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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
Excursiones Veraniegas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Antiguamente las veladas veraniegas tenían un encanto de que carecen hoy porque el pueblo efectuaba en ellas fiestas y excursiones muy típicas, dando rienda suelta a la alegría que parece flotar en el ambiente de la incomparable región andaluza.
A las reuniones íntimas en las casas de vecinos para celebrar una sangría o una caracolada, a las verbenas de los barrios bajos, a las serenatas llenas de poesía, uníanse las excursiones a los pintorescos alrededores de la población, tan llenas de atractivos como casi todas las expansiones populares
Para efectuarlas elegíase los sábados, a fin de poder dedicar el día siguiente al descanso, que buena falta hacía a todos los cuerpos después de una noche de continuo ajetreo y holgorio.
Muchas de estas giras efectuábanse a las huertas próximas, para comer higo-chumbos.
Cuando mozas y mozos terminaban sus quehaceres poníanse los trapitos de cristianar ; ellas las faldas almidonadas y los blancos delantales llenos de puntillas y encajes; ellos el traje negro y el reluciente sombrero cordobés y, en animados grupos, se dirigían, generalmente, a las huertas del pago de la Fuensanta, o a las chozas construídas en sus inmediaciones para la venta de los higochumbos.
Los expedicionarios invadían el lugar elegido para pasar la velada como bandada de pájaros y mientras se les preparaban varios cientos del sabroso fruto del nopal, recorrían la finca para deleitearse en la contemplación de los encantos de la Naturaleza y aspirar los delicados perfumes de las flores.
Luego formaban corro, sentándose en el suelo, alrededor de las enormes fuentes llenas de higos, más dulces que las palabras de un enamorado.
Los mozos ofrecíanlos a las muchachas, entre piropos y frases galantes, y las risas y las bromas no cesaban un momento, al par que circulaba de mano en mano la botella del aguardiente, que había de facilitar la digestión.
Cuando el modesto banquete concluía comenzaba el rasgeo de la guitarra e interrumpían el silencio de la noche las notas sentidas de esos cantares con que el pueblo expresa sus penas y sus alegrías, sus celos y sus dudas, sus odios y sus amores.
Entre tanto las ruedas de la noria, con sus monótonos y soñolientos gemidos, impregnaban el cuadro de una honda, de una profunda melancolía.
La gente joven, aficionada a divertirse, también efectuaba excursiones nocturnas a las eras próximas a la ciudad, especialmente a las inmediatas a la puerta de Sevilla y a las del Campo de la Verdad.
Los mozos invitaban a las mozas a pasearlas en los trillos y aquellas prorrumpían en un griterío ensordecedor cuando las caballerías, al sentir restallar los látigos, volaban más que corrían sobre las doradas mieses.
La clásica bota, que ya ha desaparecido, bien repleta del oloroso vino de Montilla, caldeaba los cerebros y llenaba de alegría los corazones, constituyendo el principal elemento de la fiesta.
Nunca faltaba quien, a causa de haberse excedido en las libaciones, tuviera que convertir en lecho los haces de gavillas y pasar en él una gran parte de la velada, hasta que el sueño disipaba los efectos del alcohol.
Los melonares de la ribera del Guadalquivir, con sus típicas chozas, eran, así mismo, lugares de expansión para muchas familias durante las noches de verano.
Allí iban a comer los melones, dulces como la miel, y a pasar la velada alegremente.
Los jóvenes entregábanse a su recreo favorito, al baile, y al compás de guitarras y bandurrias deslizábanse las parejas sobre la mullida alfombra de césped, rimando el eterno idilio del amor.
Ninguna familia abandonaba estos lugares sin haber comprado, para llevárselos a sus casas, en sacos o talegas que los hombres echábanse al hombro, varios melones o andrehuelas, denominación casi exclusiva de Córdoba, procurando elegir los llamados escritos porque, según creencia general, son los mejores.
También era indispensable adquirir algunas sandías, muy redondas, de cáscara muy tersa, para que los muchachos las convirtieran en faroles, llenos de figurones y arabescos, con los cuales, al anochecer, recorrían muy ufanos y contentos las calles de sus barrios, semejando grandes luciérnagas.
En los tiempos, ya lejanos, en que uno de los sitios de recreo predilectos del público era el paseo de la Ribera, muchas personas gustaban de efectuar excursiones por el Guadalquivir, especialmente en las noches de luna.
Las prehistóricas barcas de Juanico y los hermanos Montes, con sus faroles de lata que producían débil y poética luz, no cesaban de recorrer, llenas de gente, el espacio comprendido entre el embarcadero y el Puente romano.
Hombres y mujeres entonaban a coro alegres o sentidas canciones hasta agotar todo su repertorio, en el que nunca faltaban el Wals de las olas ni los números mas populares de la zarzuela Marina .
Frecuentemente inundaban el espacio las notas de una música inspirada, bella, original, retozona y llena de melancolía al mismo tiempo, que parecía compendiar el alma de Córdoba; era la Barcarola del malogrado, del inolvidable maestro Eduardo Lucena.
A veces un grito de terror lanzado por las mujeres interrumpía el coro. ¿Que ocurría? Sencillamente que algún gracioso había empezado a dar bomba a la barca, para volcarla, sin conseguir su propósito porque las personas formales se lo impedían y, en ocasiones, estaban a punto de arrojarlo al agua.
¡Que cuadro tan bello presentaba el paraje a que nos referimos! El traía a nuestra memoria los inspirados versos del cantor de la Ermitas en que, describió de modo inimitable:
“ El Betis lleno de luna y la Ribera de gente”.
Por último, hace algunos años, se puso de moda para las giras nocturnas la Fuente de la Palomera, un pintoresco lugar de la Sierra donde brota un manantial de exquisitas aguas.
Con el pretexto de beberlas pero, en realidad para divertirse, iba allí la gente del pueblo, y, especialmente los sábados, resultaba la romería casi tan animada como la de otros tiempos al Santuario de Santo Domingo y al Arroyo de las Piedras.
Numerosos vendedores de higo-chumbos y chucherías instalaban sus puestos en el mencionado paraje, que presentaba el aspecto de una alegre verbena.
Casi todas las mozas iban provistas de un cántaro pequeño o un botijo para traerlo lleno de agua de la Palomera que, según una creencia muy generalizada, tiene excelentes condiciones medicinales y acaso cure hasta el mal de amores.
Las excursiones al paraje antedicho pronto pasaron de moda porque los gustos modernos retienen hoy en la ciudad al vecindario, el cual encuentra mayores atractivos en el cinematógrafo y los espectáculos de variedades que en las giras a nuestros campos fértiles y hermosos, llenos siempre de encantos y de poesía.
Agosto, 1922.
