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Antonio Diéguez (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:46 13 mar 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Página creada con «{{#seo:|title=Antoñuelo Diéguez|keywords=córdoba, españa, personajes populares, tabernas, siglo XIX|description=Semblanza biográfica de Antoñuelo Diéguez, célebre tabernero cordobés conocido por su figura grotesca y su ingenio para la picaresca.}}<blockquote>Alto, recio, mofletudo, con descomunal abdomen, con aire de hombre bonachón, aunque pudiera habérsele expedido el título de maestro de truhanerías. resultaba un tipo interesante y popular tanto por su…»)
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Alto, recio, mofletudo, con descomunal abdomen, con aire de hombre bonachón, aunque pudiera habérsele expedido el título de maestro de truhanerías. resultaba un tipo interesante y popular tanto por su grotesca figura como por su indumentaria, todavía más grotesca: unos pantalones en forma de haldas, siempre a punto de desprenderse de la cintura; una polonesa con la que podía darse un par de vueltas al busto provista de bolsillos capaces de contener todos los comestibles de un establecimiento bien provisto y una gorra o un sombrero deformes, todo mugriento y deteriorado.

¿Quien era esta especie de San Cristóbal moderno? Era Antoñuelo Diéguez, como le llamaba todo el mundo, la flor y nata de los taberneros de Córdoba, si no por su probidad ni por la excelencia de sus vinos, por las tretas de que se valía para engañar a sus parroquianos y darles gato por liebre.

La gente aseguraba que Diéguez en sus establecimientos sólo tenía una bota llena de vino y de ella sacaba, indistintamente, el de doce, el de dieciséis y el de a veinte y hasta el caldo de las aceitunas si a algún caprichoso se le antojaba este líquido.

¡Pobre de la persona que se quedaba dormida en la taberna de Antoñuelo, a consecuencia de los efectos del alcohol! Diéguez, con mucho cuidado para no producir ruido a fin de que la presunta víctima no despertara, le colocaba delante un velador lleno de botellas y vasos y con todos los platos sucios que encontraba en la cocina.

Cuando el parroquiano salía de su letargo y preguntaba el importe del gasto que hubiese hecho, el tabernero presentábale una cuenta digna hermana de las famosas del Gran Capitán:

Debe usted con todo -le decía muy serio- dieciséis pesetas.
¿Con todo? -se atrevía a objetar el incauto- ¡pero si yo sólo me he bebido tres medias de a doce!

Al oir estas palabras, Antoñuelo Diéguez mostraba su cómica indignación porque se dudara de su honradez y al fin convencía al deudor, aunque no hubiese comido en veinticuatro horas, de que acababa de servirle un opíparo banquete, como lo demostraban los platos que tenia delante, aunque de nada se acordase por mor de la pícara bebia.

Y el pobre beodo acababa por pagar las dieciséis pesetas, si las tenía, y se marchaba con el estómago como un fuelle, pero dudando si habría comido o no.

Cuando por vicisitudes de la suerte tuvo que cerrar su taberna de la Calle Jesús María, el restaurant de las comidas fantásticas, no perdió ocasión, aguzando el ingenio, de vivir a costa de la buena fe y la credulidad del prójimo.

Un día de la Candelaria, en compañía de otro negociante de su jaez, profundo conocedor de la química, instaló un ventorrillo en el Arroyo de Pedroche y la romería de aquel año a dicho lugar fué memorable.

Antoñuelo Diéguez y su compañero se marcharon antes de que amaneciera al hermoso paraje de la Sierra mencionado, provistos de varios toneles vacíos; con unos polvos que no eran ciertamente los de la Madre Celestina y agua del arroyo, compusieron un líquido que tenía las apariencias del vino; por vino lo vendieron a precio baratísimo y lograron, a la vez que reunir varios cientos de pesetas, hacer perder momentáneamente el juicio a gran número de los concurrentes a la romería.

Jamás hombre alguno habrá dado tanto que hacer a guardias civiles y municipales como dió Antoñuelo Diéguez aquel día en el Arroyo de Pedroche.

Un año, el popular extabernero estableció una rifa en la feria de Palma del Río. Llenó de baratijas la caseta donde la instalara y entre ellas colocó algunos objetos de gran valor que le prestaron varios vecinos del pueblo, para que despertasen la codicia de los jugadores. No creemos necesario decir que los números que ostentaban los objetos indicados jamás entraron en el bombo del sorteo.

Unos jóvenes de buen humor, conocedores de la trampa, se propusieron dar una broma pesada a Antoñuelo Diéguez. Hicieron una papeleta igual a la de la rifa, escribiendo en ella el número correspondiente a una magnífica escopeta con llaves de plata e inscrustaciones de marfil, prestada a Diéguez por el ingeniero don Mariano Castiñeira y se dirigieron a la barraca de la rifa, dispuestos a reir un rato.

Compraron varias papeletas y sacaron otras del bombo, pues esta operación era efectuada por los mismos jugadores, sin obtener los favores de la suerte. Cuando ya parecían dispuestos a retirarse, convencidos de que la Fortuna les había vuelto la espalda, uno de los mozos se decidió a jugar por última vez y ¡oh sorpresa! extrajo del bombo el número correspondiente a la escopeta de las llaves de plata y las incrustaciones de marfil. ¡Como que llevaba la papeleta preparada al efecto oculta entre dos dedos de la mano!

Cuando Antoñuelo se convenció por sus propios ojos de la espantosa realidad, una palidez cadavérica cubrióle el rostro y exclamó con acento de profunda convicción:

Eso no puede ser.
¿Cómo que no? -le objetaron los autores de la mala partida-. ¿Pues no es este el mismo número que tiene la escopeta?
Si, señores -replicó el dueño de la rifa-, pero eso no puede ser.

Pues vamos en busca de un agente de la autoridad, añadieron los bromistas, y ya veremos si puede ser o no. Los jóvenes se marcharon y algunos momentos después volvieron, en compañía de un guardia municipal. Contáronle minuciosamente lo ocurrido y terminaron el relato diciendo: ahora usted decidirá si puede ser o no lo que nosotros sostenemos.

Diéguez, al verse encerrado en un callejón sin salida, introdujo nerviosa y rápidamente la mano en un bolsillo de la blusa que vestía, sacóla estrujando un papel y, al mismo tiempo que lo desdoblaba, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

¡Cómo ha de poder ser si el número a que corresponde la escopeta está aquí!

Llegó un día en que no bastaron a Antonio Diéguez su ingenio y sus artes para vivir. Se encontró solo, enfermo, sin recursos. Cuando podía reunir unas cuantas perras compraba un panecillo, un pedazo de morcilla o dos cuartos de aceitunas, que guardaba en los profundos y grasientos bolsillos de su polonesa, para obsequiarse con un un opíparo banquete cuando el hambre llamara a las puertas de su estómago.

Diéguez solía distraer sus ocios y matar el tiempo jugando al rentoy, en cualquier taberna, con varios desocupados como el. En más de una ocasión alguno de sus camaradas, largo de manos, ya por broma o bien aguijoneado por la necesidad, le sustrajo las modestas viandas que acostumbraba a llevar en los bolsillos.

Por eso Antoñuelo Diéguez, escarmentado y receloso de todo el mundo, siempre que en una partida de rentoy advertía que se le acercaba demasiado un jugador, cambiaba rápidamente de bolsillo los comestibles, diciendo:

Voy a trasladar la despensa porque no me fío ni un pelo de este socio.

Referencias