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Revisión actual - 20:51 31 may 2026
A pesar de que la población de Córdoba ha aumentado extraordinariamente en el transcurso de medio siglo, contamos hoy casi con el mismo número de sastrerías y sombrererías que hace cincuenta años, si bien las modernas hállanse instaladas con más lujo que las antiguas.
En la época a que nos referimos las sastrerías, de ordinario, estaban establecidas en pequeños portales, donde apenas cabían la mesa de cortar y dos o tres sillas, y en aquel reducido local, a la vista del público, tenia que efectuarse las operaciones de tomar las medidas y probar las prendas a los clientes.
En el interior de la casa destinábase una habitación, también pequeña, a taller de las sastras. que con sus charlas, risas y cantares alegraban aquella especie de celda de reclnsión [sic].
Aunque dichos establecimientos aparecían diseminados por toda la ciudad, la mayoría de ellos se encontraba en el centro de la población, que entonces eran la calle de la Librería y sus inmediaciones.
En aquella estaban las de Modelo y Cruz; la primera ostentaba sobre la puerta, a guisa de muestra, el apellido de su dueño, Modelo, hecho con grandes letras de madera, recortadas y pintadas, sujetas a la pared.
En la calle de la Feria se hallaba el establecimiento de Catalán; en la de la Ceniza el de Montero; en la del Ayuntamiento, contiguo a las Casas Consistoriales, el de Brouet; en la de la Espartería el del popular Alvarito, famoso por su gracia y buen humor; en la del Liceo el de Aguilar; en la del Arco Real el de González y en la de Letrados el de Lázaro Rubio, que este traspasó a Flores.
¡Qué persona que peine canas no recordara con agrado al maestro Flores, siempre sonriente, siempre jovial siempre dicharachero! Era el sastre de la majeza, de lo toreros, pues nadie sabia cortar como él un traje corto ni hacer una capa tan airosa como las que él hacia, llenas de trencillas y de pespuntes.
En otras calles apartadas del centro de la población también había establecimientos de sastrería, según ya hemos indicado. En la de Angel de Saavedra estuvo primero, y en la del Baño después, el de Padillo, sastre de militar y de paisano, según rezaba la muestra de su taller, rótulo que originó mas de una broma, no desprovista de ingenio.
En la plaza de la Almagra poseía un obrador Aroca, en el mismo local en que hoy trabajan sus nietos y biznietos; en la calle del Poyo, cerca de la de Doña Engracia, Lora, a quien sustituyó Jiménez, que fue uno de los sastres de más fama en su tiempo; en la Fuenseca Armenta y en el Realejo, Gama.
En la calle de San Francisco habitaba un sastre cuya parroquia era tan escasa que el pobre, a fin de aparentar que no le faltaba trabajo, se entretenía en coser y descoser su ropa.
La principal ocupación de los sastres modestos consistía en cortar las prendas, pues las familias pobres y muchas de la clase media, las confeccionaban en sus casas, para que les resultara más baratas, utilizando los servicios de las innumerables mujeres que se dedicaban a coser a domicilio, mediante el pago de modestísimos jornales.
Al aproximarse el cambio de las estaciones del año aumentaba extraordinariamente el trabajo en las sastrerías, imponiéndose la necesidad de velar. De todas las veladas era la más importante la que comenzaba el día de San Francisco de Asís, 4 de Octubre, y concluía en víspera de la fiesta de Todos los Santos. Durante esta temporada las obreras permanecían en los talleres hasta las altas horas de la noche, sin dar paz a la aguja, dedicadas a confeccionar toda clase de prendas de invierno.
Las madres y los novios de las sastras esperábanlas en las puertas de dichos establecimientos para acompañarlas a sus domicilios cuando concluían la tarea nocturna y los novios las obsequiaban con castañas calientes en cualquiera de los innumerables puestos instalados en todas las plazas y esquinas o con las exquisitas merengas de las confiterías de la Fuenseca o del Realejo, de la calle del Liceo o de la Judería.
La última noche de trabajo, en celebración del final de las veladas, las obreras adornaban las pantallas de los quinqués a cuya débil luz cosían, con lazos, flecos y borlas de papel o trapo de vivos colores
Los maestros sastres también solían festejar la terminación de tales veladas obsequiando a las operarias con giras campestres, con un clásico perol en nuestra Sierra incomparable.
Una de las sombrererías más antiguas y populares de Córdoba fue la de un industrial apellidado Fernández, la cual se hallaba situada en la calle de Lineros. Su especialidad eran los sombreros de felpa, aquellos típicos sombreros que hoy sólo usan algunos campesinos de la Sierra y tenia constantemente gran número de operarias ocupadas en ribetearlos.
Este y otros sombrereros de su tiempo ostentaban a guisa de muestra, en la puerta del establecimiento, pendientes de pescantes, grandes sombreros de felpa o de torta, hechos de madera.
El benemérito cordobés don José Sánchez Peña, dueño de una importantísima fábrica de cascos para sombreros, amplió su negocio instalando una sombrerería en un departamento de la misma fábrica que se hallaba en la plaza de la Corredera. En los escaparates del citado establecimiento, amplio, lujoso, veíase desde la reluciente chistera, entonces muy en boga, hasta el clásico sombrero cordobés, de anchas alas y el airoso calañés, pasando por el de canal, de largo pelo y descomunales proporciones.
No había forastero que, al visitar nuestra población, dejase de comprar un sombrero en la casa de Sánchez Peña.
Casi todas las sombrererías, como las sastrerías, estaban en el centro de la ciudad. En la calle de la Librería hallábase la de Pella, quien tuvo una muerte trágica. Al colgar un quinque en su tienda se le vertió encima el petróleo y aquel infeliz pereció carbonizado.
Dos antiguos empleados de la casa de Sánchez Peña, Ariza y Cruz, instalaron una magnífica sombrerería en un edificio construido con este objeto en la calle del Ayuntamiento; transcurrido algún tiempo separáronse ambos comerciantes y Ariza se estableció en la calle de la Librería, desde donde trasladó su hermosa tienda a la calle de Claudio Marcelo, en la que continúa, a cargo de los herederos de su primitivo propietario.
En la calle del Ayuntamiento hubo también otra sombrerería, más modesta que las enumeradas, la de Montoro; en la del Arco Real la de Montero, y en la de Letrados la de Viudarreta, a quien sucedió Cruz, su dueño en la actualidad.
Otro sombrerero apellidado Sánchez poseía en la plaza de la Almagra un modestísimo taller en el que se dedicaba, más que a la venta, a la compostura de sombreros.
De allí se trasladó a la calle de Ambrosio de Morales donde, a la muerte del citado industrial, sustituyóle su hijo Vicente, que gozaba de una popularidad envidiable.
Era este un hombre ocurrentísimo, jovial; siempre estaba de buen humor, pues si alguna ver las penas pretendían embargarle el ánimo las ahogaba en vino de Montilla.
Vicente poseía una bocina y en los ratos de ocio dedicábase a pronunciar con ella pintorescos discursos, desde la puerta del taller, produciendo la alarma en el vecindario.
Tales eran nuestras sastrerías y sombrererías hace medio siglo, cuando Córdoba, silenciosa, tranquila, semejaba una ciudad dormida en las márgenes del Guadalquivir, sobre los laureles de su pasado glorioso.
Octubre, 1924
