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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
Gonzalo Agustino es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Entre las figuras, ya desaparecidas, de la farándula de Feria, se destacaba por su gran relieve la de Gonzalo Agustino.
¿Quien no le recuerda? ¿Quien no fue a su circo, más que para ver el trabajo de otros artistas, para solazarse y reir a mandíbula batiente con las ocurrencias del graciosísimo payaso?
Este consiguió disfrutar aquí de tanta popularidad como su paisano el actor cómico don Juan Espantaleón.
Apenas se comenzaba la instalación de las barracas destinadas a los espectáculos de Feria, los chiquillos y hasta las personas mayores acudían para ver si entre aquellas figuraba la de Gonzalo, y si algún año no podía venir el veterano artista notábase su falta tanto como él echaba de menos los aplausos y las carcajadas de nuestro público, al que profesaba verdadero cariño.
Ya podían establecerse en el Campo de la Victoria circos lujosos con notables compañías dispuestos a sostener la competencia con el modesto circo de Gonzalo Agustino; la gente desatendía los pomposos anuncios de aquellos y llenaba este, cuyo mejor y casi único reclamo era el nombre de su dueño.
Apenas aparecía en la pista Gonzalo, con el rostro embadurnado de albayalde, lleno de birragos rojos y negros, con el amplio traje y el gorrillo puntiagudo del payaso, antes de que hiciera un gesto o pronunciara una palabra, los espectadores prorrumpían en una ruidosa carcajada que era el mejor saludo para el artista, pues presagiaba su triunfo.
¡Cómo nos regocijaban, hace un tercio de siglo, las escenas cómicas en que intervenía el ocurrente payaso!
El fué el primero que, imitando a un gran artista de su género, el inglés Tony Grice, presentó el famoso burro Rigoleto, que efectuaba trabajos inverosímiles, siempre obediente y sumiso a las órdenes de su amo.
En algunas pantomimas, muy repetidas en todos los circos, no tuvo rival; nadie como él caricaturizó al empleado de ferrocarriles que se deshace en atenciones y cortesías con el viajero de primera, clase, trata bruscamente al de segunda y a empujones y puntapié: al de tercera.
Distinguíase, asimismo, en las parodias; la de la funámbula podía calificarse de verdadera creación.
Había que verle empolvado y arrebolado, con un jubón y una falda corta de colores chillones, los brazos desnudos, una pierna escultural, merced al relleno, y otra sólo con la canilla, tal como el la tenía, simulando andar por una cuerda, sujeta en dos sillas, cuando, en realidad, andaba y hacia piruetas sobre la espalda de un hombre, que se colocaba, a cuatro pies, debajo de la cuerda.
Después de la Feria, Gonzalo Agustino permanecía en Córdoba largas temporadas y, los domingos y días festivos, celebraba funciones en la plaza de toros, con mayor éxito que las del circo, pues tenían un gran aliciente para el público: siempre terminaban con la lidia de un novillo y el popular payaso, cuando la res era brava, burla burlando revelábase un buen torero, más valiente y conocedor del arte de Montes que algunos de los que hoy obtienen el calificativo de fenómenos.
Seguramente si el pobre artista de circo se hubiera decidido a cambiar su grotesco traje y su gorrillo puntiagudo por el traje de luces y la airosa montera, no habría padecido la triste odisea que sufren casi todos los artistas de su género.
Una Feria, en el circo de Gonzalo, no apareció la simpática figura de su dueño; la barraca estaba triste; notábase en ella un gran vacío. ¿Qué había ocurrido al popular payaso? Hallábase gravemente enfermo en un hospital.
En el año siguiente volvió a visitarnos, pero ya no era el mismo, no podía trabajar; su enfermedad se lo impedía, sus grandes dolores físicos y morales. No obstante, conservaba la esperanza de volver algún día a presentarse en la pista del circo para mantener en hilaridad constante al público.
El desventurado artista no logró sus deseos. Agudizáronsele las dolencias a la vez que empeoró su situación económica; estuvo a punto de perder el circo, lo único que había poseído durante toda su vida.
Hace pocos años, en la barraca de Gonzalo, instalada en la Feria, volvimos a echar de menos a aquel genuino representante de la farándula.
Una noche, cuando trabajaba en la pista un hijo del payaso, acercósele un compañero y le entregó un telegrama.
El artista, al leerlo, lanzó un grito desgarrador, intensa palidez cubrió su rostro y por sus mejillas rodaron gruesas lagrimas. En el telegrama dábasele cuenta de la muerte de su padre, ocurrida en el hospital de una población andaluza.
La noticia circuló con rapidez entre los espectadores, arrancando a todos estas o parecidas frases: ¡Pobre Gonzalo, qué gracioso era! ¡Cuánto nos hacía reir!
Y nosotros, que le conocimos y tratamos, completábamos la oración fúnebre de este modo: no sólo fué un buen payaso; fué algo que vale más: un hombre honrado y trabajador que pasó la existencia divirtiendo al mundo para que el mundo le dejase morir en la miseria y en el abandono.
Mayo, 1925.
