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Diferencia entre revisiones de «Travesuras Infantiles (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
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== Texto ==
== Texto ==


Invariablemente los padres, al reprender a sus hijos por cualquier travesura, les dicen muy graves, muy serios: en mis tiempos los niños se entretenían en juegos inocentes que a nadie molestaban; cuando yo tenia tu edad era modelo de formalidad y obediencia.
Ha llegado la época. en que la turba estudiantil, pasadas las vacaciones del verano, invade nuevamente las aulas, como bandadas de pájaros bulliciosos, llenándolas de alegría.


Pues bien, en toda esta catilinaria no hay una palabra de verdad, porque antiguamente los muchachos eran mucho más traviesos que ahora. Hoy, el afán de parecer hombres, les convierte en reflexivos y juiciosos, quitando a la infancia su principal encanto.
Con este motivo nos parece oportuno recordar algunas graciosas travesuras cometidas hace ya muchos años por escolares de nuestros centros de enseñanza.


Hace un cuarto de siglo, la gente menuda realizaba infinidad de trastadas y diabluras, algunas originales y muchas no exentas de gracia, aunque maldita la que les hiciera a sus víctimas.
Era la época en que la hidra del terrorismo comenzaba a desarrollarse en España. En Jerez de la Frontera había surgido una banda de asesinos titulada “La mano negra”, que realizaba toda clase de crímenes, produciendo la consternación general.


Con frecuencia, aprovechando los momentos en que un coche se acercaba a una fuente abrevadero para que los caballos bebieran, un rapaz mal intencionado ataba a una rueda del vehículo un extremo de un cordel y el otro a uno de los pies de la mesilla de la arropiera que se situaba cerca de la fuente.
En Córdoba, como en todas partes, sólo se hablaba de aquellos malhechores, que tenían aterrorizada a la hermosa población antedicha.


No es necesario decir lo que ocurría al establecimiento de la pobre vieja cuando el coche reanudaba la marcha.
En uno de nuestros establecimientos de enseñanza había un docto catedrático de Geografía e Historia, muy corto de vista, quien más que a preguntar las lecciones a sus alumnos dedicaba las horas de clase a explicar las asignaturas con una claridad, una sencillez y, sobre todo una amenidad verdaderamente encantadoras.


Súbitamente oíase un gran estrépito en cualquier calle y se adivinaba mas que se veía pasar un perro, corriendo a todo correr, como alma que lleva el diablo.
Entre sus discípulos figuraba un muchacho, tan listo como travieso que, al mismo tiempo que el Bachillerato, estudiaba la carrera eclesiástica.


Uno de los chicos que tenían declarada la guerra a los animales habíale atado al rabo un cacharro viejo de lata y el can procuraba desasirse de aquel estorbo mediante una desenfrenada carrera.
El joven aludido sentábase en un banco del centro del aula y allí, semioculto por sus compañeros, se dedicaba a realizar toda clase de diabluras.


Los peces multicolores de las fuentes de los jardines siempre se hallaban expuestos a ser víctimas de los pescadores y utilizaban, para cogerlos, un alfiler doblado a guisa de anzuelo pendiente de una cuerda.
La aparición de la terrible banda de malhechores de Jerez le sugirió una de las más graciosas. Buscó un guante negro y todos los días, al empezar el catedrático sus explicaciones, poníaselo y levantaba y ocultaba alternativa y rápidamente, ambas manos, al mismo tiempo que decía, ahuecando la voz para que no se le conociera por ella: ¡la mano negra! !la mano blanca!.


En un portal de la calle de la Feria tenía su taller un popular zapatero remendón. En invierno lo cerraba con una puerta de cristales, a la que faltaba uno de estos que el zapatero había reemplazado por un papel.
El catedrático suspendía su disertación para inquirir quien fuese el autor de la broma, sin conseguirlo. En su virtud, un día ordenó a un bedel del establecimiento permaneciese en la puerta, teniéndola entornada, durante las horas de clase, con el fin de descubrir al imprudente escolar y así se logró dar caza al joven de la mano blanca y la mano negra, que pagó su peregrina ocurrencia con varios días de encierro en el calabozo.


Cada vez que salían los alumnos de una escuela próxima no faltaba un muchacho que asomase la cabeza al portal, rompiendo con ella el papel, para decir muy cortesmente: buenas tardes, maestro.
En el centro docente aludido, hace cincuenta años, el profesor de Francés era también muy miope y hombre de costumbres extravagantes, a quien los alumnos jugaban, con frecuencia, malas partidas, sin temor a que montara en cólera y les amenazase con terribles castigos.


El saludo llenaba de indignación al maestro de obra prima, que no ganaba para comprar periódicos conque cubrir el hueco de la puerta falto de cristal.
En cierta ocasión todos los muchachos que concurrían al aula de aquél, pusiéronse de acuerdo para hacer una que fuese sonada. Cada uno se proveyó de un cascabel, lo ató a la cabeza de un alfiler y todos, cuando ocuparon sus asientos en la clase, colocáronse el alfiler, a guisa de espuelas, en una bota, clavándolo entre el tacón y el contrafuerte.


Muy a menudo los chiquillos invertían sus ahorros en adquirir cohetes en una especería de la calle de Almonas; les cortaban la caña para que no pudieran elevarse y, cuando alrededor de una fuente pública se hallaban congregadas numerosas mujeres, desde alguna distancia arrojaban el cohete rastrero , que iba a estallar entre los pies de las mozas, causándoles un susto terrible.
A una señal convenida los estudiantes que había en los últimos bancos principiaron a mover los pies y la alegre música de los cascabeles interrumpió el augusto silencio de la cátedra.


Cuando los habares tenían su fruto en sazón muchos arrapiezos, en vez de ir a las escuelas, se marchaban al campo para hacer la doctrina y dejaban aquellos como si hubiese caído sobre los mismos una tremenda plaga de langosta.
El profesor corrió hacia donde se efectuaba el concierto pero este cesó rápidamente comenzando en los bancos de las primeras filas. Aproximóse a ellos el maestro del idioma de Lamartine y los cascabeles sonaron en los del centro. Los muchachos permanecían inmóviles en sus sitios; registróseles y ni en los bolsillos ni en las manos se encontró los sonoros rodorines que no cesaban de sonar en distintos lugares de la cátedra. Aquello parecía 1 de duendes o de brujas.


Cuando trabajaban en Córdoba compañías acrobáticas los chicos sentíanse titiriteros y ya recorrían las calles subidos en zancos, ya daban saltos mortales, ya andaban con las manos, haciendo el pino.
El burlado profesor requirió el auxilio de los bedeles a que le ayudaran a descubrir el enigma, pero antes de que aquellos acudieran, los escolares se quitaron el espolín, ocultándolo en el interior del calzado y las personas ajenas a la broma no lograron descubrir el misterio de aquella música, más propia de una fiesta de Carnaval que de un establecimiento de enseñanza.


Para imitar a los funánbulos se encaramaban en el pretil del barandal de los asientos qne [sic] hay en el paseo de la Ribera y por allí corrían, guardando el equilibrio, sin balancín ni paracaídas.
Un estudiante de Fisiología e Higiene sudaba tinta cuando tenía que designar los huesos del cuerpo humano. ¿Cuál es el homóplato?, ¿cuál es la columna vertebral? preguntábale el catedrático y el joven contestaba invariablemente: este o aquella, siempre a honesta distancia del esqueleto y sin señalar a parte alguna del mismo, para no equivocarse.


Los forasteros que visitaban nuestra población, al pasar por el Puente Romano, veíanse asediados por una legión de chiquillos, quienes les invitaban a que echasen unas monedas al río Rara arrojarse ellos a recogerlas.
¿Cuál es el húmero? interrogóle cierto día el profesor, añadiendo: acérquese usted y tóquelo con la mano. Permanecía inmóvil y mudo el escolar y el catedrático díjole malhumorado; por segunda vez pregunto a usted cuál es el húmero?, aproxímese y tóquelo, que no le pica.


Y producía admiración la intrepidez conque, desde el muro del Puente, se lanzaban al Guadalquivir, perdiéndose en su fondo para flotar a los pocos momentos sobre las aguas, con las monedas entre los dientes.
El muchacho entonces exclamo este, poniendo un dedo sobre un radio del esqueleto.


El Viernes Santo la gente menuda , provista de grandes piedras, esperaba en las calles el paso de la procesión para poner aquéllas sobre las colas de las túnicas de los nazarenos o mazarahuevos, como aquí se les llamaba, con la sana intención de que se hicieran jirones.
Está usted equivocado, objetóle el profesor y el alumno repitió: este, al mismo tiempo que cogía un fémur.


Cuando se aproximaba el Carnaval los niños distraían sus ocios poniendo lárgalos o dácalos a cuantas personas transitaban por la población.
¡Tampoco! gritó el docto anciano que le interrogaba, no sabe usted una palabra de Anatomía, y el desaplicado estudiante, muy nervioso, replico: pues sera este, asiéndose a una tibia con tal fuerza que se quedó con ella en la mano y desarticuló casi todo el esqueleto.


Acercábanse a ellas, sigilosamente, por detrás y con un alfiler, les prendían de la ropa una tira de papel o un pedazo de trapo.
El muchacho a que nos referimos hallábase otro día, en la clase, distraído con la lectura de una novela. Observólo el catedrático y súbitamente le preguntó ¿cuál es centro de la circulación de la sangre, señor tal?


Cuando la víctima de la broma se había alejado de los autores de ella estos comenzaban a repetir a coro la frase “dácalo que se lo lleva”, prorrumpiendo en una infernal gritería.
Levantóse con rapidez el joven y, como no se hubiera dado cuenta de la pregunta, hizo señas a un compañero a fin de que le indicase la contestación.


No era menor el alboroto que promovían los chiquillos siempre que encontraban a un borracho en la calle.
Di que en el ombligo, le apuntó aquel y ¡en el ombligo! respondió con seguridad el interrogado, provocando una general y ruidosa carcajada.


Rodeábanle y no cesaban de repetir la consabida palabra sebo , con toda la fuerza de sus pulmones.
Para concluir narraremos una travesura realizada en el mismo centro que las anteriores, la cual tuvo un epílogo muy deplorable.


A veces el beodo montaba en cólera y arremetía contra la turba infantil, que se libraba, por pies, de algunos estacazos o pescozones.
El catedrático de Física, al explicar una lección de Optica, entregó a los alumnos un microscopio y un pequeño insecto pegado en un papel, para que lo viesen con dicho aparato.


El relato de las travesuras que los estudiantes cometían en los centros de enseñanza proporcionaría materia para escribir un libro.
Ocurriósele a uno de los estudiantes escupir sobre los cristales del microscopio; éste siguió pasando de mano en mano, pero los escolares, advertidos de la mala idea de su compañero, limitábanse a simular que miraban el insecto a través de los lentes, sin acercárselos a los ojos, e invariablemente decían: no se ve nada.


Por este motivo sólo citaremos una hazaña de uno de los escolares más listos que han pisado nuestros establecimientos docentes.
¿Cómo es posible? exclamó al fin el profesor; seguramente no saben ustedes manejar el aparato.


Eran los tiempos en que la terrible banda de malhechores conocida por la Mano Negra cometía en Jerez de la Frontera los mayores crímenes y desmanes.
Al decir esto se lo acercó a la faz y por sus mejillas resbalaron, no las perlas del llanto, sino los esputos del estudiante.


El joven aludido era alumno del Instituto provincial de Segunda Enseñanza y asistía a la cátedra de un profesor tan corto de vista que no distinguía a las personas a dos metros de distancia.
Atribuyóse, erróneamente, la mala partida al alumno más travieso de la clase y, en su virtud, se le impuso un severo castigo, que él sufrió resignado; mas el catedratico no se conformó con la corrección y anunció al irrespetuoso discípulo que perdería el curso. Aquel, ante tal amenaza, confesó quien había sido el autor de la hazaña y con él extremóse la disciplina del establecimiento docente.


Sentábase el estudiante en uno de los últimos bancos del aula y, acto seguido, se calzaba en una mano un guante negro.
Indignado el travieso escolar porque le hubiese delatado su compañero, una noche en que éste pelaba la pava en una clásica reja andaluza, acercósele cautelosamente y le asestó un terrible golpe en la cabeza con un bastón de hierro.


Apenas el catedrático empezaba sus explicaciones, el chico del guante levantaba el brazo gritando: ¡la mano negra!, y lo ocultaba súbitamente.
La lesión fue tan grave que puso en inminente peligro la vida del pobre muchacho.


El profesor suspendía la explicación y comenzaba las indagaciones, siempre infructuosas, para averiguar quien se había atrevido a interrumpirle.
Octubre, 1924.
 
Malhumorado reanudaba la disertación y, a los pocos minutos, el autor de la broma levantaba el otro brazo y gritaba: ¡la mano blanca!, siempre ahuecando la voz para que el profesor no lo conociera.
 
Aquél emprendía nuevas investigaciones, sin éxito, encaminadas a saber quién fuera el gracioso y la escena continuaba reproduciéndose uno y otro día, con muy cortos intervalos.
 
La víctima de estas burlas ideó al fin, una estratagema, merced a la cual cayó en el garlito el travieso estudiante.
 
Ordenó a un bedel del establecimiento que permaneciese en la puerta del aula observando lo que ocurría en su interior por el ojo de la cerradura y así pudo cazar al mozo de la mano negra y la mano blanca.
 
No es necesario decir que aquel pasó una semana encerrado en el calabozo y además perdió el curso.
 
Diciembre, 1921.


[[Categoría:Alacena]]
[[Categoría:Alacena]]
[[Categoría:Notas cordobesas|07-003]]
[[Categoría:Notas cordobesas]]

Revisión actual - 20:13 24 ago 2026


Travesuras Infantiles es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Ha llegado la época. en que la turba estudiantil, pasadas las vacaciones del verano, invade nuevamente las aulas, como bandadas de pájaros bulliciosos, llenándolas de alegría.

Con este motivo nos parece oportuno recordar algunas graciosas travesuras cometidas hace ya muchos años por escolares de nuestros centros de enseñanza.

Era la época en que la hidra del terrorismo comenzaba a desarrollarse en España. En Jerez de la Frontera había surgido una banda de asesinos titulada “La mano negra”, que realizaba toda clase de crímenes, produciendo la consternación general.

En Córdoba, como en todas partes, sólo se hablaba de aquellos malhechores, que tenían aterrorizada a la hermosa población antedicha.

En uno de nuestros establecimientos de enseñanza había un docto catedrático de Geografía e Historia, muy corto de vista, quien más que a preguntar las lecciones a sus alumnos dedicaba las horas de clase a explicar las asignaturas con una claridad, una sencillez y, sobre todo una amenidad verdaderamente encantadoras.

Entre sus discípulos figuraba un muchacho, tan listo como travieso que, al mismo tiempo que el Bachillerato, estudiaba la carrera eclesiástica.

El joven aludido sentábase en un banco del centro del aula y allí, semioculto por sus compañeros, se dedicaba a realizar toda clase de diabluras.

La aparición de la terrible banda de malhechores de Jerez le sugirió una de las más graciosas. Buscó un guante negro y todos los días, al empezar el catedrático sus explicaciones, poníaselo y levantaba y ocultaba alternativa y rápidamente, ambas manos, al mismo tiempo que decía, ahuecando la voz para que no se le conociera por ella: ¡la mano negra! !la mano blanca!.

El catedrático suspendía su disertación para inquirir quien fuese el autor de la broma, sin conseguirlo. En su virtud, un día ordenó a un bedel del establecimiento permaneciese en la puerta, teniéndola entornada, durante las horas de clase, con el fin de descubrir al imprudente escolar y así se logró dar caza al joven de la mano blanca y la mano negra, que pagó su peregrina ocurrencia con varios días de encierro en el calabozo.

En el centro docente aludido, hace cincuenta años, el profesor de Francés era también muy miope y hombre de costumbres extravagantes, a quien los alumnos jugaban, con frecuencia, malas partidas, sin temor a que montara en cólera y les amenazase con terribles castigos.

En cierta ocasión todos los muchachos que concurrían al aula de aquél, pusiéronse de acuerdo para hacer una que fuese sonada. Cada uno se proveyó de un cascabel, lo ató a la cabeza de un alfiler y todos, cuando ocuparon sus asientos en la clase, colocáronse el alfiler, a guisa de espuelas, en una bota, clavándolo entre el tacón y el contrafuerte.

A una señal convenida los estudiantes que había en los últimos bancos principiaron a mover los pies y la alegre música de los cascabeles interrumpió el augusto silencio de la cátedra.

El profesor corrió hacia donde se efectuaba el concierto pero este cesó rápidamente comenzando en los bancos de las primeras filas. Aproximóse a ellos el maestro del idioma de Lamartine y los cascabeles sonaron en los del centro. Los muchachos permanecían inmóviles en sus sitios; registróseles y ni en los bolsillos ni en las manos se encontró los sonoros rodorines que no cesaban de sonar en distintos lugares de la cátedra. Aquello parecía 1 de duendes o de brujas.

El burlado profesor requirió el auxilio de los bedeles a que le ayudaran a descubrir el enigma, pero antes de que aquellos acudieran, los escolares se quitaron el espolín, ocultándolo en el interior del calzado y las personas ajenas a la broma no lograron descubrir el misterio de aquella música, más propia de una fiesta de Carnaval que de un establecimiento de enseñanza.

Un estudiante de Fisiología e Higiene sudaba tinta cuando tenía que designar los huesos del cuerpo humano. ¿Cuál es el homóplato?, ¿cuál es la columna vertebral? preguntábale el catedrático y el joven contestaba invariablemente: este o aquella, siempre a honesta distancia del esqueleto y sin señalar a parte alguna del mismo, para no equivocarse.

¿Cuál es el húmero? interrogóle cierto día el profesor, añadiendo: acérquese usted y tóquelo con la mano. Permanecía inmóvil y mudo el escolar y el catedrático díjole malhumorado; por segunda vez pregunto a usted cuál es el húmero?, aproxímese y tóquelo, que no le pica.

El muchacho entonces exclamo este, poniendo un dedo sobre un radio del esqueleto.

Está usted equivocado, objetóle el profesor y el alumno repitió: este, al mismo tiempo que cogía un fémur.

¡Tampoco! gritó el docto anciano que le interrogaba, no sabe usted una palabra de Anatomía, y el desaplicado estudiante, muy nervioso, replico: pues sera este, asiéndose a una tibia con tal fuerza que se quedó con ella en la mano y desarticuló casi todo el esqueleto.

El muchacho a que nos referimos hallábase otro día, en la clase, distraído con la lectura de una novela. Observólo el catedrático y súbitamente le preguntó ¿cuál es centro de la circulación de la sangre, señor tal?

Levantóse con rapidez el joven y, como no se hubiera dado cuenta de la pregunta, hizo señas a un compañero a fin de que le indicase la contestación.

Di que en el ombligo, le apuntó aquel y ¡en el ombligo! respondió con seguridad el interrogado, provocando una general y ruidosa carcajada.

Para concluir narraremos una travesura realizada en el mismo centro que las anteriores, la cual tuvo un epílogo muy deplorable.

El catedrático de Física, al explicar una lección de Optica, entregó a los alumnos un microscopio y un pequeño insecto pegado en un papel, para que lo viesen con dicho aparato.

Ocurriósele a uno de los estudiantes escupir sobre los cristales del microscopio; éste siguió pasando de mano en mano, pero los escolares, advertidos de la mala idea de su compañero, limitábanse a simular que miraban el insecto a través de los lentes, sin acercárselos a los ojos, e invariablemente decían: no se ve nada.

¿Cómo es posible? exclamó al fin el profesor; seguramente no saben ustedes manejar el aparato.

Al decir esto se lo acercó a la faz y por sus mejillas resbalaron, no las perlas del llanto, sino los esputos del estudiante.

Atribuyóse, erróneamente, la mala partida al alumno más travieso de la clase y, en su virtud, se le impuso un severo castigo, que él sufrió resignado; mas el catedratico no se conformó con la corrección y anunció al irrespetuoso discípulo que perdería el curso. Aquel, ante tal amenaza, confesó quien había sido el autor de la hazaña y con él extremóse la disciplina del establecimiento docente.

Indignado el travieso escolar porque le hubiese delatado su compañero, una noche en que éste pelaba la pava en una clásica reja andaluza, acercósele cautelosamente y le asestó un terrible golpe en la cabeza con un bastón de hierro.

La lesión fue tan grave que puso en inminente peligro la vida del pobre muchacho.

Octubre, 1924.