Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Diferencia entre revisiones de «El Toreo Cómico (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
Línea 65: Línea 65:


[[Categoría:Alacena]]
[[Categoría:Alacena]]
[[Categoría:Notas cordobesas|05-021]]
[[Categoría:Notas cordobesas]]

Revisión actual - 20:12 24 ago 2026


El Toreo Cómico es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hoy que el toreo cómico está de moda, porque se van acabando los toreros serios, y el popular Charlot ha pasado de la pista del circo y de la película cinematográfica a la arena de la plaza para poner en solfa: la tauromaquia, ya bastante ridiculizada por sus fenómenos, creemos oportuno tratar en estas notas retrospectivas de los espectáculos bufos que antiguamente se celebraban en esta capital, mucho más graciosos que los actuales y recordar algunos de los individuos que en ellos tomaban parte, muy superiores, por su ingenio y originalidad, a los Charlots contemporáneos.

Omitimos las graciosísimas parodias de las corridas de toros conque nos solazaban Tony Grice, Gonzalo Agustíno y otros payasos, principalmente el segundo, que toreaba con verdadera maestría.

En tales parodias, los lidiadores inventaban suertes difíciles y arriesgadas, que provocaban la hilaridad del público, y solían matar a las reses sin recurrir al estoque ni la puntilla; simplemente con una caña.

Colocaban a la fiera en el testuz, una materia explosiva sujeta a los cuernos, y, al llegar el último tercio de la lidia, el matador se proveía de una larga caña con una mecha encendida en uno de sus extremos, la cual aplicaba al explosívo y el pobre animal caía como herido por el rayo.

El gran maestro Lagartijo organizó varias corridas cómicas que proporcionaron ratos muy agradables a los espectadores.

En una de ellas salieron a picar mujeres -quizá sería esta la primera vez que la mujer actuó de lidiadora - y tal pánico se apoderó de las varilargueras apenas vieron el primer novillo en el ruedo, que fue imposible conseguir que pusieran una vara y algunas se arrojaron del caballo al suelo, lanzando gritos de terror.

En otra novillada, la suerte de banderillas se efectuó de un modo original. Los rehileteros se introducían en unas grandes banastas de mimbre; desde ellas citaban a la res y, cuando acudía, clavábanle los palos y ocultaban todo el cuerpo en la banasta, rodando dentro de la misma por la arena, como consecuencia de la embestida del cornúpeto.

Pero la corrida más famosa de todas las organizadas por Lagartijo fue la de los piconeros, de los típicos piconeros cordobeses, en la que el Manano , el Pilindo , el Retor y los demas descendientes del Jurado Aguilar prodigaron la gracia y el ingenio que les eran característicos. Sus frases: ¿Pero Rafaé ¿cómo quieres que mate este toro, si es de carne de ballena?, este bicho paese, por lo duro, de jierro colao y, otras muchas, han pasado de boca en boca y se conservan, como recuerdo de una de las fiestas más originales y simpáticas celebradas en esta capital.

En el circo de la carrera de los Tejares actuaron, en épocas no muy lejanas, muchos individuos, sin propósitos de convertirse en payasos del toreo, como los Charlots y sus camaradas, que hubieran podido dar a estos lecciones de tauromaquia bufa.

Uno de ellos fue Montesinos, el célebre empresario y matador de novillos que llenaba la plaza de público para ver una corrida sin toros, pues se le había olvidado adquirirlos, según él mismo decía, o si actuaba de lidiador arrojábase al suelo y cuando acudían a levantarle, exclamaba con tono suplicante: ¡sacadme, por Dios de aquí, que estoy muerto!.

De la turba de jorobados, cojos y tipos raros y extravagantes que desfilaron, hace treinta años, por la plaza de esta capital se destacó extraordinariamente Fifla .

¿Quién era este personaje? Un súbdito italiano, ya de edad madura, alto y delgado como una pértiga, que se dedicaba a la venta de agua y azucarillos en los paseos y demás lugares de reunión.

Un empresario listo contratóle para que alternara, como matador, con otro diestro análogo en una novillada y el circo se llenó de espectadores, ansiosos de admirar las proezas del aguador, convertido por arte de magia en flamante torero.

Gentes poco piadosas vistiéronle el traje de luces, un traje de la época de Pepe-Hillo, descolorido y roto; le arreglaron con trapos y algodones una pantorrilla bien formada, dejándole la otra al natural , una canilla envuelta en una media; le calzaron unas alpargatas negras y coronaron la grotesca y extraña figura con una montera que se le quedaba en la coronilla.

Al presentarse Fifia en el ruedo estalló una carcajada general, seguida de un aplauso estruendoso..

El pobre italiano, durante los dos primeros tercios de la lidia; procuró situarse a honesta distancia del novillo, pero llegó la hora de la muerte y ¡aquí fué Troya!

Proveyéronle de una muleta en l a que podía embozarse y de un estoque con apariencias de asador.

El hombre, después de pronunciar un brindis pintoresco, se fué en busca de su enemigo y, al dar el primer pase, estuvo a punto de tocar las nubes con la mano; al segundo rodó por la arena; al tercero perdió las alpargatas y en los sucesivos fué quedándose en un estado de desnudez vergonzoso.

Intentó pinchar infinidad de veces, pero nunca encontraba al toro y daba todos los mandobles al espacio.

Previo los tres avisos que el reglamento ordena, salieron los mansos y se llevaron la res, al mismo tiempo que dos guardias municipales hacían lo propio con el fracasado matador.

Y el público fué tan cruel que, no satisfecho con los insultos que le dirigiera y la grita que le propinara, le arrancó la coleta a tirones.

Con ella cayeron las ilusiones y las esperanzas del infeliz aguador que creyó ver en lontananza un porvenir halagüeño, una era de triunfos envidiables.

El último torero cómico de Córdoba fue el Bolo, casi tan célebre por sus largas como el gran Lagartijo.

Realizaba innumerables suertes de capa novísimas, todas las cuales concluía del mismo modo; volviendo la espalda al novillo y dejándose coger tranquilamente.

Este diestro, compañero de Fifla por el arte y la indumentaria, llevaba siempre numeroso público a nuestra plaza, de la que solía salir triunfalmente en el carro destinado al transporte de las carnes de los toros, para que las turbas no le apedrearan.

Apesar de tales gritos; el Bolo, cuando, molido por los revolcones se entregaba al descanso, sirviéndole de lecho unas de las enormes cestas de la hortalizas que él conducía al Mercado, soñaba con escalar el templo de la gloria, con obtener muchos aplausos y dinero; nunca, seguramente, con acabar sus días del modo que los acabó, en la cama de un hospital.

Agosto, 1920.