Más acciones
Página creada con «'''Córdoba en ''Las seiscientas apotegmas'' de Juan Rufo''' estudia la presencia de la ciudad, sus habitantes, instituciones, paisajes y costumbres en la obra publicada por el escritor cordobés Juan Rufo en 1596. El título completo del volumen es ''Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso''. Fue impreso en Toledo por Pedro Rodríguez, impresor del rey, y dedicado al príncipe heredero. Aunque el título anuncia seiscientas composiciones, el pro…» |
Sin resumen de edición |
||
| Línea 448: | Línea 448: | ||
* [[Córdoba en la literatura]] | * [[Córdoba en la literatura]] | ||
== Referencias == | |||
[[Categoría:Juan Rufo]] | [[Categoría:Juan Rufo]] | ||
[[Categoría:Historia de Córdoba]] | [[Categoría:Historia de Córdoba]] | ||
[[Categoría:Siglo XVI]] | [[Categoría:Siglo XVI]] | ||
[[Categoría:Costumbrismo del siglo XVI]] | [[Categoría:Costumbrismo del siglo XVI]] | ||
Revisión actual - 21:19 1 ago 2026
Córdoba en Las seiscientas apotegmas de Juan Rufo estudia la presencia de la ciudad, sus habitantes, instituciones, paisajes y costumbres en la obra publicada por el escritor cordobés Juan Rufo en 1596.
El título completo del volumen es Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso. Fue impreso en Toledo por Pedro Rodríguez, impresor del rey, y dedicado al príncipe heredero. Aunque el título anuncia seiscientas composiciones, el propio autor advierte al final de la colección que el número había terminado aproximándose a las setecientas.[1]
A diferencia de La Austríada, donde Córdoba aparece principalmente como ciudad heroica, militar y leal a la monarquía, en las Apotegmas se presenta como un espacio cotidiano y autobiográfico. Sus calles, heredades, cortijos, viñas, fiestas, instituciones y habitantes proporcionan el escenario de numerosos dichos y episodios.
La obra no ofrece una descripción sistemática de Córdoba. La ciudad surge fragmentariamente, a través de anécdotas, recuerdos, juegos de palabras y observaciones morales. En conjunto, estos pasajes forman una especie de mosaico de la vida cordobesa de finales del siglo XVI.
La obra
Una apotegma es un dicho breve, ingenioso o sentencioso, normalmente pronunciado como respuesta a una situación concreta. En Juan Rufo, la apotegma puede adoptar distintas formas:
- Una respuesta improvisada.
- Un juego de palabras.
- Una observación moral.
- Una pequeña escena narrativa.
- Una composición en verso.
- Una burla dirigida contra un amigo, poeta o personaje público.
- Una reflexión sobre la pobreza, la vejez, el juego, el amor o la muerte.
Los textos aparecen generalmente narrados en tercera persona, aunque muchos parecen proceder de experiencias personales del autor. Rufo se mueve por ambientes muy diversos: palacios, casas nobiliarias, tabernas, mesas de juego, conventos, heredades rurales, fiestas urbanas y reuniones literarias.
Córdoba es uno de los escenarios principales de este universo. Al menos dieciséis apotegmas mencionan expresamente la ciudad, su sierra, sus instituciones o la condición cordobesa de sus protagonistas. A ellas se suma el extenso Romance de los comendadores de Córdoba, incluido entre las obras en verso que siguen a la colección.
Juan Rufo, jurado de Córdoba
La relación con la ciudad se hace visible desde la portada y los preliminares. Juan Rufo aparece identificado como «jurado de Córdoba», título que había utilizado también en La Austríada.
La aprobación de Tomás Gracián Dantisco presenta la obra como compuesta por «el Jurado de Córdoba Juan Rufo». El privilegio real vuelve a identificarlo como antiguo jurado de la ciudad.[2]
La utilización reiterada del cargo municipal no era un simple adorno. Rufo hacía de su vinculación con Córdoba una parte fundamental de su identidad pública y literaria.
Fray Basilio de León, autor del discurso preliminar, llega a presentar al escritor como una síntesis de las cualidades atribuidas a los grandes cordobeses. Después de elogiar su elocuencia, filosofía, agudeza y capacidad para mezclar el donaire con la enseñanza moral, afirma que Córdoba debía alegrarse al contemplar reunido en Rufo cuanto lucía repartido entre sus hijos ilustres.[3]
Principales pasajes relacionados con Córdoba
| Página | Asunto | Contenido |
|---|---|---|
| 51 | Séneca | Rufo responde con orgullosa evidencia a quien pregunta si Séneca era de Córdoba. |
| 54-55 | Caballeros y poetas | En una granja, varios caballeros cordobeses asisten a una competición de versos improvisados. |
| 59-60 | Vino y pasas | Una caída del precio del vino provoca que muchos propietarios transformen la uva en pasa, saturando también ese mercado. |
| 70-72 | Alonso de Guzmán | Rufo mantiene una competición poética con Burguillos durante una cena en casa de un caballero natural de Córdoba. |
| 73-74 | Cortijo de Mudapelo | Un mayorazgo cordobés incluye una posesión rural denominada Mudapelo. |
| 88 | Calles de Córdoba | Un perro que lleva una oreja de cerdo permite descubrir una casa en la que varios ladrones se reparten los animales robados. |
| 104 | Heredad y caza | Rufo regresa a Córdoba desde una heredad familiar y cuenta a su padre el mal estado de sus podencos. |
| 107-108 | Obispo de Córdoba | Un criado llamado Ramos bebe parte de una garrafa de vino que debía traer de casa del obispo. |
| 132-133 | Fiesta de San Juan | Una carrera ecuestre levanta tal cantidad de polvo que Rufo asegura que la tierra se ha tragado a los participantes. |
| 134 | Corregidor y veinticuatro | Un juego de palabras refleja la influencia de los veinticuatros en el gobierno municipal. |
| 134-135 | Poetas repentistas | Rufo explica que intentar ganarse la vida haciendo coplas en Córdoba es como llevar naranjas desde Valencia para venderlas allí. |
| 143-144 | Sierra de Córdoba | Una competición entre peones que trabajan en la sierra termina con la muerte de uno de ellos. |
| 147 | Córdoba como patria | Ante el consejo de regresar a su ciudad natal, Rufo responde que el pobre siempre vive en tierra ajena. |
| 161 | Fama de los cordobeses | Rufo defiende la reputación de Córdoba frente a quienes atribuyen a la ciudad las malas acciones de algunos naturales. |
| 190-191 | Córdoba y Toledo | Rufo compara la belleza de las mujeres cordobesas con la de las toledanas. |
| 191 | El «señor cordobés» | Un personaje identifica a Rufo directamente por su procedencia cordobesa. |
Córdoba como patria de Séneca
Una de las apotegmas más breves muestra la importancia que Rufo concedía a la tradición intelectual de la ciudad:
Preguntó un hombre, que no debía de ser muy leído, si fue Séneca de Córdoba. Respondió: «Pues, ¿de dónde había de ser?»
La respuesta transforma una pregunta histórica en una afirmación de orgullo local. Para Rufo, la condición cordobesa de Séneca era tan evidente que resultaba innecesaria cualquier explicación.[4]
El episodio enlaza las Apotegmas con la imagen de Córdoba desarrollada en La Austríada. En ambas obras, la ciudad se presenta como heredera de una tradición intelectual nacida en la Antigüedad.
Una ciudad de poetas e improvisadores
Varias apotegmas presentan Córdoba como una ciudad especialmente abundante en poetas, versificadores e ingenios repentistas.
En una granja se reúnen algunos caballeros cordobeses con un poeta de mucho donaire. Este dirige a Rufo varios versos improvisados, pero el autor consigue responderle continuamente con mayor rapidez. El poeta intenta entonces componer una entrada difícil, con pocos consonantes posibles:
«Parecéis siete guarismo
hecho en papel de añafea».
Rufo responde:
«Tú pareces a ti mismo,
porque no hay cosa tan fea».
La escena muestra una forma de entretenimiento propia de reuniones nobiliarias y rurales: la competición de coplas improvisadas ante un auditorio de caballeros.[5]
En otro episodio, un decidor de coplas llega a Córdoba con la intención de vivir de su ingenio. Después de diez o doce días, se queja de haber tenido que empeñar su ropa. Rufo le explica que acudir a Córdoba para vender coplas era como llevar naranjas desde Valencia:
«Venir a ganar de comer a Córdoba con hacer coplas es traer a vender a ella naranjas desde Valencia».
La comparación supone que Córdoba estaba tan abastecida de poetas y versificadores como Valencia de naranjas. El problema no era la falta de interés por la poesía, sino su abundancia. Rufo añade que, si regalaba sus composiciones, encontraría muchos dispuestos a corresponderle con otras cien.[6]
Alonso de Guzmán y Burguillos
En otra apotegma, Rufo cena con Alonso de Guzmán, caballero natural de Córdoba y criado del rey. Se encuentra también presente Burguillos, famoso por su capacidad para componer versos de repente.
Burguillos desafía a Rufo a glosar un verso difícil y promete reconocer su superioridad si consigue hacerlo. Rufo compone inmediatamente una glosa de diez versos. El episodio muestra a un caballero cordobés actuando como anfitrión y testigo de una competición literaria.[7]
Córdoba aparece, por tanto, como una sociedad en la que la improvisación poética forma parte de la conversación, las cenas, las visitas y las diversiones de los grupos acomodados.
El vino, las viñas y la economía rural
Uno de los pasajes de mayor interés económico cuenta que, durante un año, el vino llegó a valer en Córdoba «casi de balde». Algunos propietarios que habían convertido la uva en pasa obtuvieron mejores resultados.
Al año siguiente, la mayoría imitó aquella estrategia y produjo pasas. La abundancia hizo que el nuevo negocio resultara incluso peor que la venta del vino. Rufo convierte la sucesión de excesos productivos en una composición burlesca:
«Buen vecino, no el molino
nos da la masa por tasa,
sino el mal que vino al vino
y pasa agora a la pasa».
El episodio refleja la importancia del cultivo de la vid, la transformación de la uva y las oscilaciones de precios en la economía cordobesa de finales del siglo XVI. También muestra un fenómeno económico reconocible: una alternativa rentable deja de serlo cuando todos los productores la adoptan simultáneamente.[8]
La anécdota se desarrolla junto a una heredad del propio Rufo. Un vecino le pide prestados dos panes porque las lluvias habían impedido trabajar a los molinos. En pocas líneas aparecen las viñas, las pasas, el pan, las lluvias, los molinos y las relaciones de ayuda entre propietarios rurales.
Heredades, cortijos y animales
Las Apotegmas contienen varias escenas relacionadas con las propiedades rurales próximas a Córdoba.
Un caballero cordobés recibe de su madre un mayorazgo que incluye un cortijo denominado Mudapelo. Cuando la nueva riqueza altera su comportamiento con los amigos, Rufo utiliza el nombre de la finca para reprenderlo:
«Si mudáis con Mudapelo
amigos y condición,
más os quisiera pelón
que mayorazgo torzuelo».
La posesión del cortijo no se presenta solamente como un hecho económico. Es también un signo de ascenso social y el origen de una transformación moral en su propietario.[9]
En otro pasaje, Rufo visita durante la Cuaresma una heredad donde mantenía varios podencos. Como no se podía cazar y el casero retenía parte del alimento enviado para los perros, los encuentra extremadamente delgados. Al regresar aquella misma noche a Córdoba, su padre le pregunta cómo los trataba el casero. Rufo responde:
«Como a soldados en tiempo de paz».
La escena posee un marcado carácter familiar y autobiográfico. Presenta a Rufo administrando una propiedad rural, regresando a la ciudad y conversando con su padre sobre el comportamiento del casero.[10]
Las calles de Córdoba
La ciudad aparece también como escenario de sucesos populares.
En una de las anécdotas, a un labrador le roban doce cerdos de su cortijo. Mientras recorre desesperado las calles de Córdoba, encuentra un perro perdiguero que lleva en la boca una oreja perteneciente a uno de los animales.
El labrador sigue al perro hasta una casa donde cuatro ladrones se están repartiendo veinticuatro tocinos. Al conocer el caso, Rufo afirma que era el mejor perro de muestra del mundo, pues había parado al mismo tiempo cuatro ladrones y dos docenas de tocinos.[11]
La apotegma combina el ambiente rural de los cortijos con el espacio urbano. Los animales robados terminan dentro de Córdoba y una persecución por sus calles permite descubrir a los delincuentes.
La fiesta de San Juan
Rufo recuerda una carrera celebrada en Córdoba el Día de San Juan. El calor, la arena y la falta de riego produjeron una polvareda tan espesa que impedía ver a los jinetes.
Unas damas le preguntaron cómo había sido la carrera. Rufo respondió que ni siquiera siendo un lince habría podido juzgarla. Cuando ellas preguntaron si había ocurrido alguna desgracia, afirmó que había sucedido la mayor del mundo:
«A cuantos corrieron se los tragó la tierra».
La expresión alude a los participantes desaparecidos visualmente dentro de la nube de polvo.[12]
El episodio es un testimonio indirecto de las fiestas ecuestres celebradas en la ciudad, de la presencia de espectadores y damas y de las condiciones materiales de los espacios urbanos no pavimentados.
El obispo de Córdoba y el criado Ramos
Rufo tenía un criado llamado Ramos, conocido por su extraordinaria afición al vino. En cierta ocasión lo envió a casa del Obispo de Córdoba para recoger una garrafa de vino de diez años.
Ramos bebió la mitad del contenido y añadió agua a lo restante. Cuando regresó, el olor de su aliento descubrió inmediatamente el engaño. Rufo le dijo que era una «taberna en pie», pues llevaba la taberna en el estómago y el ramo en el nombre.[13]
La broma depende de la antigua costumbre de colocar un ramo como señal exterior de las tabernas. También revela la circulación de vinos añejos entre las casas episcopales, las residencias privadas y el servicio doméstico.
El corregidor y los veinticuatros
Una apotegma refleja las relaciones de poder dentro del gobierno municipal cordobés.
El hermano de un veinticuatro de Córdoba solicita al corregidor cierto negocio, pero este se lo niega. Poco después, el propio veinticuatro pide lo mismo y lo obtiene fácilmente.
Cuando el primer solicitante protesta, Rufo responde:
«¿Por qué os agraviáis de que se haga más por veinticuatro que por uno?»
El juego consiste en interpretar literalmente el nombre del cargo. Sin embargo, debajo de la agudeza aparece una observación política: el corregidor atiende con mayor facilidad al miembro del cabildo que a su hermano particular.[14]
La apotegma permite entrever la influencia social de los veinticuatros, representantes de la élite urbana cordobesa.
Trabajo y competencia en la Sierra de Córdoba
En la Sierra de Córdoba, una cuadrilla de peones se entrega a una competición para comprobar quién trabajaba con mayor rapidez. La rivalidad llega a tal extremo que uno de los trabajadores muere agotado y cae sobre su propia azada.
Rufo comenta:
«Este es el primero que cavó su sepultura».
La escena muestra el trabajo físico desarrollado en la sierra, pero sirve sobre todo para censurar la competencia llevada hasta la destrucción personal. La agudeza nace de la posición del cadáver sobre la herramienta con la que había estado cavando.[15]
La pobreza y la pérdida de la patria
Una de las apotegmas más profundas relacionadas con Córdoba nace de la situación económica de Juan Rufo.
Un amigo le aconseja que regrese a Córdoba, pues en su patria viviría mejor que en tierra extraña. Rufo responde:
«El hombre pobre siempre está en tierra ajena».
La frase contradice la idea tradicional de que la patria proporciona protección, arraigo y seguridad. Para quien carece de dinero, relaciones o amparo, incluso la ciudad natal puede convertirse en un lugar extraño.[16]
La sentencia posee un evidente trasfondo autobiográfico. Rufo pasó parte de su vida buscando protección y sustento entre Córdoba, Madrid, Sevilla, Italia y las casas de diferentes nobles. La pobreza aparece como una forma de destierro que no se resuelve simplemente regresando al lugar de nacimiento.
La fama de los cordobeses
El pasaje más importante sobre la identidad cordobesa parte de un «caso atroz» sucedido en la ciudad. Algunos interlocutores aprovechan el hecho para burlarse de Rufo y sostienen que los cordobeses tenían malas costumbres, fama que, según ellos, se extendía por Europa.
Rufo no niega que Córdoba produjera hombres ruines, pero rechaza que sus delitos pudieran atribuirse a una condición colectiva. Su razonamiento es que una ciudad tan destacada recibe tanto la gloria de sus mejores hijos como la deshonra de los peores.
Enumera las figuras que, cuando alcanzan la excelencia, son reconocidas como genuinamente cordobesas:
- El filósofo.
- El capitán.
- El orador.
- El poeta.
- El médico.
- El galán.
- El gran jinete.
Frente a ellos aparecen el traidor, el ladrón y el falsario. Rufo denuncia que, mientras los grandes cordobeses eran explicados por las influencias excepcionales de la ciudad, los delincuentes nacidos en ella se utilizaban también para confirmar una supuesta naturaleza local.[17]
El autor reconoce, por tanto, una paradoja de la fama. Cuanto más señalada es una ciudad, mayor atención reciben tanto sus virtudes como sus defectos. Córdoba vive bajo la mirada de la envidia y sus hijos son juzgados no solamente como individuos, sino como representantes de toda la comunidad.
Este pasaje constituye una verdadera defensa de la identidad cordobesa. Rufo no presenta a Córdoba como una ciudad perfecta, sino como un lugar extraordinariamente fértil en personalidades extremas, capaces de alcanzar tanto la excelencia como la infamia.
Las mujeres de Córdoba y Toledo
En otra conversación se compara la hermosura de las mujeres de Toledo y Córdoba. La opinión común sostenía que el Tajo producía mujeres hermosas, mientras el Guadalquivir carecía de buenos rostros.
Rufo responde mediante una distinción:
«En Toledo hay más mujeres hermosas; y en Córdoba, mujeres más hermosas».
Toledo tendría mayor número de mujeres bellas, pero las cordobesas que lo eran alcanzarían un grado superior de perfección. Rufo compara esta diferencia con las piedras preciosas: un quilate adicional en una sola gema puede valer más que muchos quilates distribuidos entre piezas inferiores.[18]
La respuesta combina galantería, patriotismo local y precisión lingüística. La alteración del orden de las palabras transforma una aparente concesión a Toledo en una victoria para Córdoba.
Rufo como «el señor cordobés»
En uno de los últimos pasajes, un poderoso niega encontrarse en casa para no recibir a Rufo, pese a que otros visitantes acababan de verlo.
Cuando ambos vuelven a encontrarse, el personaje se dirige a él preguntando qué decía ahora «el señor cordobés». Rufo responde que quien niega a su amigo confiesa haber cometido un delito grave.[19]
La expresión muestra que la procedencia cordobesa funcionaba como una de las principales formas de identificación social del escritor fuera de su ciudad.
Córdoba en el Romance de los comendadores
Tras las apotegmas, la edición de 1596 incluye varias obras en verso. La primera y más estrechamente relacionada con Córdoba es el Romance de los comendadores de Córdoba.
Aunque no forma parte estrictamente de la colección en prosa, su inclusión en el mismo volumen permite completar la imagen de la ciudad construida por Juan Rufo.
Elogio inicial de la ciudad
El romance comienza con una amplia exaltación de Córdoba:
Córdoba, ciudad famosa,
madre de famosos hijos,
de Sénecas, de Lucanos,
capitanes y caudillos.
Rufo atribuye su fundación al romano Marco Claudio Marcelo y elogia la fertilidad del terreno, la calidad del emplazamiento y su proximidad al Betis, nombre clásico del Guadalquivir.
La ciudad aparece situada bajo un clima favorable y unas influencias celestes que explicarían su capacidad para producir hombres sabios y valientes. No es una mina de metales preciosos, sino una «mina productora» de personas excepcionales.[20]
El elogio reproduce una idea constante en Juan Rufo: los hijos eminentes de Córdoba no nacen por casualidad, sino como resultado de las cualidades extraordinarias de la propia ciudad.
Hernando de Córdoba, el Veinticuatro
El protagonista del romance es Hernando de Córdoba, conocido como el Veinticuatro. Rufo afirma que Córdoba fue su madre y que le dio apellido por descender de uno de los linajes vinculados con la conquista cristiana de la ciudad.
Hernando es presentado como:
- Caballero valeroso.
- Cortés y respetado.
- Capitán en la guerra.
- Ministro en la paz.
- Miembro del gobierno municipal.
- Servidor de los intereses de Córdoba.
Cuando comienza el drama, Hernando se encuentra en la corte atendiendo «negocios importantes de Córdoba y su distrito».[21]
La ausencia no se debe, por tanto, a intereses particulares, sino al desempeño de una misión pública relacionada con la ciudad.
El obispo y los comendadores
Durante la ausencia de Hernando se encontraban en Córdoba dos hermanos llamados Jorge y Fernando de Córdoba. Eran comendadores, hombres ricos y parientes del Veinticuatro.
Vivían junto a su hermano, el obispo don Pedro, y frecuentaban la casa de Hernando. Uno de ellos, Jorge, mantiene una relación con Beatriz, esposa del Veinticuatro, dando origen a la tragedia.
Córdoba no actúa como un simple decorado. La organización social de la ciudad, sus vínculos familiares, sus casas nobiliarias, el cabildo municipal, el obispado y las órdenes militares forman la estructura dentro de la cual se desarrolla el conflicto.
El regreso por Adamuz
Cuando Hernando regresa desde la corte, atraviesa Adamuz y continúa por un camino sinuoso de ventas y montes. Desde un collado contempla la ciudad:
Vio desde un alto collado
el asiento esclarecido
de ti, Córdoba la llana,
y de tus campos elíseos.
Rufo transforma Córdoba en un cuerpo femenino adornado por el paisaje:
- La sierra es su cabeza.
- El Guadalquivir es su cinturón.
- Las campiñas forman su vestido.
- Las dehesas, huertas y baldíos son sus ornamentos.
- Los sotos, prados y olivares enriquecen su territorio.
- Las granjas, viñas y cotos completan su apariencia.
Esta descripción constituye uno de los retratos paisajísticos más completos de Córdoba en la obra de Juan Rufo.[22]
La imagen integra las tres grandes unidades geográficas del territorio cordobés: la sierra, el río y la campiña. La ciudad aparece en el centro, rodeada por una corona productiva de huertas, viñas, olivares, dehesas y campos.
La ciudad nocturna
Tras descubrir la traición, Hernando sale nuevamente de Córdoba y espera el momento de ejecutar su venganza. Durante la noche regresa a caballo, busca un portillo y entra secretamente en la ciudad.
Rufo describe unas calles completamente silenciosas. No aparece la ronda, no se encuentra a ningún vecino y ni siquiera ladran los perros. Solo se escuchan las aves nocturnas.
La escena ofrece una imagen excepcional de la Córdoba nocturna del siglo XVI: una ciudad cercada, con accesos secundarios, rondas de vigilancia y calles que, llegada cierta hora, quedan desiertas.[23]
La imagen de Córdoba en el conjunto de la obra
Córdoba desempeña varias funciones dentro de Las seiscientas apotegmas:
- Patria de Juan Rufo, presente en su identificación como jurado y como «señor cordobés».
- Ciudad del ingenio, donde abundan los poetas, improvisadores y hombres de conversación aguda.
- Heredera de la Antigüedad, representada especialmente por Séneca y Lucano.
- Espacio de sociabilidad, con cenas, visitas, fiestas, carreras y reuniones de caballeros.
- Centro institucional, representado por el corregidor, los veinticuatros, el obispo y los negocios del distrito.
- Ciudad agrícola, vinculada a viñas, pasas, molinos, cortijos, heredades y animales.
- Espacio urbano popular, recorrido por labradores, ladrones, criados, poetas ambulantes y espectadores.
- Patria difícil, incapaz de proteger completamente a quien vive en la pobreza.
- Comunidad sometida a juicio, orgullosa de sus hijos ilustres y marcada también por los delitos de sus naturales.
- Paisaje idealizado, formado por la sierra, el río, las huertas, la campiña, los olivares y las dehesas.
- Escenario legendario, especialmente en el Romance de los comendadores.
Diferencias con La Austríada
La imagen de Córdoba en las dos grandes obras de Juan Rufo es complementaria.
En La Austríada, Córdoba aparece como cuerpo político. Envía soldados, crea capitanías, reúne recursos, participa en las campañas de las Alpujarras y proporciona combatientes para Lepanto.
En las Apotegmas, la perspectiva desciende desde la historia imperial hasta la vida diaria. Aparecen el precio del vino, los perros mal alimentados, la polvareda de una carrera, un criado bebedor, una disputa municipal, los poetas que improvisan en una granja y los trabajadores que cavan en la sierra.
La primera es la Córdoba de la fama heroica. La segunda es la Córdoba de la experiencia.
Valor histórico
Las Apotegmas no pueden utilizarse como una crónica estricta. Su finalidad principal es literaria y muchos episodios están construidos para desembocar en una respuesta ingeniosa.
Sin embargo, conservan informaciones de notable interés sobre:
- La vida cotidiana.
- La cultura oral.
- Las diversiones urbanas.
- La improvisación poética.
- Las relaciones entre caballeros y criados.
- La administración de heredades.
- La viticultura.
- Los precios y estrategias de los productores.
- La caza.
- El funcionamiento informal del poder municipal.
- Las fiestas ecuestres.
- Las relaciones entre la ciudad y su entorno rural.
- La consideración social de la pobreza.
- La identidad colectiva de los cordobeses.
Su valor no reside solamente en que cada anécdota sucediera exactamente como se cuenta. El conjunto permite observar qué situaciones, personajes, prejuicios y costumbres resultaban reconocibles para los lectores contemporáneos.
Conclusión
En Las seiscientas apotegmas, Córdoba es el gran laboratorio humano de Juan Rufo. La ciudad le proporciona personajes, escenarios, recuerdos y motivos para observar la conducta de los hombres.
Rufo la celebra como patria de filósofos, capitanes, oradores, poetas, médicos, galanes y jinetes, pero no oculta sus ladrones, falsarios, criados borrachos, poderosos inaccesibles ni caballeros transformados por la riqueza. Su patriotismo no consiste en presentar una ciudad sin defectos, sino en defenderla frente a quienes convierten cualquier acción de un cordobés en atributo de toda Córdoba.
La ciudad que surge de la obra es culta y popular, noble y campesina, festiva y melancólica. En ella conviven Séneca y el perro que descubre a los ladrones, los veinticuatros y los peones de la sierra, los poetas repentistas y los productores de vino.
Si La Austríada convirtió a Córdoba en materia épica, las Apotegmas la transformaron en literatura cotidiana. Una ciudad hecha no solo de grandes acontecimientos, sino de palabras rápidas, escenas mínimas y pequeñas verdades humanas.
Bibliografía
Véase también
Referencias
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso. Edición de Agustín G. de Amezúa, Sociedad de Bibliófilos Españoles, Madrid, 1923, p. 193. Esta edición reproduce la publicada en Toledo por Pedro Rodríguez en 1596.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, preliminares sin numerar.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 6.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 51.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 54-55.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 134-135.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 70-72.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 59-60.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 73-74.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 104.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 88.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 132-133.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 107-108.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 134.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 143-144.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 147.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 161.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 190-191.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, p. 191.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 197-199.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 199 y 209.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 215-216.
- ↑ RUFO, Juan: Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso, pp. 226-227.
