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	<title>Hombres Funebres (Notas cordobesas) - Historial de revisiones</title>
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		<title>Aromeo: Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas</title>
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		<updated>2026-08-24T18:13:47Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas&lt;/p&gt;
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&lt;/table&gt;</summary>
		<author><name>Aromeo</name></author>
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		<title>Aromeo: Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis</title>
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		<updated>2026-08-24T18:08:35Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;b&gt;Página nueva&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;div&gt;{{#seo:&lt;br /&gt;
|title=Hombres Funebres (Notas cordobesas)&lt;br /&gt;
|title_mode=append&lt;br /&gt;
|keywords=Notas cordobesas, Ricardo de Montis, Córdoba&lt;br /&gt;
|description=Hombres Funebres, texto de Ricardo de Montis incluido en Notas cordobesas.&lt;br /&gt;
}}&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&amp;#039;&amp;#039;&amp;#039;Hombres Funebres&amp;#039;&amp;#039;&amp;#039; es una de las notas incluidas en &amp;#039;&amp;#039;Notas cordobesas. Recuerdos del pasado&amp;#039;&amp;#039;, de [[Ricardo de Montis]].&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Texto ==&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque Córdoba, como Sevilla, como toda la región andaluza, haya merecido el calificativo de tierra de la alegría, de la gracia, del buen humor, nunca han faltado en ella personas graves, serias, adustas, con el sello de la tristeza estampado en el rostro, sumidas en hondas meditaciones, con los ojos humedecidos siempre por el llanto, siempre con un suspiro entre los labios, jamás con una sonrisa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunas de estas personas verdaderamente fúnebres, lograron la popularidad, ya por sus extravagancias, ya por sus rarezas, ya por su extraño modo de vivir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De ellas citaremos a dos sacerdotes, tan encariñados con la idea de la muerte, que bajo su lecho tenían el ataúd en que debían ser enterrados y dedicaban los ratos de ocio a tallar los tableros que cubrirían sus bovedillas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante más de treinta años no se celebraba en Córdoba funeral, solemne o modesto, en que no figurara entre el duelo un hombre de edad avanzada, delgado, alto, cargado de espaldas, con el cartílago de la nariz hundido, vistiendo de riguroso luto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Era, tal vez, este anciano pariente de todas las personas que morían en nuestra ciudad? No; pero asistía a todos los entierros sin necesidad de que le invitaran, en cumplimiento de una promesa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro hombre tomó parte en las guerras civiles que ensangrentaron los campos del Norte de España en la segunda mitad del siglo XIX; el enemigo hízole prisionero condenándole a muerte y le concedió el indulto cuando ya estaba en capilla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hallándose en esta hizo la promesa de asistir, si conseguía la libertad. a todos los funerales y entierros que se verificaran donde el estuviera; de vestir de riguroso luto durante toda su vida y de costear misas en sufragio por su alma al cumplirse el aniversario de aquella fatídica fecha.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En los parajes más solitarios de las afueras de la población, especialmente en los alrededores de los cementerios, veíase pasear todas las tardes, también hace ya muchos años, a un militar que casi siempre vestía de uniforme, aunque no se hallaba en el servicio activo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su rostro aparecía cubierto de una palidez cadavérica; sus ojos tenían una expresión de tristeza infinita.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con la cabeza inclinada a un lado, con la mano derecha sobre el pecho, caminaba lentamente, abstraído de cuanto le rodeaba, tal vez sumido en hondas meditaciones A veces acompañábale un niño de corta edad, hijo suyo, sin que jamás entre ambos se cruzase una palabra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquel hombre, al que, con propiedad, podía aplicarse el calificativo de fúnebre, distraía sus ocios escribiendo versos, unos versos que destilaban amargura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para publicarlos fundó un periódico semanal titulado La Sensitiv a . Este periódico, impreso en papel de color de rosa, aunque debió imprimirse en papel de luto, tuvo una vida efímera porque su lectura acongojaba al corazón de mejor temple.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dos poetas más fúnebres que este hubo, asimismo, en nuestra ciudad en tiempos ya lejanos. Sólo escribían al año una composición, la cual dedicaban a sus muertos y la publicaban en la Prensa local el día de los Difuntos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estos poetas eran padre e hijo y hasta que murió el primero no pulsó el segundo la lira elegíaca envuelta en crespones, para continuar la obra de su progenitor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Digno compañero de las personas aludidas era un funcionario de un centro oficial, a quien jamás se le vió alegre, sino siempre afligido, meditabundo, cabizbajo. A cada momento lanzaba un suspiro capaz de romper una piedra berroqueña y cada vez que evocaba el recuerdo de su esposa, fallecida muchos años antes, los ojos inundábansele de lágrimas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este hombre procuraba distraerse, pero no lo conseguía. Durante las noches de verano iba al paseo del Gran Capitán, retiraba una silla de las colocadas en aquel lugar, poníala dentro del arriate de un naranjo y allí sentaba sus reales para estar alejado del público.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos de los pocos amigos que tenía se acercaban para acompañarle unos momentos, abandonándole pronto porque no era posible estar mucho tiempo a su lado sin entristecerse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cierta noche, uno de tales amigos colgó de las ramas del naranjo qne [sic] servía de dosel al hombre de los suspiros, antes de que éste fuera, varias borlas de papel encarnado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La persona a que nos referimos, al verlas, preguntó que significaban aquellos adornos y su autor contestóle: los he puesto yo para ver si se alegra usted, recordando que a las codornices les colocan, para que se distraigan, borlitas rojas en la jaula.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Finalmente, citaremos un caso curioso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Había en Córdoba un truhán, joven, fornido, en perfecto estado de salud, que, para vivir sin trabajar, recurría a un procedimiento indigno, reprobable.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Paraba a los transeuntes y llorando como una Magdalena, contábales una lúgubre historia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se le había muerto una hija de corta edad y carecía de recursos para comprarle el ataúd; por este motivo se atrevía a pedir limosna, aunque él no había mendigado jamás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las personas crédulas y de caritativos sentimientos solían socorrerle con largueza y el truhán, merced a esta estratagema, pasaba la vida en la holganza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día se encontró, de manos a boca, con el presidente de la Audiencia don Antonio Villanueva, a quien seguía un alguacil que le llevaba unos papeles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El vividor, vertiendo lágrimas como puños, contó la consabida historia al señor Villanueva.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este, no convencido de la verdad del fúnebre relato, Ilamó al alguacil para que se le aproximase y le dijo: acompañe usted a este hombre hasta su casa y compruebe si es cierta la historia que relata de la muerte de un hijo suyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el caso de que lo sea venga usted con él en mi busca y le socorreré, pero si no lo es lo lleva usted a la Cárcel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El farsante hizo un gesto de contrariedad e invitó al alguacil para que le siguiera, emprendiendo una interminable caminata por todas las calles de la población.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El dependiente de la Audiencia, harto de andar y casi convencido de que era victima de una tomadura de pelo, hizo una parada en firme y exclamó dirigiéndose a su acompañante: no doy un paso más sin saber dónde vive usted.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El pobre diablo tuvo precisión de confesar que su relato era una fábula y que no había tal niño muerto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Huelga decir que el alguacil lo condujo inmediatamente a la Cárcel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El vividor, apenas cumplía una quincena de arresto era castigado con otra hasta que tuvo que ausentarse de nuestra capital, convencido de que mientras estuviera en ella permanecería a la sombra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noviembre, 1924.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
[[Categoría:Alacena]]&lt;br /&gt;
[[Categoría:Notas cordobesas|09-017]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Aromeo</name></author>
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