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Algunas de aquellas tenían tal número de parroquianos que, al medio día, a la hora de tomar las once y durante las primeras horas de la noche hallábanse llenas de público. | Algunas de aquellas tenían tal número de parroquianos que, al medio día, a la hora de tomar las once y durante las primeras horas de la noche hallábanse llenas de público. | ||
Tal ocurría en la de Diéguez, establecida en la calle de San Pablo; en la de Portillo, situada en la calle de Tundidores; en la de Colmenero, en la calle de Ambrosio de Morales, y en la de la Viuda de Jaén, en la calle del Horno de Porras. | Tal ocurría en la de Diéguez, establecida en la [[Calle San Pablo|calle de San Pablo]]; en la de Portillo, situada en la [[Calle Tundidores|calle de Tundidores]]; en la de Colmenero, en la [[Calle Ambrosio de Morales|calle de Ambrosio de Morales]], y en la de la Viuda de Jaén, en la calle del Horno de Porras. | ||
Entre los bebedores más famosos; sin llegar a la categoría de borrachos, y más inteligentes en la apreciación de los vinos, figuraban los plateros, los sacristanes y cantores de iglesia. | Entre los bebedores más famosos; sin llegar a la categoría de borrachos, y más inteligentes en la apreciación de los vinos, figuraban los plateros, los sacristanes y cantores de iglesia. | ||
Ellos daban renombre a los establecimientos de bebidas que visitaban, pues teníase por olvidado de puro sabido que donde concurrían aquellos mosquitos el oloroso Montilla contenido en las viejas botas era un verdadero bálsamo. Confirmarían esta afirmación si aún existieran sus dueños primitivos las tabernas de la Cosaria, de la Coja, de Morales y de Enrique Yévenes. | Ellos daban renombre a los establecimientos de bebidas que visitaban, pues teníase por olvidado de puro sabido que donde concurrían aquellos mosquitos el oloroso Montilla contenido en las viejas botas era un verdadero bálsamo. Confirmarían esta afirmación si aún existieran sus dueños primitivos las tabernas de la [[Taberna de la Cosaria|Cosaria,]] [[Taberna de la Coja|de la Coja]], [[Taberna de Morales|de Morales]] y de [[Enrique Yévenes|Enrique Yévenes.]] | ||
La sociedad de distinguidos jóvenes denominada Las Turbas, estaba compuesta por grandes bebedores que, de ordinario, se reunían para preparar sus fiestas y bromas y hacer un gran trasiego de mosto en los restauranes de Muñoz Collado y Arévalo, establecidos en la calle de la Plata. | La sociedad de distinguidos jóvenes denominada Las Turbas, estaba compuesta por grandes bebedores que, de ordinario, se reunían para preparar sus fiestas y bromas y hacer un gran trasiego de mosto en los restauranes de [[Restaurante de Muñoz Collado|Muñoz Collado]] y [[Restaurante Arévalo|Arévalo]], establecidos en la calle de la Plata. | ||
Cuatro o, cinco amigos, hombres respetables, de significación social, estuvieron reuniéndose todas las noches, durante algunos años, en la taberna llamada de Calzones, la cual ningún día abandonaban sin haber apurado, por lo menos, doce o catorce medios de veinte. | Cuatro o, cinco amigos, hombres respetables, de significación social, estuvieron reuniéndose todas las noches, durante algunos años, en la taberna llamada de Calzones, la cual ningún día abandonaban sin haber apurado, por lo menos, doce o catorce medios de veinte. | ||
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Para nadie era un secreto que nunca escribía con tanta intención y donosura como cuando había bebido unas copas de vino el poeta satírico Emilio López Domínguez, a quien su padre le instaló una taberna en su propio domicilio para que se recreara en ella con sus amigos y no frecuentara los establecimientos públicos de bebidas, propósito que no pudo lograr. | Para nadie era un secreto que nunca escribía con tanta intención y donosura como cuando había bebido unas copas de vino el poeta satírico Emilio López Domínguez, a quien su padre le instaló una taberna en su propio domicilio para que se recreara en ella con sus amigos y no frecuentara los establecimientos públicos de bebidas, propósito que no pudo lograr. | ||
Otro bebedor incorregible, también amante de las Letras y protector de los escritores, don Francisco | Otro bebedor incorregible, también amante de las Letras y protector de los escritores, don [[Francisco Laínez]], cuando los vapores del alcohol empezaban a producirle efecto, improvisaba versos graciosísimos, como los que dedicó a San Rafael y declamó con tono enfático una noche de lluvia torrencial, arrodillado ante el triunfo del Arcángel Custodio de Córdoba que se levanta en la plaza de la Compañia. | ||
Como ya hemos dicho, en Córdoba nunca abundó el tipo del borracho provocativo y pendenciero; se puede asegurar que los que hubo de esta clase constituyeron una excepción de la regla. | Como ya hemos dicho, en Córdoba nunca abundó el tipo del borracho provocativo y pendenciero; se puede asegurar que los que hubo de esta clase constituyeron una excepción de la regla. | ||
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Uno de ellos era un joven perteneciente a una conocida familia quien, apenas se le subían a la cabeza los vapores alcohólicos promovía grandes escándalos e insultaba a todo el mundo. | Uno de ellos era un joven perteneciente a una conocida familia quien, apenas se le subían a la cabeza los vapores alcohólicos promovía grandes escándalos e insultaba a todo el mundo. | ||
Un día se detuvo en la puerta del café del Gran Capitán ante una mesa en la que saboreaba el oloroso Moka un militar al que no conocía y, sin decir una palabra, cogió la taza y apuró su contenido de un sorbo. | Un día se detuvo en la puerta del café del [[Café del Gran Capitán|Gran Capitán]] ante una mesa en la que saboreaba el oloroso Moka un militar al que no conocía y, sin decir una palabra, cogió la taza y apuró su contenido de un sorbo. | ||
El militar levantóse airado, desnudó el espadín y se dispuso a castigar duramente al autor de la pesada broma. | |||
El beodo corrió por el interior del establecimiento, subió al piso principal y, sin la intervención oportuna de varias personas, se hubiera arrojado por un balcón a la calle, huyendo del militar que le perseguía. | El beodo corrió por el interior del establecimiento, subió al piso principal y, sin la intervención oportuna de varias personas, se hubiera arrojado por un balcón a la calle, huyendo del militar que le perseguía. | ||
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Revisión actual - 20:16 24 ago 2026
Bebedores Y Borrachos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Córdoba antiguamente era una ciudad de buenos bebedores, lo cual estaba justificado por la excelente calidad de sus vinos, pero no de borrachos porque no abundaban estos y los que había apartábanse mucho del tipo del beodo provocativo, impertinente y grosero.
Personas de todas las clases sociales celebraban sus reuniones y tertulias en las tabernas, que precedieron a los modernos casinos y cafés.
Algunas de aquellas tenían tal número de parroquianos que, al medio día, a la hora de tomar las once y durante las primeras horas de la noche hallábanse llenas de público.
Tal ocurría en la de Diéguez, establecida en la calle de San Pablo; en la de Portillo, situada en la calle de Tundidores; en la de Colmenero, en la calle de Ambrosio de Morales, y en la de la Viuda de Jaén, en la calle del Horno de Porras.
Entre los bebedores más famosos; sin llegar a la categoría de borrachos, y más inteligentes en la apreciación de los vinos, figuraban los plateros, los sacristanes y cantores de iglesia.
Ellos daban renombre a los establecimientos de bebidas que visitaban, pues teníase por olvidado de puro sabido que donde concurrían aquellos mosquitos el oloroso Montilla contenido en las viejas botas era un verdadero bálsamo. Confirmarían esta afirmación si aún existieran sus dueños primitivos las tabernas de la Cosaria, de la Coja, de Morales y de Enrique Yévenes.
La sociedad de distinguidos jóvenes denominada Las Turbas, estaba compuesta por grandes bebedores que, de ordinario, se reunían para preparar sus fiestas y bromas y hacer un gran trasiego de mosto en los restauranes de Muñoz Collado y Arévalo, establecidos en la calle de la Plata.
Cuatro o, cinco amigos, hombres respetables, de significación social, estuvieron reuniéndose todas las noches, durante algunos años, en la taberna llamada de Calzones, la cual ningún día abandonaban sin haber apurado, por lo menos, doce o catorce medios de veinte.
La característica de los borrachos cordobeses era, por regla general, la alegría, el buen humor, el ingenio, la gracia, la efusión y la generosidad.
En sus labios nunca faltaba un chiste, agudo, una broma de buen gusto o una frase oportuna; hasta a las personas que jamás hablan visto las trataban con afecto, como si fueran amigos de toda su vida y siempre estaban dispuestos a gastar hasta el último céntimo que poseyeran en convidar al primer transeunte que encontraban en su camino.
Entre los bebedores que se distinguían por sus felices ocurrencias figuraba un médico muy popular, que todas las noches, cuando acababa de visitar a su clientela, reuníase con varios amigos para rendir culto a Baco y solía retirarse a su domicilio dando traspiés.
Cierta madrugada varios individuos le tapiaron la puerta de su casa y el pobre médico, presa de gran estupefacción, estuvo buscándola inútilmente hasta que la luz del día le permitió advertir la pesada broma de que había sido objeto.
Para nadie era un secreto que nunca escribía con tanta intención y donosura como cuando había bebido unas copas de vino el poeta satírico Emilio López Domínguez, a quien su padre le instaló una taberna en su propio domicilio para que se recreara en ella con sus amigos y no frecuentara los establecimientos públicos de bebidas, propósito que no pudo lograr.
Otro bebedor incorregible, también amante de las Letras y protector de los escritores, don Francisco Laínez, cuando los vapores del alcohol empezaban a producirle efecto, improvisaba versos graciosísimos, como los que dedicó a San Rafael y declamó con tono enfático una noche de lluvia torrencial, arrodillado ante el triunfo del Arcángel Custodio de Córdoba que se levanta en la plaza de la Compañia.
Como ya hemos dicho, en Córdoba nunca abundó el tipo del borracho provocativo y pendenciero; se puede asegurar que los que hubo de esta clase constituyeron una excepción de la regla.
Uno de ellos era un joven perteneciente a una conocida familia quien, apenas se le subían a la cabeza los vapores alcohólicos promovía grandes escándalos e insultaba a todo el mundo.
Un día se detuvo en la puerta del café del Gran Capitán ante una mesa en la que saboreaba el oloroso Moka un militar al que no conocía y, sin decir una palabra, cogió la taza y apuró su contenido de un sorbo.
El militar levantóse airado, desnudó el espadín y se dispuso a castigar duramente al autor de la pesada broma.
El beodo corrió por el interior del establecimiento, subió al piso principal y, sin la intervención oportuna de varias personas, se hubiera arrojado por un balcón a la calle, huyendo del militar que le perseguía.
El borracho a que nos referimos, hombre de fuerzas extraordinarias, cuando los agentes de las autoridades intentaban detenerle, se defendía a mordiscos, puñetazos y puntapiés; y acababa por arrojarse al suelo, revolcándose como un condenado.
Más de una vez, tuvieron que llevarle al arresto atado y dentro de uno de los carros que se destinan a conducir las carnes del Matadero a los mercados públicos.
Había un borracho de la categoría de los valientes, que no dejaba de tener gracia; era un vendedor de aceite y petróleo.
Cuando el amílico le enardecía deteníase a la entrada de cualquier calle, soltaba los alcuzones, esgrimía una navaja de descomunal tamaño y comenzaba a decir a grandes voces que mataría a todo el que intentase pasar, al mismo tiempo que asestaba terribles tajos a las esquinas, pero apenas veía aproximarse a un transeunte, se calmaba súbitamente, saludabale muy cortés y le invitaba a que pasara, pues con él no iba aquello.
Y después seguía sus bravatas, que hasta por los chiquillos eran tomadas a broma.
En todos los tiempos ha habido en Córdoba borrachos que han gozado de popularidad extraordinaria; antiguamente Juan Palo y Juan Tocino cuyos sobrenombres fueron perpetuados poniéndolos a dos calles de la población en nuestros días, entre otros, el Zapatero largo y la Cumplía , que pasaron la existencia en el arroyo, pues sólo tuvieron albergue cuando un agente de la autoridad compasivo les condujo al Arresto al Galápago o la Higuerilla , para evitar espectáculos poco edificantes en la vía pública.
Siempre les veíamos vagar por las calles sucios, harapientos, con el paso vacilante, con el sello de la imbecilidad estampado en el rostro, seguidos de una turba de muchachos que gritaban a coro: ¡Cebo, cebo! y les hacían objeto de toda clase de burlas. ¡Tristes consecuencias del vicio!
En algunas ocasiones la embriaguez ha originado crimenes; pero sus autores casi nunca han sido cordobeses, porque los hijos de esta ciudad no pierden la nobleza de sentimientos aún cuando tengan perturbado el cerebro por los vapores del alcohol.
Octubre, 1924.
