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Revisión actual - 20:12 24 ago 2026
Reuniones De Confianza es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Aun habrá personas que conservarán un grato recuerdo de las reuniones de aquella casa.
Como que era la Meca de ja juventud de Córdoba; allí acudían todos los pollos de nuestra ciudad, atraidos por una colección de lindas muchachas, tan bellas como alegres.
No precisa decir que, contándose con tales elementos, se pasaba la existencia en diversión continua; nunca faltaba un pretesto para organizar una fiesta y los bailes, los conciertos, las representaciones teatrales ó las veladas alrededor de la camilla dedicadas á los juegos de prendas, al de la lotería de cartones ó a los de baraja, que pudiéramos llamar caseros, se sucedían sin interrupción.
Estas niñas que tenían revuelta á toda la juventud masculina de su tiempo, sin distinción entre militares y paisanos, contaban con unos padres ideales, por lo bonachones y complacientes.
El cabeza de familia, un funcionario público que, merced á las influencias consiguió un puesto de relativa importancia, y que poseía un diccionario y una ortografía especiales, exclusivamente para su uso particular, era uno de esos hombres que, por sobra de bondad ó por falta de carácter, dejan á sus hijos en libertad completa y se resignan á desempeñar en sus propios hogares el triste papel de huéspedes.
No tomaba parte jamás en las diversiones indicadas; no permanecía en su domicilio, tal vez á fin de no ser testigo de tamaño desbarajuste, más que el tiempo indispensable para las comidas y el descanso.
Su esposa, por el contrario, aunque tampoco alternaba más que en los juegos de la brisca, el burro ó la lotería de cartones; autorizaba con su presencia las juergas continuas de aquella Babel en miniatura y regocijábanla las distracciones de sus niñas.
Apenas llegaba á Córdoba un muchacho forastero ya tenía quien le presentara en las reuniones á que nos referimos y, desde la primer noche, convertíase en un asiduo contertulio.
Una excepción de esta regla fué un joven, ocurrente y listo, que llegó á adquirir fama por sus bromas pesadísimas, terribles.
Apesar de que en la casa en cuestión se rendía culto á la franqueza y gozábase de libertad omnímoda, nadie se atrevía á llevar al aludido joven, apesar de sus vehementes deseos de figurar en la interminable lista de los concurrentes, por temor de que cometiera una barrabasada tan grande que motivara un serio disgusto.
Pero tanto insistió, suplicó y prometió, bajo palabra de honor, portarse del modo más correcto é irreprochable que, al fin, un amigo decidióse á hacer la presentación con todas las reglas que la buena sociedad exige.
Las niñas quedaron encantadas con el nuevo contertulio.
¡Qué muchacho tan guapo! decía una, claro que cuando él no estaba presente; iy qué simpático! añadía otra; ¡y qué fino! exclamaba la tercera; iy qué galante! y así continuaba un rosario interminable de elogios.
Todas se lo disputaban para bailar, para representar con él las charadas, para tenerlo de compañero en los juegos, y los novios de las chicas llegaron á temer que los desbancara el intruso.
Verdaderamente, el hombre estaba desconocido.
Una noche alguien advirtió que el nuevo visitante había desaparecido del lugar en que se verificaba la tertulia, sin despedirse, sin que nadie le viera, y tembló por las consecuencias de aquella fuga.
A los pocos momentos oyóse un grito estridente, aterrador, lanzado por una de las jóvenes que acababa de salir del salón.
Todos corrieron en su busca al mismo tiempo que ella volvía, lívida, descompuesta, con el sello del terror grabado en el rostro.
Y no era para menos; en su habitación, en su propio lecho, había visto á un hombre.
Las chicas retrocedieron asustadas; sus acompañantes dirijiéronse al dormitorio de la muchacha y, efectivamente, encontraron muy arrebujado en las ropas de la la cama y muy tranquilo, al contumaz y pesadísimo bromista.
Reprocháronle con dureza su acción y él la explicó de este modo: había sentido un desvanecimiento, temió sufrir un síncope y para no originar alarmas, se fué sigilosamente á aquella alcoba, que él creía la del padre de las jóvenes, y se acostó hasta que le pasaran los mareos.
Tal historia devolvió la tranquilidad á todos; las niñas, al saberla, acudieron solicitas para prodigar sus cuidados al enfermo.
¿Quiere V. que se llame al médico? ¿Le sentará bien una taza de tila? ¿Mandamos á la criada por un antiespasmódico?
Estas y otras muchas preguntas cayeron, como un chaparrón, sobre la víctima del supuesto accidente que, con su acento más melifluo, contestaba: de ninguna manera, no es nada, no se alarmen ustedes, por eso no quise decir lo que me ocurría.
Y como siguieran los ofrecimientos añadió: para que se convenzan ustedes de que ya estoy bien, me marcho y al mismo tiempo saltó de la cama y, veloz como una flecha, encaminóse á la puerta llevando en la mano un gran envoltorio; eran sus ropas, de las que se había despojado I por completo.
En el traje de Adán se refugió en un portal próximo para vestirse.
Residía en nuestra capital otro joven que era el reverso de la medalla del anterior: un infeliz completo, con algo de tonto y no poco de imbécil.
Empeñóse en ser inventor y continuamente hablaba de sus proyectos, disparatados hasta más no poder, que habían de proporcionarle fortuna y renombre. Uno de ellos consistía en un aparato eléctrico, por medio del cual, desde el sitio donde lo tuviera instalado, daría cuerda á los relojes de pared de todas las casas en que, mediante una módica retribución, se abonaran á tal servicio.
A este coloso de la ciencia también le entraron vivos deseos de alternar en las reuniones de las niñas de marras y, como es consiguiente, buscó á una persona que asistiera á ellas, para que efectuase la presentación.
Tropezá, por su mala estrella, con otro bromista empedernido, capaz de burlarse de un entierro.
Apenas el inventor le expuso sus deseos obtuvo una contestación satisfactoria: precisamente tengo una ocasión de presentarte de un modo original, ya que á ti todo lo original te encanta. He compuesto una charada en acción para representarla allí; tú te encargas de un papel y apareces cuando llegue el momento oportuno, produciendo la general sorpresa, puesto que nadie te espera ni aún te conoce.
Pareció el pensamiento de perlas al infeliz muchacho, quien quedó aguardando con ansia el instante en que había de producir tan extraordinario efecto.
Llegó, al fin, la noche anhelada y ambos se dirigieron á la casa teatro de estas aventuras.
El amigo del nuevo contertulio, de acuerdo previamente con una criada, condujo al inventor, sin que nadie los viera, á la habitación destinada á los trastos viejos; ordenóle que se pusiera, sobre sus ropas, una falda y un mantón de la sirviente; le ató un pañuelo á la cabeza; colgóle un cenacho del brazo; le entregó un palo para que se apoyara en él á guisa de bastón, y le dijo: cuando yo te avise subes por la escalera del patio, sigues por el corredor y penetras en la habitación que hay al frente, donde se verifica la fiesta; das una vuelta exclamando: ¡ay que malita estoy! encorvado y con paso torpe como si fueses una vieja, y te sales en el momento en que aparezca otro individuo disfrazado, que continuará la representación de la charada. Y cuidado que aunque te pregunten quién eres y qué haces, no respondas; limítate á repetir la frase: ¡ay qué malita estoy!
Creemos innecesario advertir á los lectores que no había tal charada ni cosa que se le pareciera.
Cuando transcurrieron algunos minutos el pícaro bromista avisó á la pobre máscara que ya podía subir y, cumplida tal misión, se marchó á la calle.
A poco presentóse el inventor, convertido en adefesio, interpretando fielmente su papel.
Un movimiento general de estupefacción notóse en todos los concurrentes.
¿Quien es este tío? ¿A qué viene usted aquí? ¡Dios mío, si se tratará de un loco! eran las exclamaciones que se oían á coro, mientras el hombre-mujer continuaba su cantinela: ¡ay qué malita estoy!
Cansados ya de aquella escena inexplicable, algunos muchachos enarbolaron los bastones y el desventurado protagonista de la imaginaria charada en acción lo hubiera pasado mal si no hubiese explicado rápidamente todo lo ocurrido, pidiendo mil perdones por aquella farsa de la que él no era culpable.
El individuo chasqueado de este modo desapareció de Córdoba y nadie ha vuelto á saber de él. Si continuó la serie de sus inventos á estas horas estará en un manicomio.
