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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
Los Apodos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Costumbre del pueblo andaluz, muy generalizada en todos los tiempos, ha sido la de imponer apodos y en ella se ha distinguido siempre nuestra ciudad por su ingenio y por su gracia.
Aquí no se concibe que carezcan de apodo las personas dedicadas a ciertos oficios y profesiones, como los de torero, piconero y matarife, pero, en honor de la verdad, debemos declarar que los sobrenombres de estos individuos no suelen ser los más apropiados y graciosos. Entre ellos hay bastantes que carecen de significado, como los de Lagartijo , Manene y Sagañón y los de aquellos famosos piconeros a quienes todo el mundo conocía por el Pilindo y el Manano .
En Córdoba los remoquetes son hereditarios, pasan de padres a hijos y de generación a generación, sustituyendo y anulando por completo el nombre y los apellidos, hasta el punto de que hay quien ignora cómo se llaman las personas más allegadas de su familia, a las que únicamente conocen por el alias.
En cierta ocasión se presentó en la Escuela provincial de Bellas Artes una mujer, acompañada de un hijo suyo, con el objeto de que se matriculara en dicho centro docente.
Los profesores preguntaron a la mujer el nombre de su hijo, el de ella y el de su esposo y la interrogada contestó que su marido se llamaba Juanillo el Pajaritero .
Ese será su apodo, le objetaron los catedráticos y aquí hay que consignar los nombres y apellidos.
Pues no lo sé, declaró la madre del muchacho; yo siempre he conocido a mi hombre por Juanillo el Pajaritero .
En nuestra ciudad se impone apodo no sólo a la gente del pueblo, sino a todas las clases sociales, incluso las más elevadas y entre aquellos figuran algunos que acusan gran ingenio en sus autores.
Consignaremos varios de los más originales y oportunos que fueron populares en las postrimerías de la última centuria y en los comienzos de la presente.
La estatua ecuestre llamaba todo el mundo a un viejo hacendado a quien, en calles y paseos, encontrábamos continuamente a caballo, deteniéndose a cada momento para hablar con los transeuntes.
Olofernes era el remoquete de un hombre de largas patillas rubias, siempre con el sombrero en la mano, sin duda para lucir la cabeza, que tenía cierta semejanza con la cercenada por la Judit.
Don Contémplame llamábamos todos a un señor, también de largas patillas blancas, de faz sonrosada que, sonriente, clavaba la mirada en cuantas personas encontraba al paso, al parecer deseoso de que se fijasen en él.
Por Guttemberg conocíamos a un viejo y decrepito maestro de una escuela laica, dueño, a la vez, de una imprentilla tan primitiva como pobre, en la que tenía que realizar verdaderos prodigios para imprimir una octavilla de papel.
El Pollo agrio denominaban, con justicia, a un sesentón que se las daba de joven y de Tenorio, cuyo aspecto serio y adusto revelaba un carácter áspero, y por el Pollo huevo nombraban cuantos le conocían a otro individuo, de los que pretenden permanecer en perpetua adolescencia quien, según las muchachas, tenia por cara un huevo.
Las viejas ricas eran cinco o seis cotorrones, todos en buena posición. amigos inseparables, galanteadores de cómicas, que pasaban la vida de fiesta en fiesta y de aventura en aventura y, en todas las funciones del Gran Teatro ocupaban invariablemente una de las plateas del proscenio.
¡Con cuenta razón se aplicaba el calificativo de el quinto merengue a un joven tan excesivamente fino, cortés y galante que ya causaba empacho!
A otro joven con cara de niño y cuerpo de jigante [sic] muy blanco y muy rubio, conocíasele por el elefante en leche y por el león de piedra a un comerciante de facciones tan pronunciadas como duras.
El cómico negro llamaban a un maestro de obras, de color cetrino, que en su juventud mostró grandes aficiones al arte escénico, y a otro individuo, de la misma profesión que este, cuando empezó a ejercerla, sus compañeros y amigos le denominaron el maestro nuevo y por este apodo fué conocido durante toda su vida, bastante larga por cierto.
¿Quién no conocía al Coquito ? Un vendedor ambulante de pasteles, casi liliputiense, tan corto de talla como de inteligencia, que era el hazme reir de todo el mundo y al que causaron la muerte unos bromistas, obligándole, a ingerir una cantidad enorme de diversas bebidas alcohólicas.
La bella Geraldine dio en llamar la gente, desde que se presentó aquí la hermosa artista de aquel nombre, a un pintor horriblemente feo que, para colmo de desdichas perdió la nariz a consecuencia de una enfermedad.
En una de las reuniones políticas que el Conde de Torres Cabrera celebraba en su palacio, don Santos Isasa fijóse en un concurrente que lucía grandes patillas rubias, un largo chaquet y unas polainas muy altas y preguntó: ¿ese es un domador de fieras?
La frase provocó una carcajada general y el hombre de las polainas se quedó con el moto de el domador de fieras .
La grey estudiantil aplicaba el alias de Pasteles a un profesor porque pertenecía a una familia que siempre se dedicó a la industria de la pastelería en Córdoba.
Hubo un presidente en la Audiencia que tenia gran acierto para poner motes: él aplicó el de la sota de copas a un abogado, grueso y de corta estatura, que usaba una toga muy ajustada a la cintura y con mucho vuelo y se ponía el birrete en la coronilla.
Vinieron a Córdoba dos hermanos que se parecían bastante, gruesos, pequeñitos, y la gente dió en llamarles las jaquitas del Sport , porque encontraba cierta semejanza entre ellos y las jacas enanas, iguales, que arrastraban una canastilla de la empresa de coches de alquiler titulada el Sport.
No se libraban de los apodos ni las autoridades; el batallador periódico El Adalid puso a dos de aquellas los remoquetes de Don K K y Planchifredo II , con los cuales se quedaron, y los humoristas impusieron a otra el remoquete de Don Tancredo , porque tenía la barba completamente cana y, en el estío, vestía siempre de blanco.
Tampoco se libraban del apodo las personas que ejercían elevado ministerio ni el sexo femenino y en estos había algunos motes tan ingeniosos como adecuados.
No faltaban alias injuriosos, que no hemos de mencionar, y otros depresivos como los de Cortijo al hombro, Pedro Mulo, La bestia humana y el Asno cargado de riquezas.
Casi ningún individuo de los que tenían un apodo tomaba a mal que le nombrasen por él; claro que esta regla no estaba libre de excepciones, entre las cuales figuraban el acomodador de criadas Pan y Pitos, el pordiosero Violín y la Cumplía , famosa borracha, que se desataban en los más terribles improperios contra todo el mortal que se atrevía a decirles el mote.
Como ya consignamos al comienzo de esta crónica, muchos sobrenombres pasaban de padres a hijos y de generación a generación; ahí están, para demostrarlo, el de los bodegueros conocidos por Pilatos , el de los individuos a quienes se aplicaba el de Calcetas , porque sus antecesores ejercían el oficio de calceteros y el de los descendientes de un carnicero que vienen heredando de aquel el de Poleo , uno de los más populares entre los mercaderes de la plaza de la Corredera.
En Córdoba la costumbre de imponer apodos es una de las pocas que se conservan en toda su integridad, y hay muchos actualmente tan graciosos y adecuados como los antiguos.
Un ocurrente escritor fallecido ya, don Ramón Alfonso Candela, aplicó a guisa de remoquete los títulos de las obras teatrales más en boga en sus tiempos a conocidísimas personas y tan afortunado estuvo que, a pesar de haber transcurrido bastantes años, todavía la gente de buen humor recuerda aquellos graciosísimos apodos.
Abril, 1925.
