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Diferencia entre revisiones de «Colegios Particulares (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
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Revisión actual - 20:12 24 ago 2026


Colegios Particulares es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En tiempos en que no se hablaba tanto como ahora de progreso, cultura y enseñanza, había más centros docentes que en la actualidad y era mucho mayor que hoy el número de estudiantes.

Las aulas de universidades, institutos y escuelas de todas clases estaban llenas de una juventud alegre y bulliciosa, dispuesta lo mismo para estudiar que para divertirse.

De todos los pueblos acudían a las capitales muchachos deseosos de poseer una carrera o, por lo menos, el grado de Bachiller, que se instalaban en los colegios particulares donde, a la vez que de hospedaje, disponían de clases destinadas al repaso y la explicación de las asignaturas que cursaran.

Por este motivo abundaban dichos colegios, algunos de los cuales llegaron a obtener merecido renombre por sus excelentes condiciones y a contar con numerosos alumnos.

En Córdoba hubo varios de verdadera importancia que lograron un crédito envidiable.

Uno de ellos fué el de don Pablo Antonio Fernández de Molina. instalado durante muchos años en la calle de Fitero.

Dedicábase a la segunda enseñanza y especialmente a la del Latín, del que era un idólatra el señor Fernández de Molina.

Este nos recordaba al antiguo dómine y podía presentarse como una figura original del profesorado cordobés.

También merece mención especial el colegio titulado de Santa C[ara, que su director el sacerdote don José Calderón estableció primeramente en un edificio de la calle de José Rey, el cual formó parte del convento que le diera nombre,: trasladándolo después a la calle de Saravias, luego a la del Paraiso y desde aquí a la amplia casa de la de Gondomar, en que hoy se halla el Circulo de Labradores, donde desapareció a causa de la muerte de su fundador y propietario.

Quizá serla el colegio de nuestra capital que contó con mas alumnos.

Otro sacerdote apellidado Lumpié fundó uno de estos centros en la calle de Pedregosa y nombró profesores del mismo a las personas más significadas por sus prestigios y cultura. El sabio humanista y literato don Francisco de Borja Pavón tenia a su cargo la cátedra de Física. E1 citado establecimiento, apesar de su lujo de catedráticos, casi todos honoríficos, fué de muy corta vida.

Por espacio de algunos años hubo en la calle de las Cabezas un colegio de segunda enseñanza, a cargo de don Rafael Baena Sánchez, el cual también tenia bastantes alumnos, lo mismo internos que externos.

En él actuaba de presidente, o pasante , como decían los muchachos, aquel famoso don Modesto, autor dramático y astrónomo, a quien ya dedicamos una de estas crónicas retrospectivas.

Un profesor auxiliar del Instituto y de la Escuela provincial de Bellas Artes, don Manuel Fernández Llamazares, creó un buen colegio, no sólo de las enseñanzas del Bachillerato, sino para la preparación de carreras especiales, en la calle de Ramírez de Arellano, pero, por diversas vicisitudes, tuvo que cerrarlo pronto.

Dos maestros de Instrucción primaria meritísimos, don Nicolás Dalmau y don Antonio Montero Nieto, además de hallarse encargados de importantes escuelas públicas, el primero en la calle de Jesús Crucificado y el segundo en la plaza de la Compañía, daban lecciones de las asignaturas de la segunda enseñanza y tenían bastantes alumnos internos, especialmente el señor Dalmau.

En la calle de José Rey otro profesor auxiliar del Instituto, don Toribio Herrero López, abrió el colegio denominado de Jesús Nazareno que, durante no escaso tiempo, disfrutó de los favores de la clase escolar.

No omitiremos en esta relación el establecido en la calle de San Pablo por don Antonio Córdoba Navajas, laborioso maestro que abandonó su noble misión docente para convertirse en industrial explotando el estuche azucarero, de que era inventor, el cual había de proporcionarle beneficios pecuniarios mucho mayores que la enseñanza.

Por la mañana y por la tarde, a las horas de comenzar las clases en el Instituto, en la Escuela Normal y la Escuela de Veterinaria, los alumnos de todos estos colegios, formados en doble fila, seguidos de sus presidentes o profesores, recorrían nuestras calles, para ir a los citados centros, alegrándolas con las risas, con la charla, con el bullicio propios de la juventud.

Hemos dejado para el último lugar, a fin de hacerlo objeto de especial mención, el centro docente particular más importante que ha habido en nuestra capital, un establecimiento de enseñanza que honró a Córdoba: nos referimos a la Academia Politécnica.

Fundóla un distinguido jefe del ejercito, hombre de gran cultura, provechosas iniciativas e incansable actividad, don Manuel Sidro de la Torre, a quien debemos la instalación del servicio telefónico urbano.

La estableció en uno de los edificios más espaciosos monumentales de esta población, la casa solariega de Jerónimo Páez, situada en la plaza a que da nombre y la dotó de un profesorado competentísimo y de material pedagógico abundante y moderno.

La Academia Politécnica tuvo fama en Andalucía y reunió considerable número de alumnos entre los cuales figuraban muchos forasteros.

Circunstancias especiales obligaron al señor Sidro de Torre a abandonar nuestra ciudad y, por este motivo, desapareció el centro de cuya creación podía estar orgulloso

En los tiempos, ya lejanos, a que nos referimos, no solamente abundaban los colegios particulares, sino las personas que se dedicaban a dar lecciones a domicilio, tanto de instrucción primaria como de las asignaturas de la segunda enseñanza y de otras especiales.

A raiz de la exclaustración, algunos frailes recurrieron a enseñar el Latín para atender a su subsistencia, lo cual no era entonces, como ahora, un problema de dificilísima solución.

Entre los maestros que instruían a mayor número de niños, en sus casas, figuraban don Miguel Ramos, aquel hombre respetable, de luenga barba blanca y largo gabán que, ya en los últimos años de su vida, presa de una verdadera monomanía, pasaba las noches de invierno al raso haciendo observaciones astronómicas.

Una de las ciencias que más se estudiaban entonces, aún por personas que no se proponían seguir una carrera, eran las Matemáticas y, por este motivo, también abundaban sus profesores. Dos de los principales fueron el sacerdote don Rafael Cantueso, Después rector de la parroquial del Salvador, y don ]osé Moya, maestro ilustradísimo de primeras letras.

Finalmente, estaban de moda los idiomas y la Caligrafía, incluso entre el sexo femenino, y había algunos profesores a los que faltaba el tiempo para atender a todos sus alumnos.

Los más populares fueron el de Francés e Inglés don Juan Viudes y el de Francés y Caligrafía don Carlos Casanova, que enseñó a chapurrear el Telémaco y a escribir la letra inglesa y la redondilla a la mayoría de las muchachas de nuestra buena sociedad.

Octubre, 1919.