:46Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas&lt;/p&gt;
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				&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td colspan=&quot;2&quot; class=&quot;diff-lineno&quot; id=&quot;mw-diff-left-l129&quot;&gt;Línea 129:&lt;/td&gt;
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&lt;!-- diff cache key cordobapedia:diff:1.41:old-145982:rev-146249:php=table --&gt;
&lt;/table&gt;</summary>
		<author><name>Aromeo</name></author>
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		<id>https://cordobapedia.datta.capital/wiki/index.php?title=Dos_Bohemios_(Notas_cordobesas)&amp;diff=145982&amp;oldid=prev</id>
		<title>Aromeo: Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis</title>
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		<updated>2026-08-24T18:07:33Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;b&gt;Página nueva&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;div&gt;{{#seo:&lt;br /&gt;
|title=Dos Bohemios (Notas cordobesas)&lt;br /&gt;
|title_mode=append&lt;br /&gt;
|keywords=Notas cordobesas, Ricardo de Montis, Córdoba&lt;br /&gt;
|description=Dos Bohemios, texto de Ricardo de Montis incluido en Notas cordobesas.&lt;br /&gt;
}}&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&amp;#039;&amp;#039;&amp;#039;Dos Bohemios&amp;#039;&amp;#039;&amp;#039; es una de las notas incluidas en &amp;#039;&amp;#039;Notas cordobesas. Recuerdos del pasado&amp;#039;&amp;#039;, de [[Ricardo de Montis]].&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Texto ==&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hace más de treinta años, una mañana lluviosa y fría, presentóse en el antiguo y famoso hospital de la Santa Caridad, entonces convertido en Escuela provincial de Bellas Artes, un joven demacrado, astroso, en quien la miseria y el hambre habían dejado huellas indelebles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Iba en busca del gran artista Rafael Romero de Torres; manifestáronle que aquel no le podía recibir porque estaba entregado al descanso y rogó que llamaran al malogrado pintor y le comunicasen el nombre de su visitante, que éste dijo, seguro de que no le haría esperar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así sucedió en efecto; pocos instantes después el forastero, porque forastero era, penetraba en la alcoba de Romero de Torres y ambos jóvenes saludábanse afectuosamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Rafael Romero había conocido a este pobre diablo en Madrid, pero el pintor cordobés marchó a Roma y no volvió a saber de su amigo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este, al presentársele en el vetusto caserón de la plaza del Potro, le contó su triste odisea, una historia que acongojaría al corazón más duro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día se encontró en la Corte falto por completo de recursos, sin personas que le pudieran socorrer y entonces decidió volver a su pueblo natal, Sevilla, de donde se alejara siendo un niño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Emprendió el viaje a pie, implorando la caridad pública, pernoctando casi siempre al raso, algunas veces en los pajares de las cortijadas y los caseríos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hombre de constitución débil, enfermiza, el cansancio y el hambre hicieron en su organismo grandes estragos, imposibilitándole para continuar su peregrinación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así llegó a Córdoba; pensó que acaso estaría aquí su antiguo amigo y fué a buscarle animado por un rayo de esperanza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Romero de Torres comunicó a su familia quién era aquel desgraciado, cubierto de harapos y de miseria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los padres del artista insigne, también ligados por vínculos de amistad con el padre del extraño huésped, dispensáronle la acogida que se dispensa a un hijo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le alimentaron, le dieron ropas con que sustituyera sus andrajos y, finalmente, le proporcionaron dinero para que pudiera llegar al término de su viaje utilizando el tren y con algunas pesetas en los bolsillos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A esta última parte de la obra de caridad realizada por la familia de Romero contribuyó, con su generosidad característica, el Conde de Torres Cabrera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El pobre bohemio en cuyo corazón, acaso entre muchas malas yerbas crecía lozana la hermosa flor de la gratitud, no quiso abandonar a sus bienhechores sin expresarles de algún modo su profundo reconocimiento, sin intentar el pago de la deuda que con ellos había contraido y les entregó, como recuerdo, una joya. de gran valía. Aquel desheredado de la fortuna, que más de una vez estuvo a punto de perecer de hambre y de frío, llevaba consigo algo de más valor que los billetes de Banco; un papel arrugado y sucio con un autógrafo de su padre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Pregunta el lector quien era él extraño viajero? Pues era el hijo de uno de los hombres que han pasado a la inmortalidad, de uno de los poetas españoles más grandes y más populares, de Gustavo Adolfo Becquer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El papel arrugado y sucio que entregó a la familia de Romero contenía el borrador de la admirable rima que dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hoy la tierra y los cielos me sonríen;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&amp;#039;hoy la he visto, la he visto y me ha mirado;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
hoy creo en Dios”.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como detalles curiosos consignaremos que Becquer, en este borrador, escribió primeramente y tachó después, en el primer verso, las palabras el mundo en lugar de los cielos y en el segundo al centro en vez de al fondo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la cuartilla que contiene esta primorosa rima también aparece escrito y tachado el verso siguiente:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Como brota del páramo la flor”&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
y, a continuación, hay estos sin tachar, que no pertenecen a composición alguna conocida del insigne romántico:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al brotar un relámpago nacemos&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
y aun brilla su fulgor cuando morimos;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
tan corto es el vivir;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
las glorias tras que corremos&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
sueños son, al fin, que perseguimos;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
despertar es morir”.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La cuartilla está firmada de este modo: G. A. Becquer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Huelga añadir que la familia de Romero, formada por artistas exquisitos, guarda como lo que es, como un verdadero tesoro, el autógrafo de Becquer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
***&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bastantes años después que el hijo del insigne poeta se presentó en Córdoba otro bohemio, original y digno de estudio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era también joven, de rostro cetrino, de grandes ojos negros, cuyas miradas se clavaban como puñales, de voz campanuda, de carácter adusto y sombrío.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Veíasele siempre con torbo ceño, siempre hablaba con tono imperativo y amenazador; parecía un verdadero traidor de melodrama.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En Madrid, donde habitualmente residía, conocíanle por Luis del Río, pero el aseguraba que este era un pseudónimo con el que firmaba sus poesías y que se llamaba Severiano Nicolau.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su origen hallábase envuelto en el misterio. Hijo natural de una dama aristocrática de la que habló mucho la prensa con motivo de un proceso ruidoso, crióle una mujer del pueblo y, como los pájaros, apenas pudo volar por el mundo, abandonó su pobre nido para emprender una triste odisea por el mundo, con el espíritu lleno de tristezas y el corazón henchido de odios y rencores hacia la humanidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su madre, con la que nunca habló y la que, según él mismo decía, salpicó más de una vez con el cieno que levantaban los caballos de su carruaje el rostro del hijo abandonado, le asignó una mezquina pensión para que atendiese a las necesidades más perentorias; sólo para que no pudiera decirse que le dejaba morir de hambre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La suma que el pobre bohemio percibía al mes, gastábala en unas cuantas horas y tenia que recurrir a todos los medios imaginables para procurarse el sustento, incluso al engaño y a la mendicidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegó un día en que le fue completamente imposible seguir viviendo en Madrid porque se le cerraron todas las puertas y entonces decidió trasladarse a Córdoba, con la esperanza de que el administrador que su madre tenia aquí fuera más blando de corazón que el de la Corte y se prestara a sacarle de apuros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con este objeto vino a nuestra capital, donde sufrió una decepción tremenda. La dama aristocrática poseía una colección de administradores inconmovibles, de alma berroqueña, completamente sordos a súplicas y lamentaciones.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En su consecuencia, el desengañado forastero, aquí como en Madrid, tuvo que dedicarse a pedir, a importunar a todo el mundo para seguir su vida de crápula y de miseria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero pedía de un modo original, con imposiciones, a veces con amenazas y a quien no le favorecía o le entregaba una cantidad menor de la que el esperase, dirigíale toda clase de improperios y le hacía víctima de sangrientas burlas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En un periódico de la localidad dedicó un soneto al Prelado de la Diócesis; inmediatamente después fue en demanda de socorro; el Obispo le entregó veinticinco pesetas y Luis del Río, profundamente indignado, decía que darle cinco duros por un soneto era una obispada .&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El día en que no lograba, importunando a las autoridades, a las corporaciones, a las personas de significación, reunir la cantidad que necesitaba, no para comer, pues su madre le pagaba un modesto hospedaje, sino para satisfacer sus vicios, situábase ante las puertas del Gran Teatro, en el que actuaba entonces una excelente compañía de ópera y tendía la mano a cuantas personas entraban o salían, exclamando con acento dolorido: una limosna para un pobre artista que ha perdido la voz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando terminaba su peregrinación diaria para reunir unas cuantas pesetas iba a engrosar una tertulia de escritores, artistas y gente de buen humor que todas las noches se formaba en el café del Gran Capitán y allí, entre copa y copa de ajenjo, que era su bebida favorita, charlaba de letras y artes, contaba sus aventuras o recitaba sus composiciones poéticas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estas, casi todas sonetos, tenían un realismo descarnado, brutal; reflejaban el indómito carácter de su autor, pero no carecían de pensamientos hermosos, de imágenes atrevidas, de nervio, de virilidad, todo esto avalorado por una versificación rotunda, vibrante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luis del Río decía sus poesías con énfasis, dándoles gran realce, pues era maestro en la declamación, arte que, según él afirmaba, había estudiado en Roma, donde estuvo pensionado por el Rey don Alfonso XII.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche aquel hombre de ceño adusto y mirada torba llegó al café, alegre, con una sonrisa dibujada en los labios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hoy, dijo, ha sido uno de los días más felices de mi vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué te ha ocurrido? le preguntaron a coro sus contertulios, y contestó gozoso: esta mañana tuve la suerte de tropezar con una excelente persona de las que no se encuentran dos al año, que me dió cincuenta pesetas. Me he bebido un océano de ajenjo; he comido opíparamente en un restaurant , no en la miserable casa donde me sirven a diario una bazofia nauseabunda; he escrito un soneto del que estoy satisfecho; ahora voy a tomar café y a fumar un buen cigarro y todavía me queda dinero en el bolsillo ¿Tengo o no motivo para considerarme feliz?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando pensó ausentarse de nuestra capital porque en ella le faltaba ambiente para seguir su vida bohemia, pidió al gran artista Rafael Romero de Torres que le pintase una tabla para rifarla y, con su producto, costearse el viaje. Romero, generoso y complaciente con todo el mundo, accedió a la petición y, pocos días después, le entregaba un precioso cuadrito.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El hijo de la dama aristocrática efectuó la rifa que le proporcionó una suma relativamente considerable pero, en vez de invertirla en el fin indicado, la gastó en ajenjo y en toda clase de vicios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hallóse nuevamente sin recursos y, por segunda vez, recurrió al artista para que le sacara de apuros, regalándole otra tabla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esas gracias solo se hacen una vez, le dijo muy acertadamente Rafael Romero. Yo tengo que trabajar para vivir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quedóse el peticionario un momento pensativo y luego exclamó entre resignado y colérico: esta ha sido la única vez en que hubiera querido saber lo que es la vergüenza para sonrojarme de lo que me acabas de decir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal frase retrata de cuerpo entero a Luis del Río.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abril. 1919.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
[[Categoría:Alacena]]&lt;br /&gt;
[[Categoría:Notas cordobesas|04-036]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Aromeo</name></author>
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