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La Mantilla en la Semana Santa

De Cordobapedia
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Mantilla española con peineta

La mantilla es la prenda tradicional femenina por excelencia de la Semana Santa de Córdoba y de las fiestas de toros. De origen catalán en sus versiones más ricas, fue durante siglos un bien familiar de altísimo valor que se transmitía de madres a hijas y rara vez se compraba nueva. En Córdoba, la mantilla negra de encaje o blonda constituye el acompañamiento natural al paso de las cofradías en los días de Jueves Santo y Viernes Santo, y su uso está ligado a la historia de la identidad femenina andaluza desde al menos el siglo XVI.

Origen e historia

Antigüedad y primeras formas

El origen de la mantilla se pierde en los tiempos. En un principio fue de bayeta o de paño, como todavía la conservan los trajes regionales de distintas comunidades españolas, y constituía la prenda típica de las majas. Del pueblo saltó a las clases pudientes en época de Fernando VII, llegando a ser exhibida en grandes ceremonias y fiestas por damas de la aristocracia y de la emergente burguesía. Los arqueólogos la documentan desde el siglo XVI, y la "Dama de Elche" es citada por los historiadores de aquel tiempo como testimonio de esta costumbre ibérica: en algunos puntos de España las mujeres se colocaban alrededor del cuello un circulo de hierro que concluía en dos pequeñas en pico de cuerpo, formando un arco sobre la cabeza inclinada bastante por delante de la frente, sobre el que podían echar un velo que al extenderse les daba sombra a la cara de modo muy elegante; esa es la forma inicial de la mantilla sobre lo que hoy es la peineta.[1]

La mantilla como bandera del españolismo

A partir de finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX, la mantilla se generalizó como tejido de blonda, chantilly y encaje, alcanzando su mayor apogeo. Fue precisamente entonces cuando se convirtió en símbolo político: en la manifestación de las mantillas que capitaneó María Busherani contra la esposa de Amadeo de Saboya, la prenda fue esgrimida como esencia del españolismo frente a las modas europeas. El episodio dejó grabada en la memoria colectiva la asociación entre la mantilla y la identidad nacional española.[2]

Escritores y poetas del siglo XIX contribuyeron a su exaltación: Goya la inmortalizó con sus retratos; Esproceda con su canto; Lord Byron, Chateaubriand y Victor Hugo la mencionaron; y Gautier y Dumas le dedicaron encendidos elogios, señalándola como la prenda que convertía a la mujer española en encanto para los extranjeros.[3]

Decadencia y supervivencia

Pasado más de medio siglo, el sombrero fue ganando terreno y la mantilla quedó relegada a las festividades de Semana Santa, a las señoras que apadrinan bodas o banderas, a las damas que la lucen en fiestas típicamente andaluzas como los toros o festivales florales, y al privilegio que obtiene la mujer española en las audiencias privadas con el Papa. En las mañanas primaverales del Jueves y Viernes Santo, las mantillas hacen penumbras de encajes a las cordobesas, agraciando frentes ya por sí graciosas, cubiertas por las manos de sus abuelas cuando eran muchas, dobladas con primor como se las llegaron a ellas, pasando de madres a hijas y de estas a las jóvenes de hoy.[4]

La prensa cordobesa de 1963 interpelaba directamente a la mujer cordobesa para que no abandonara esta tradición:

«Hoy, mujercita cordobesa, yo quisiera animarte a que la determinación que tan a fondo tomaste en la pasada Semana Mayor, no continúe en ésta. Con tu figura decidida, borrarás entonces de las calles de tu ciudad la nota españolista más emotiva que puedes darse.»[5]

La mantilla en la Semana Santa de Córdoba

En antaño mostraban las mujeres en público la mantilla con el fin principal de visitar los Sagrarios de las iglesias donde se adora a Jesús Sacramentado. En las últimas décadas del siglo XX cambió principalmente este sentido, siendo su objetivo primordial el acompañar en grupo a los titulares de las cofradías procesionales. El marco espléndido de una Semana Grande cordobesa exigía la mantilla como el marco ideal para una cita de mujer española: ligada a la historia nacional como la fiesta de toros, según el veredicto de los arqueólogos, desde el siglo XVI a.C.[6]

Antiguamente lo primero que los padres proporcionaban a la mocita, era la mantilla y el mantón bordado con flecos de seda, prendas de alta significación para quien las recibía. Con ellas, indistintamente, en jornadas de religiosidad o en días feriales, se manifestaban en la visita a los Sagrarios, en la carrera oficial de las procesiones o en la plaza de toros, y en la verbena ferial, el cordobesismo nato marcado con el sello de la personal belleza y sin ningunas otras prendas superadas.[7]

Sevilla y Córdoba son hermanas gemelas en el uso de la mantilla: hasta la mujer de posición más modesta se españolizaba en Semana Santa con la prenda clásica, una tradición de la que la prensa cordobesa de los años cuarenta y cincuenta alertaba que no debía perderse.[8]

Tipos y materiales

Las mantillas de mayor calidad eran de origen catalán, elaboradas a mano, y su valor se equiparaba al de una joya: una de ellas podría costar alrededor de 8.000 pesetas en los años cuarenta del siglo XX, y en el caso improbable de que pudiera encontrarse en el mercado, lo normal es que no estuviera. Junto a estas mantillas costosas existían, para que todas las mujeres españolas pudieran lucirlas el Jueves y Viernes Santo, mantillas hechas a máquina hasta de unas 500 pesetas.[9]

Los tejidos empleados evolucionaron a lo largo de los siglos: de la bayeta y el paño originales se pasó a la blonda, el chantilly y el encaje. La venta de mantillas no solía sufrir bruscos movimientos y se mantenía a un ritmo idéntico año tras año, con la mayoría de las compras verificadas en los días previos a la Semana Santa.

La peineta

Compañera inseparable de la mantilla en los días de Semana Mayor es la peineta, sobre todo la llamada "de teja", que Goya inmortalizó sobre las cabezas de sus famosas majas.

La peineta tiene su origen en el peine, que a su vez es una reproducción en madera, marfil o hueso, de los dedos de la mano del hombre. Los romanos antiguos no pensaron en utilizar el peine como adorno, aunque le dieran en alta estima y lo realizaran con bellos relieves y dibujos; Roma misma no conoció ese uso, y la subida de precio de los peines debió ser tan exagerada que nada menos que el edicto del Emperador Diocleciano fijó el precio máximo de un peine de madera de box en 14 denarios. Probablemente fueron los árabes los primeros que usaron el peine como adorno, convirtiéndolo en peineta, elaborada en carey, marfil y, más modernamente, en celuloide.[10]

Referencias

  1. Josefina Romero (31 de marzo de 1947): "La Mantilla", en Diario Córdoba.
  2. (29 de marzo de 1945): "La mantilla, prenda nacional por excelencia, conoció en el siglo XIX su mayor apogeo y su decadencia", en Diario Córdoba.
  3. (29 de marzo de 1945): "La mantilla, prenda nacional por excelencia, conoció en el siglo XIX su mayor apogeo y su decadencia", en Diario Córdoba.
  4. María del Valle (14 de abril de 1949): "Mantilla y peineta para la mujer cordobesa", en Diario Córdoba.
  5. Rafael Cabello Castejón (8 de abril de 1963): "Para ti, mujer de Córdoba. La Mantilla", en Diario Córdoba.
  6. María del Valle (14 de abril de 1949): "Mantilla y peineta para la mujer cordobesa", en Diario Córdoba.
  7. Rafael Cabello Castejón (8 de abril de 1963): "Para ti, mujer de Córdoba. La Mantilla", en Diario Córdoba.
  8. Rafael Cabello Castejón (8 de abril de 1963): "Para ti, mujer de Córdoba. La Mantilla", en Diario Córdoba.
  9. (29 de marzo de 1945): "La mantilla, prenda nacional por excelencia, conoció en el siglo XIX su mayor apogeo y su decadencia", en Diario Córdoba.
  10. (29 de marzo de 1945): "La mantilla, prenda nacional por excelencia, conoció en el siglo XIX su mayor apogeo y su decadencia", en Diario Córdoba.