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Diferencia entre revisiones de «Disfraces Y Caretas (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
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Revisión actual - 20:12 24 ago 2026


Disfraces Y Caretas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Cuando en estos días de Carnaval pasamos ante los numerosos portalillos en que se alquilan trajes de máscara, inconscientemente nos detenemos para contemplar el pintoresco y abigarrado conjunto de esas exposiciones de disfraces en las que, por poco dinero, se proporciona a las gentes el medio de divertirse algunas horas, de embromar a todo el mundo, de tutear a las personas más respetables y hasta de decir cuatro desvergüenzas al lucero del alba.

Y es que, para nosotros, esos portalillos participan del misterio inherente a toda careta y, sin saber por qué, vemos surgir en nuestra imaginación un mundo fantástico en el que se mezclan la tragedia y el sainete, el dolor y la alegría, el llanto y la carcajada.

Las modernas exposiciones de difraces [sic] carnavalescos, formadas casi exclusivamente con dominós y trajes de payaso, no nos causan una impresión tan intensa como las que veíamos, hace cuarenta años, en las calles del Liceo, del Arco Real y otras situadas en el centro de la población.

En ellas establecían sus tiendas para el alquiler de trajes de máscaras Alfredo Matute y la viuda de Lázaro Rubio, quienes, además de variadas y numerosas colecciones de difraces, poseían guardarropas con destino a los teatros, cuyos trajes, entre los que había muchos caprichosos y de valor, también proporcionaban a los amigos de las fiestas de Carnestolendas para que rindiesen culto a Momo.

En aquellas antiguas exposiciones de la viuda de Lázaro y de Matute era curioso ver, en largas filas de maniquíes, dispuestos en correcta formación, un soldado de los tercios de Flandes al lado de una manola, un chispero junto a una dueña, un estudiante casi del brazo de una odalisca.

A media noche, cuando empezaba a extinguirse la debil luz de las candilejas de aceite que alumbraban estas improvisadas tiendas, la fantasía del observador animaba los maniquíes y parecíale que, en la semioscuridad y mientras dormitaba el tendero, entregábanse a una danza misteriosa, grave y solemne al principio como una pavana o un minué, febril y desenfrenada al fin como la que sirviera de epílogo a las bacanales paganas y que siempre terminaba de un modo trágico; ya tendiendo a sus pies, de una estocada, el señor de horca y cuchillo al pechero que osó agraviarle, ya hundiendo Pierrot su acerado puñal en el pecho de Colombina.

Merced a estos guardarropas exhibíanse en nuestras calles máscaras bien vestidas, no cubiertas de mugrientos harapos, y entre ellas solía verse algunas cuya indumentaria bien merecía el calificativo de mesa revuelta.

Como que había quien hermanaba una casaca con una trusa, un jubón de mangas acuchilladas con unos pantalones de ante y un ferrezuelo con una chilaba.

En otros pequeños portalillos de la calle de la Plata y de la puerta de Gallegos eran instaladas exposiciones de disfraces más modestos, para la gente del pueblo, en las que predominaban los dominós de percalina, los trajes de payaso y los de diablo, que eran una degeneración, y valga la palabra, del traje de Mefistófeles.

También abundaban en esos portalillos unas típicas y originales caretas, que ya apenas se ven, consistentes en un pedazo de trafalgar con otro cortado en forma de triangulo y cosido a aquel, a guisa de nariz, tres agujeros en los lugares correspondientes a los ojos y la boca y, como complemento, varios brochazos de pintura roja y negra, para simular los labios, las mejillas, el bigote y las cejas.

Un par de semanas antes de la de Carnaval aparecían en los escaparates de la Fabrica de Cristal y del establecimiento del popularísimo don Saturio las caretas de cartón que entonces eran las preferidas por los aficionados a disfrazarse

El público, al pasar ante los establecimientos citados, se detenía para admirar las grandes cabezas de burro y de toro, las caricaturas de Sagasta con su largo tupé, de Posada Herrera con sus orejas enormes y de Romero Robledo mostrando siempre la dentadura, y las grotescas y mofletudas caras de Bertoldo, el Bobo de Coria y demás personajes por el estilo.

A los muchachos producían terror las descomunales cabezas de lo sgigsntes y enanos, y las de luenga barba de cerda y gesto patibulario que hacían guiños mediante una sencilla combinación de gomas y cuerdas.

Un joven muy conocido en Córdoba, cultivador de toda clase de artes y oficios, llegó a dominar con perfección el de hacer caretas y todos los años presentaba, en la Fabrica de Cristal situada en la calle de las Librería, una numerosa y variada colección, en la que nunca faltaban la cabeza de Don Quijote con su yelmo, la de Sancho Panza ni la del torero de moda.

En cierta ocasión se le ocurrió reproducir la vera efigie de un mozo de cordel gallego, tan excesivamente feo, que los chiquillos se asustaban al verle, considerándole el bu u otro ente fantástico por el estilo.

Llamó al Apolo con halda y cordeles y se dispuso a hacerle una mascarilla, mediante el pago de un par de pesetas.

Rápidamente y como quien enluce una pared le cubrió la cara de yeso, pero no tuvo la precaución de dejarle descubierta la boca para que respirase y el pobre gallego empezó a sentir las angustias de la asfixia.

El autor de aquel desaguisado quiso despojar a su víctima de la mascarilla, mas como no le había embardunado [sic] el rostro con grasa, el yeso estaba tan fuertemente adherido a la piel que era imposible despegarlo.

Y entre tanto el mozo de cordel se ahogaba, a juzgar por sus ademanes de suprema desesperación.

El fabricante de caretas tuvo que recurrir a un martillo y golpear con él la faz de aquel infeliz, tan fuertemente como si tratara de demoler un tabique para quitarle la terrible máscara y librarle de la muerte.

Poco después se volvieron las tornas y quien corrió un grave peligro fué el joven cultivador de todos los oficios y de todas las artes. Si no recurre a la ligereza de sus pies, de seguro muere, también por asfixia, extrangulado [sic] por las manazas del mozo de cordel.

Creemos innecesario decir que, desde entonces, el causante de este entuerto no volvió a fabricar caretas.

Febrero, 1921.