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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
Vicente Anieva Moreno es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Un día, harto de su original y larga odisea por el mundo, Vicente Anievas tuvo la humorada de dedicarse a periodista.
Solicitó un puesto entre los redactores del diario local La Opinión , y su dueño, hombre práctico, no vaciló en concedérselo sin importarle un ardite que reuniera condiciones para tal profesión; solamente porque tenía buena figura y era elegante, joven y simpático; porque podía servir de valioso elemento decorativo en la redacción, como él mismo decía.
La idea de Anievas fue verdaderamente feliz, porque el flamante periodista poseía excepcionales aptitudes para la ardua labor a que había de dedicarse con todos sus entusiasmos.
Bien pronto lo demostró, cultivando un genero hasta entonces casi desconocido en la prensa local; la información del suceso amplia, minuciosa, llena de curiosos pormenores, de originales detalles de observación, que le daban extraordinario interés.
Ancho campo ofrecíasele en tales informaciones, y no lo desaprovechaba jamás, para hacer gala de su ingenio, de su actividad, de cierto desenfado, del don de gentes que le abrían todas las puertas, que le facilitaban su difícil misión.
Hasta las personas que únicamente le conocían de vista parábanle en la calle para comunicarle las noticias, y los agentes de la autoridad, como si constituyeran una policía especial suya, al verle en cualquier parte, le saludaban respetuosos, al mismo tiempo que le decían: no hay novedad o le daban cuenta del suceso que acababa de desarrollarse.
Con los episodios más salientes de su vida periodística podría formarse un libro muy curioso.
Citaremos aquí algunos, de los cuales fuimos testigos, por corresponder al período en que Vicente Anievas figuró en la redacción del Diario de C ó rdoba .
Cierto día una chispa eléctrica producida por una tormenta originó un incendio en la cúpula del altar mayor de la Catedral.
Inmediatamente nos encaminamos a la Basílica tres redactores del Diario , entre los que figuraba Anievas.
Este perdióse entre el gentío que se agolpaba en los alrededores del incomparable monumento; el otro colega y el autor de estas líneas, sin reparar en el peligro, encaramáronse en la cúpula y allí permanecieron hasta que el fuego quedó totalmente extinguido.
Volvieron a la redacción cargados de notas y cuando comentaban, no de manera muy piadosa por cierto, la desaparición de Anievas, presentóse este muy satisfecho y orondo.
¿Dónde te has metido?, le preguntaron sus camaradas con indignación.
Pues, chicos, respondió, yo al veros subir al lugar donde se desarrollaba el incendio, me dije: aquí no hago falta, y marche a otro sitio donde fuera más útil mi presencia.
A la taberna, le contestaron los compañeros.
No, replicó Vicente, al palacio episcopal para conocer les impresiones del Obispo acerca del incendio.
Y, en efecto, llevaba unas notas curiosas de su entrevista con el Prelado, que sirvieron de epílogo interesante a la información.
Otro día supo que había sido presentada una denuncia contra un agente de la autoridad, al que se acusaba de haber abusado de una joven forastera.
Nos invitó para que le acompañáramos a averiguiar [sic] lo que hubiera de cierto en tal denuncia y fuímos [sic] a interrogar a la joven, qué había sido recluida, provisionalmente, en un establecimiento de Beneficencia.
A los pocos momentos de comenzar nuestro interrogatorio, se presentó el director de la casa benéfica; negándose terminantemente a que continuáramos la entrevista con la muchacha.
Haga usted el favor de venir conmigo a su despacho, le dijo Anievas; allí explicaré a usted el motivo, muy justificado, de que nos hayamos atrevido a venir y seguramente usted se convencerá de nuestro proceder correcto.
Ambos se dirigieron al despacho, no sin que antes nos dijese Anievas en voz baja: mientras yo entretengo a este buen señor, pregunta tú cuanto sea preciso a esa infeliz.
Al poco el director del establecimiento y el periodista volvieron al lugar en que nos dejaran, expresándose así el segundo: vámonos que este señor tiene razón; circunstancias especiales que me ha expuesto le obligan a tener incomunicada a la presunta víctima de un repugnante abuso.
Nos despedimos, con mucha cortesía, del jefe de la casa y, el día siguiente, publicábamos una amplia información del atropello con las interesantes declaraciones de la muchacha.
Apenas fue trasladado a Córdoba el famoso bandolero conocido por el Rubio Tamajón, que durante algún tiempo sembró el pánico en varios pueblos de esta provincia, Anievas, acompañado de tres amigos suyos, se presentó en la cárcel para verle y hablar con él.
Cuando estuvo en presencia del bandido dirigióse a él en esta forma: vas a contestarme a todo cuanto te pregunte y te advierto que como no me digas la verdad voy a ponerte verde a palos.
El Rubio Tamajón hizo confesión general o poco memos, creyéndose en presencia del juez.
Poco tardó en enterarse de que se trataba de un chi co de la prensa ; éste volvió a visitar al bandolero y como Tamajón le dijese: yo creí que era usted el juez, no un periodista, Vicente exclamó con arrogancia: pues lo mismo siendo periodista que si fuese juez te doy un par de bofetadas como me engañes.
El Rubio Tamajón le envolvió en una mirada amenazadora y seguramente dijo para su interior: ¡si yo te encontrara solo en el campo!
En una época de gran movimiento de tropas con motivo de la guerra de Marruecos, pasaba los días y las noches en la Estación Central de los ferrocarriles, esclavo de su deber, para no perder un detalle de información.
Allí dormía, en un diván de la sala de descanso y allí le llevaba la comida un criado.
Su vida era muy desordenada porque así lo exige que sea la profesión periodística. Raras veces iba a su casa a las horas de comer y un sirviente suyo, provisto de un portaviandas, tenia que recorrer Córdoba entera para entregarle el almuerzo o la comida.
De ordinario no le encontraba y concluía por dejar el portaviandas en el Teatro Circo del Gran Capitán, donde, más temprano o más tarde, todas las noches se presentaba el original periodista.
Y allí, algunas veces a las altas huras de la madrugada, solía tomar el desayuno, la comida y la cena, todo junto, después de bromear con los artistas o de enseñar al voceador del cinematógrafo cómo se anuuciaba [sic] el espectáculo, anunciándolo él mismo, en la puerta del Teatro. a grandes voces, con tanta gracia como originalidad.
Al variar de residencia su familia, Vicente Anievas tuvo que abandonar a Córdoba y, lo que le era mas doloroso aún, el periodismo. Con sus padres se estableció en Melilla, donde le ha sorprendido la muerte; allí contrajo matrimonio y dedicóse a ejercer la profesión de procurador, a la vez que ocupaba un puesto entre los funcionarios de la Sociedad Española de las Minas del Rif.
Hace dos años vino por última vez a Córdoba para pasar algunas horas con sus amigos. Conservaba en toda su plenitud su ingenio, su gracia, su buen humor. Era el Vicente Anievas de siempre.
Charlamos largamente de todo, recordando episodios, sucesos y aventuras de otros días. La charla recayó, al fin, en la guerra de Africa, el problema de actualidad, pues se hallaba muy reciente la catástrofe de Melilla, y Vicente Anievas puso termino a la conversación con esta frase: pues no creas que lo peor que hay en Marruecos son los moros; lo peor es el vino.
Septiembre, 1923.
