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Revisión actual - 21:03 24 ago 2026
Preludios De Invierno es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
En la antigua casa cordobesa, la casona típica de nuestros abuelos, notábase un movimiento inusitado, todos los años, al aproximarse la estación invernal.
Encaladores y criadas dedicábanse, primeramente a blanquear y limpiar el piso alto para que se instalase en él la familia.
Después se procedía a la colocación de las esteras, las primitivas esteras de pleita blanca y negra, confeccionadas por los valencianos, y luego a subir los muebles e instalarlos cuidadosamente en sus respectivos lugares, tarea reservada a las mujeres y en la que ayudaban las señoras a su servidumbre.
Concluidas estas operaciones, sacábase de las alacenas los braseros de azófar para limpiarlos con limón a fin de que brillasen como el oro, y de los claveteados arcones salían las ropas de la mesa de estufa, las capas de recio paño, los refajos de bayeta roja para que se desarrugasen y perdieran el olor del alcanfor que les servía de preservativo contra la polilla.
Cuando la familia se había subido , según la frase corriente y todo estaba en orden, procedíase a hacer la matanza .
Esta operación proporcionaba a la familia días de mucho trabajo, pero de gran regocijo también, porque se festejaba como un verdadero acontecimiento.
En la amplia cocina del piso bajo, con extenso hogar de enorme campana, disponíase todo lo necesario antes de principiar la faena: las calderas para hervir el agua, las macetas vidriadas para lavar las tripas que se habían de utilizar en morcillas y chorizos, los lebrillos en que se picaban y mezclaban los componentes de aquellos, las orzas que guardarían el lomo y la manteca.
En las múltiples faenas de la matanza intervenían no solamente toda la familia de la casa, sino las amigas íntimas a las que se invitaba como si se tratase de una fiesta.
Era curioso el espectáculo que presentaba la cocina; hombres, mujeres y chiquillos trabajaban sin descanso, pero sin demostrar la menor fatiga, muy alegres, muy contentos, mezclando la charla con las risas y las risas con los cantares.
Unas mujeres se dedicaban a lavar las tripas y los menudos , otras a picar la carne y la cebolla para las morcillas, estas a hacer los chorizos, aquellas a preparar el adobo; los hombres a avivar el fuego en el hogar; los chiquillos a acarrear la leña.
Cuando se concluían todas las operaciones y las hojas de tocino quedaban colocadas en la despensa, y los jamones colgados de las gruesas vigas, y los chorizos y morcillas en el humero y las orzas bien repletas de lomo, la familia celebraba la terminación de la matanza obsequiando a sus amigos íntimos con un suculento almuerzo en el que se servía la cabeza, las patas y las demás partes del cerdo que no se podían conservar, aderezadas con sabrosos aliños y rociadas con excelente vino de Montilla.
Seguía a la matanza la preparación de las aceitunas para el año, que también proporcionaba ocupación a las mujeres durante algunos días.
En grandes tinajas echábase las enteras, cubriéndola con infinidad de aliños; orégano, laurel, tomillo, ajos, naranjas agrias y hasta piñas, para que no se pusiesen zapateras , y en pequeñas orzas, después de endulzadas en agua, se adobaba las partidas y las rayadas, que habían de aparecer, por primera vez, en la mesa al celebrarse la comida de Año nuevo.
Las aceitunas aliñadas en las casas de Córdoba diferenciábanse mucho, no sólo de las preparadas en Sevilla y otras poblaciones, sino aquí mismo, en las antiguas tonelerías de la calle de la Feria, pues resultaban más sabrosas; eran, verdaderamente, un bocado exquisito.
Completábase el aprovisionamiento de la despensa llenando la zafra de aceite y una orza de garbanzos también para el consumo del año, y en las casas de las familias más pudientes con el barreño con los quesos de la Mancha y los tarros llenos de exquisita miel o de frutas en almíbar.
Como el chocolate era indispensable para el desayuno, también habla necesidad de proveerse de él y muchas personas, en vez de adquirirlo en la fábrica cordobesa del popular Orive, preferían que fuese a elaborarlo en sus propias casas alguno de los numerosos chocolateros que se dedicaban a trabajar a domicilio.
Llamado aquél, un mozo de cordel conducía los artefactos propios de dicha industria y en unos cuantos minutos quedaba montada la fábrica en la habitación más apropósito para tal objeto
Y allí, en presencia de toda la familia, el chocolatero machacaba el cacao en el enorme mortero de madera; revolvíalo con la canela y el azúcar, todos estos artículos de inmejorable calidad; adquiridos, no por el industrial, sino por el consumidor; luego procedía a la ruda y larga faena de labrar la masa a brazo y continuaba la serie de operaciones indispensables hasta dejarla en los moldes de lata, de donde había de salir para ser envuelta cuidadosamente a papel de plomo, a fin de que no perdiese el aroma ni la descompusiera la humedad.
En estos múltiples y distintos quehaceres domésticos invertíanse muchos días, así es que apenas terminaban eran, casi, las vísperas de Noche Buena, y entonces las familias se dedicaban a otra tarea muy simpática, la cual constituía el encanto de los chiquillos; a instalar los clásicos nacimientos con sus riscos de corcho, sus arroyuelos de cristal, sus casas de cartón y sus figuras de barro, toscas pero tópicas y bellas producciones de un arte primitivo.
De este modo se preparaban en las antiguas casas cordobesas para pasar el invierno lo más agradablemente posible, gozando de las inefables dichas del hogar en que la fe, el amor y la honradez tienen su asiento.
Noviembre, 1919.
