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Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis |
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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
Practicas Religiosas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Antiguamente las creencias religiosas hallábanse más arraigadas que en la actualidad y de ellas hacia alarde, lo mismo en público que en privado, la mayoría de las personas, procurando cumplir fielmente los preceptos de la Iglesia.
Muchas casas ostentaban en su exterior signos y emblemas de la fe del pueblo cordobés; en los muros aparecían retablos, hornacinas y lienzos con imágenes a las que jamás faltaba una luz; sobre el portón la estampa representando a Nuestra Señora de Linares, a la Virgen de la Fuensanta o a San Rafael; coronando la veleta el símbolo de la redención humana o la esfigie [sic] del ínclito Arcángel Custodio de nuestra ciudad, reproducida en una chapa de metal recortada.
En el interior de las viviendas veíase, en la cabecera de la cama la pilita del agua bendita y el rosario colgado en forma de escudo de María; sobre la cómoda el fanal con el Niño Jesús o una Virgen, rodeado de flores; en la habitación principal la urna torneada con el Crucifijo o la Dolorosa, constantemente iluminados por los débiles resplandores de una mariposa, que semejaba una luciérnaga; en las paredes cuadros con San Roque, a quien rezaban nuestros antepasados para que les librase de la peste; con Santa Rita, abogada de lo imposible, y con San Anlonio, a quien recurren las mujeres cuando se les pierde cualquier objeto para encontrarlo y las mozas casaderas para que les salga novio , según la frase corriente.
Alabado sea Dios, era el saludo de todas las personas que penetraban en una casa, al cual respondían los moradores de ella: por siempre sea alabado.
Al reunirse las familias para comer había un momento solemne; aquel en que la persona más respetable bendecía la mesa .Todos presenciaban la ceremonia en pie descubiertos y hasta que se cumplía esta práctica edificante nadie, ni aún los muchachos más impacientes atrevíanse a tocar las viandas.
Los padres también bendecían a sus hijos cuando iban a cumplir sus deberes militares, a emprender un largo viaje o a contraer matrimonio, y más de una boda se deshizo porque el novio o la novia no obtuvo la bendición paterna.
Al atardecer las familias se congregaban para rezar el Rosario, en invierno alrededor de la mesa estufa y en verano al fresco en las amplias galerías que rodeaban el patio, constituyendo uno de los cuadros más interesantes y bellos del hogar católico.
Durante la Cuaresma, al toque de la Salve, brotaba de todos los labios esa poética salutación a la Santísima Virgen.
Pero el espectáculo más hermoso, más consolador, ofrecíalo el pueblo cordobés al sonar, graves y lentas, las campanadas de la Oración de la tarde. Todo el vecindario abandonaba, momentáneamente, sus ocupaciones para rezar el Angelus; en la calle hombres y mujeres deteníanse con el mismo objeto y muchos transeuntes se aproximaban a las personas que, reunidas, cumplían esa práctica, para acompañarlas en el rezo.
Los piconeros que, al anochecer, volvían de la Sierra con los pacientes borriquillos cargados de haldas, uníanse a los grupos de fervientes devotos que se formaban en el Campo de la Merced al escuchar el toque mencionado y, sombrero en mano, repetían con ellos el poema sublime de la maternidad de María Inmaculada.
Luego, al toque de Animas, el vecindario volvía a elevar sus preces al cielo, abogando por la salvación de las almas y viejos y jóvenes se entregaban al descanso, con la conciencia tranquila y la satisfacción que produce el cumplimiento de los deberes.
Todas las madres obligaban a sus pequeñuelos a persignarse cuando les acostaban y rezar el Bendito cuando les mudaban de ropa interior.
Los hombres se descubrían al pasar ante una iglesia y saludaban y dejaban la acera a los sacerdotes; los chiquillos, no menos respetuosos con los ministros del Señor, al verles corrían a su encuentro para besarles la mano.
Nadie se quedaba sin oir misa los domingos y días festivos ni sin confesar en la Cuaresma, y durante el mes del Rosario y en el de las Animas casi todo el vecindario acudía a los templos, semienvueltos en una oscuridad, que invitaba al recogimiento y a la meditación, pues sólo iluminábanlos velas de cera y lámparas de aceite, adornados con poética sencillez, perfumados por bellas flores, en los que se destacaban sobre el fondo de los retablos, imágenes talladas, severas, majestuosas que estaban demandando una oración.
En los retablos y hornacinas de las calles nunca faltaban luces ni flores costeadas por los devotos.
Con gran frecuencia veíase a mujeres de todas las clases sociales subir trabajosamente, de rodillas, la cuesta del Bailio y penetrar, del mismo modo, en la iglesia del Hospital de San Jacinto. Aquellas mujeres cumplían promesas que, en momentos difíciles de la vida, hicieron a la Santísima Virgen de los Dolores.
¡Qué inmenso gentío se agolpaba en la plaza de San Salvador para escuchar los sermones que el Padre Posadas predicaba allí, al aire libre, y en la plaza de la Corredera para oir la palabra de fray Diego de Cadiz que, desde un balcón de aquel lugar, habló varias veces al pueblo de Córdoba!
Numerosísimos fieles acudían, antaño, para rezar el Vía Crucis, que los religiosos dominicos tenían en las mediaciones del convento de San Pablo.
En muchas calles, escrita con grandes caracteres en los muros, aparecía la delicada salutación a la santísima Virgen expresada en estas dos palabras: Ave Maria, y los transeuntes repetíanla con fervor.
Si eran solemnes las procesiones de la Semana Santa y el Corpus atesoraban el encanto de la sencillez y la poesía la del Rosario de la Aurora con sus grandes y artísticos faroles, que partía de la ermita de la calle de la Feria; la de la Virgen del Carmen que se organizaba en la iglesia de esta advocación; la de Nuestra Señora del Tránsito que salía del templo de San Agustín; la de la Virgen del Socorro cuyo paso por la plaza de la Corredera constituía un cuadro hermoso, pintoresco, indescriptible, y la de Nuestra Señora del Rosario, que celebraban los religiosos dominicos de la residencia de San Pablo y a la que asistía casi todo el comercio.
Tales eran las principales prácticas religiosas del pueblo cordobés en aquellos tiempos felices en que la fe estaba arraigada en todos los corazones porque no la destruía, como ahora, la cizaña del indiferentismo y la incredulidad.
Octubre, 1925.
