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Revisión actual - 20:12 24 ago 2026
La Almona es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Entre las pequeñas industrias más populares en Córdoba durante la primera mitad del siglo XIX figuraba la fabricación de jabones. Numerosas, familias dedicábanse a ella y con sus productos vivían modestamente.
Estas fábricas en miniatura, y valga, la palabra, exclusivas de nuestra población, tenían un nombre especial, de origen árabe: se denominaban almonas.
En la almona no sólo se elaboraba y vendía el jabón, sino también se expendía aceite y vinagre.
Rara era la calle en que no había uno o varios de los citados establecimientos y en una de las más céntricas, entonces, de la capital, abundaban tanto que le dieron nombre; nos referimos a la calle de Gutiérrez de los Ríos, que se llamó de Almonas, denominación por la que aún es conocida y en la que hubo, hasta hace poco tiempo, la almona de paso , por la que se salía desde la citada calle a la del Huerto de San Andrés.
Generalmente las almonas estaban establecidas en casas pequeñas que sólo tenían una cocina y un patio de regulares dimensiones para instalar las calderas de cobre, las artesas de madera y los demás efectos necesarios para la fabricación.
En el portal, también muy reducido, hallábase la tienda, semejante a la actual especería, único establecimiento que no ha perdido su carácter primitivo en Córdoba.
En varias tablas, sujetas con soportes a las paredes hallábanse el tosco barreño con el jabón blando y las barras de jabón duro; a un lado la tinaja del vinagre y la zafra del aceite; sobre una mesa los jarros vidriados con las bocas de piquera y los alcuzones de lata y en el mostrador de pino, pintado de color de caoba, la balanza para pesar el jabón y las medidas del aceite y el vinagre dentro del escurridor, también de hojalata.
Todos los miembros de la familia que poseía una almona se dedicaban a esta industria y al comercio inherente a ella; hombres y mujeres fabricaban el jabón; una de las mozas estaba al frente del despacho y los chiquillos y las viejas iban de casa en casa para comprar la ceniza de los fogones, que era uno de los dos componentes del jabón.
En la época de elaborar el aceite el hombre de más representación de la familia recorría los molinos del término de Córdoba y de los pueblos más ricos en aceituna, como Lucena y Adamuz, para comprar los turbios o la borra , el otro componente de aquellos jabones que se aplicaban a todos los usos, porque carecían de las sustancias nocivas que hoy se emplean en su fabricación ordinariamente.
Como entonces apenas se conocían los jabones llamados de tocador, era importantísima la venta de los productos de nuestras almonas. Así se explica que, apesar del gran número de estas, todas hicieran buen negocio.
En las primeras horas de la mañana, cuando las mujeres salían a hacer la despensa , había cola , para comprar, en los establecimientos citados, pues la despensera que no tenía que adquirir dos cuartos de jabón blando para lavar los platos o un cuarterón de jabón duro para lavar la ropa, iba por una panilla de aceite con la típica alcuza o por medio real de vinagre con el jarrillo melado que exclusivamente se destinaba a este uso.
El jabón de la almona cordobesa llegó a ser un producto acreditado en toda España, tanto que de Soria y de Asturias venían otros industriales con caballerías cargadas de manteca, para venderla aquí y comprar, en cambio, jabón que luego expendían en sus pueblos, obteniendo pingües beneficios.
Algunas familias consiguieron, con las modestas almonas, reunir buenos capitales y entre los descendientes de una de aquellas figuran personas que ostentan títulos nobiliarios.
Hace treinta años circulaba de boca en boca una historia o leyenda interesante.
Decíase que un hombre laborioso, de los que se dedicaban a fabricar jabón, logró ahorrar unos cuantos miles de pesetas, las cuales tenía ocultas en su propia casa.
El individuo en cuestión era solo, carecía de familia; únicamente habitaba con él un muchacho que trajo de su pueblo, cuando ya se sintió torpe por el peso de los años, para que le ayudara en las tareas de la elaboración y venta de jabones.
El industrial aludido murió repentinamente y, según los narradores de esta leyenda o historia añadían, el mozo que le acompañaba, para quien no era un secreto que su amo tenia escondido un tesoro, aunque ignoraba el escondite, se dedicó a buscarlo, haciendo escavaciones [sic] y boquetes en todas partes y, hasta que lo hubo encontrado a nadie dió cuenta del fallecimiento de aquel hombre.
El vulgo añadía que los ahorros del viejo constituyeron la base de las industrias que implantara, poco tiempo después, su criado, las cuales adquirieron gran desarrollo y proporcionaron cuantiosas rentas y envidiable posición social al antiguo dependiente de la humilde almona.
Agosto, 1919.
