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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
El Precepto Pascual es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hace cincuenta años, en una vetusta casona del barrio de la Catedral habitaba una familia inglesa. El jefe de ella era un hombre de edad avanzada, alto, enjuto de carnes, de barba blanca, de aspecto simpático, inteligente, activo, emprendedor.
Hallábase al frente de una importantísima industria establecida en Córdoba por una sociedad extranjera, que, al desaparecer, como consecuencia de las modernas y funestísimas luchas entre patronos y obreros, privó a nuestra ciudad de una gran fuente de riquezas y sumió en la miseria a muchos hogares.
La personalidad a que nos referimos, cortés y bondadosa en grado sumo, trataba con cariño verdaderamente paternal a sus operarios y servidores, que le correspondian profesándole un gran afecto.
Uno de los dependientes de su casa más estimado, tanto por él como por su familia, era el portero, hombre de sanas costumbres, de acendrados sentimientos religiosos, honrado a carta cabal, según la frase gráfica del pueblo.
Este fiel servidor sufrió una grave enfermedad, una paralisis [sic] que le tuvo postrado en el lecho durante largo tiempo, originándole, al fin, la muerte.
Los dueños de la casa prodigáronle toda clase de cuidados y procuraron, por todos los medios, hacer lo menos aflictiva que era posible la situación del paciente.
En los tiempos a que nos referimos constituía un verdadero acontecimiento en todos los barrios de Córdoba la salida de Su Divina Majestad para que cumplieran con el Precepto Pascual los feligreses enfermos e impedidos.
El vecindario de las calles por donde había de pasar el Santísimo revocaba y blanqueaba las fachadas de sus casas lo mismo que al aproximarse la Semana Santa o la fiesta del Corpus Christi.
El día de la importante ceremonia, en la carrera de la procesión, balcones y ventanas lucían colgaduras, ya de rico terciopelo o damasco, ya formadas con mantones de Manila o modestas colchas y algunas fachadas aparecían decoradas vistosa y artísticamente con arcos y guirnaldas de follaje, plantas y flores.
En las casas que debían ser visitadas por Jesús Sacramentado levantábanse preciosos altares, con un severo Crucifijo, rodeado de luces, materialmente cubierto de rosas y violetas.
Innumerables personas de todas las clases sociales acompañaban al Rey de los Cielos y Tierra y sobre el palio caía, sin cesar, una lluvia de pétalos de flores.
Al llegar la época en que los buenos cristianos cumplen el Precepto Pascual, mostró deseos el hombre paratítico de recibir el Pan de los Angeles.
El rector de la parroquia, al serle comunicados tales deseos, expresó su temor de que no fuese recibido el Augusto Sacramento con toda pompa y solemnidad en la morada del enfermo a causa de profesar sus dueños, como ingleses, la religión protestante.
Enterada la personalidad a que venimos refiriéndonos de los recelos del sacerdote, le envió un emisario para manifestarle que en su morada se dispensarían al Santísimo tantos honores como en la del católico más ferviente.
Llegó el día designado para administrar la Sagrada Comunión a los impedidos del barrio de la Catedral.
A acompañar al Santísimo acudieron innumerables personas; muchas más que en los años anteriores. Entre ellas figuraban todos los empleados de las oficinas y la mayoría de los operarios de los talleres de la importante sociedad industrial a que hemos aludido.
Todas las calles que debía recorrer la procesión ostentaban una alfombra de juncias y mastranzos.
Tapices de flores verdaderamente artísticos adornaban la fachada de la vetusta casona donde moraba la familia inglesa; el suelo hallábase cubierto de plantas aromáticas y rosas.
En el patio elevábase un suntuoso altar de varios cuerpos con valiosa candelería de plata y soberbios jarrones de mérito extraordinario.
El paralítico había sido trasladado desde la portería a una amplia habitación interior, transformada en un precioso oratorio.
Su Divina Majestad penetró en la casa pasando entre una doble fila de obreros con hachones encendidos y enmedio de una incesante lluvia de flores, al mismo tiempo que una multitnd [sic] de voladores estallaban en el espacio.
El enfermo cumplió el Precepto Pascual con un fervor edificante y aquel espectáculo, imponente, grandioso, produjo honda impresión a cuantas personas lo presenciaron y arrancó lagrimas a muchos ojos.
Para coronar dignamente el acto el respetable anciano que, por ser de nacionalidad inglesa no profesaba la religión católica, obsequió espléndidamente a sus operarios y socorrió a los pobres con una abudante [sic] limosna de pan.
Al día siguiente el rector de la parroquial del Sagrario fue a dar las gracias al dueño de la vetusta casona por el acto que ligeramente hemos descrito.
A las palabras de gratitud del sacerdote respondió el anciano con esta frase: así recibo yo en mi casa a quienes vienen a honrarla con su visita.
Aquel hombre de edad avanzada, alto, enjuto de carnes, de barba blanca y aspecto simpático, era don Dúncan Shaw, jefe de la importante fábrica de fundición de plomo establecida en el Arroyo de las Piedras.
Abril, 1922.
