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Diferencia entre revisiones de «Un Castigo Original (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026


Un Castigo Original es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En la época a que vamos a referirnos el partido republicano contaba en Córdoba con muchos elementos solía tener una numerosa representación en las corporaciones oficiales.

Entre las personas más significadas del mismo figuraba el joven y notable abogado, tan hábil en los debates del foro como en las contiendas políticas, orador de arrebatadora elocuencia y periodista cáustico y mordaz.

Cuando en la vista de un proceso interesante actuaba de defensor o intervenía en una discusión del Consejo Municipal, o hablaba en una reuníón pública, tenía gran auditorio qne [sic], a veces, hasta en la Audiencia le aclamaba con entusiasmo.

Aquel hombre, que tuvo una trágica muerte, gozaba de una popularidad envidiable. Siempre iba rodeado de correligionarios y amigos incondicionales dispuestos a obedecerle ciegamente.

Cuando nuestro protagonista, con la mano derecha sobre el pecho, grave y pausadamente, les dirigía la palabra, ya para instruirles, ya para aconsejarles, ya para transmitirles órdenes, todos le escuchaban como a un oráculo, sin hacerle una objeción ni interrumpirle jamás, procurando hasta contener la respiración para no perder una sílaba del discurso o la conferencia del maestro.

Hallábase entonces en todo su apogeo el Centro Obrero Republicano, establecido hasta hace poco tiempo, en uno de los edificios más hermosos de la calle del Gran Capitán.

Era muy considerable el número de socios del mencionado casino y en el se celebraba, frecuentemente, actos políticos en que tomaban parte notables oradores, verbenas, bailes y otras fiestas.

Por causas que no sería oportuno consignar hubo desavenencias entre el joven abogado a quien venimos aludiendo y la Junta Directiva del Centro Obrero Republicano; acentuáronse los rozamientos y nuestro hombre dejó de pertenecer a la sociedad mencionada y fundó otro casino modesto, sin pretensiones, en una casa de la calle San Eulogio.

Allí le siguieron sus correligionarios y amigos incondicionales, entre los que había muchos que no profesaban las ideas republicanas, y allí se daba cita todas las noches una docena de personas, celebrando reuniones muy pintorescas.

Sentábanse los concurrentes ante una larga mesa colocada en la habitación principal del piso alto; el fundador del flamante círculo, al que, por modestia, no quiso imponerle nombre, ocupaba el asiento presidencial y comenzaba una tertulia muy variada y amena.

Hablábase de todo, se comentaba los sucesos de actualidad, leíase la prensa, abundaban en la conversación las frases ingeniosas, las sátiras punzantes y siempre había quien contara un chascarrillo o una anécdota llenos de gracia. De lo que nunca se trataba era de política.

Cuando la continua charla secaba las fauces refrescábaselas con unos “medios” del oloroso Montilla o unas copas de “amílico”.

Llegó el 11 de Febrero y como el Centro Obrero Republicano celebrara con un banquete el aniversario de la proclamación de la República. nuestro protagonista decidió conmemorarlo de igual modo; con una comida clásica, netamente cordobesa.

Aquella noche se reunió mayor número de personas que de ordinario alrededor de la larga mesa del modesto casino de la calle de San Eulogio.

Se sirvió unas exquisitas albóndigas de lomo y unos callos con chorizo, que estaban para chuparse los dedos, todo regado con rico vino de veinte y, como postre, un arroz con leche, bien cargado de azúcar, canela y trocitos de cáscara de limón.

Apenas había comenzado el banquete presentóse en el improvisado comedor un extraño personaje; era un hombre de muy corta estatura, contrahecho, deforme. Cualquiera lo hubiera tomado por el bufón de un rey antiguo.

Verle el presidente del casino y montar en cólera todo fue uno; como que, según él, dicho individuo había ido allí para actuar de espía, enviado por los socios del Centro Obrero Republicano.

Su primer propósito fue arrojarle por un balcón o por la escalera, pero pronto varió de criterio y decidió imponerle un castigo original; atóle de pies y manos con un cordel, le sentó en un banquillo colocado en uno de los extremos de la sala y encerróle en un jaulón de caña destinado a las gallinas que poseían los vecinos de la casa.

Desde aquella cárcel presenció el opíparo banquete, sufriendo un terrible suplicio; el de ver cómo los comensales trasegaban el mosto, mientras él, gran bebedor, no podía probarlo.

Cuando terminó la cena quitóse de la habitación mesas y sillas, dejando solamente la jaula con el corcobado e invitóse a los moradores de la casa a un baile, como epílogo del festín.

Huelga decir que el pobre prisionero fue constantemente el blanco de las burlas de mozas y mozos.

Tampoco es necesario añadir que el jorobado, a quien la curiosidad y no la misión de espía llevóle al lugar indicado, al verse libre, enmedio de la vía pública, juró no volver a pasar por la calle de San Eulogio y, durante toda su vida, conservó un recuerdo desagradabilísimo de aquel aniversario de la proclamación de la República,

Marzo, 1925.