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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
Espantaleon Y Nadal es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hoy vamos a dedicar estos recuerdos a dos de los actores cómicos que obtuvieron más popularidad en Córdoba hace treinta años, con motivo de la reciente muerte de uno de ellos: a don Juan Espantaleón y don Julio Nadal.
¡Espantaleón! ¿Quién que sea aficionado al arte escénico no le recuerda con gusto?
En la época, ya lejana, en que el cinematógrafo y las variedades no se habían impuesto, sin razón, a la comedia y la zarzuela, en que no se conocían las cupletistas, canzonetistas, danzarinas y demás importaciones extranjeras, pero en cambio abundaban los actores y cantantes de mérito, ocupaban un lugar de preferencia entre los primeros, legítimamente adquirido.
Espantaleón poseía tanta gracia como naturalidad y una mímica tan expresiva que con ella le bastaba, sin pronunciar una palabra, para que el público se hiciera cargo de una situación escénica.
Pero estas dotes, a pesar de su excepcional importancia, no eran los principales elementos que le proporcionaban el triunfo; debía éste, en casi todas las obras, a las incomprensibles transformaciones de su rostro, a la asombrosa movilidad de sus facciones, sólo comparable a la de los cómicos italianos más eminentes
Su fisonomía reflejaba, de una manera prodigiosa, los sentimientos, las pasiones, el estado de ánimo del personaje caracterizado por el artista.
Don Juan Espantaleón actuó en todos los coliseos de Córdoba y obtuvo los mayores, triunfos en el Teatro Principal, donde trabajó durante largas temporadas, siempre ante un público numerosísimo en el que sabía mantener constante la hilaridad.
Y lograba que los espectadores rieran a mandíbula batiente sin apelar a recursos más propios de la pista de un circo que de la escena de un teatro, sin recurrir al morcilleo de que suelen abusar muchos cómicos, sino valiéndose únicamente de su gracia inagotable y de los medios que proporciona el arte a quien consigue dominarlo.
Las ingeniosas comedias de Vital Aza, Estremera, Ramos Carrión y otros chispeantes autores tenían en Espantaleón el mejor intérprete. ¡Cómo representaba Los dominós blancos, San Sebastián, mártir, El sombrero de copa y todas las del antiguo repertorio!
Aunque Espantaleón no era artista lírico, en el programa de todos sus beneficios figuraba una zarzuela, Toros de puntas , y esta obra le dió más fama que otras muchas en las que hizo creaciones admirables del papel de protagonista.
Cuando salía al proscenio con la chaqueta corta, el sombrero de anchas alas y la garrocha al hombro, marcando el paso y braceando como los toreros al efectuar el paseillo , el público prorrumpía en una estrepitosa carcajada y en un aplauso unánime y, después le obligaba a repetir infinidad de veces, la canción
El arte de los toros vino del Cielo”.
La última vez que representó en Córdoba la citada zarzuela fueron tantas las repeticiones de la antedicha canción, que el viejo cómico, cansado ya, sudoroso, sin alientos, exclamó, dirigiéndose a los espectadores, con tono suplicante:
¡Señores, que he cumplido los sesenta años!
Al veterano artista que poseía el secreto de hacer reir, a su antojo, al público, veíasele, frecuentemente, en el teatro, llorar como un niño, pero su llanto no era producido por la tristeza; lloraba de gozo cuando oía batir palmas en honor de su primogénito, porque Espantaleón ha sido tan buen padre como artista.
Para concluir vamos a recordar un hecho que demuestra la envidiable popularidad de que, en tiempos ya remotos, gozó el notable actor en nuestra ciudad. Celebrábase una de las famosas corridas de toros de la Feria de la Salud; el circo de los Tejares se hallaba ocupado por un gentío inmenso. Súbitamente aquella muchedumbre, como movida por un resorte, se puso en pie y prorrumpió en una ovación atronadora.
¿Qué sucedía? Que en aquel momento acababa de presentarse en un palco el sin rival protagonista de Toros de puntas .
Don Juan Espantaleón ha muerto hace pocos días en Madrid a la edad de setenta y cinco años, rodeado de su familia a la que idolatraba, y gozando del afecto y consideración de sus compañeros y amigos.
- *
El primer actor de la compañía cómico-lírica de don Eduardo Ortiz, Julio Nadal, fuera de la escena resultaba un hombre serio, adusto, grave, hasta fúnebre si se quiere, pero en el palco escénico se transformaba y, sin poseer las excepcionales dotes artísticas de Espantaleón, lograba apoderarse del público por completo y captarse todas sus simpatías.
Nadal, y esto se diferenciaba del viejo actor a que antes nos referimos, jamás se ajustaba a su papel; siempre lo corregía y aumentaba a su antojo, con gran contento de los espectadores.
Las obras que representaba en la última sección de las funciones del Teatro Circo no las hubieran conocido sus propios autores, pues Julio Nadal las hacía completamete nuevas, intercalándoles ingeniosos diálogos con el público
Este llenaba por completo las localidades del popular coliseo en dicha sección, en la que el primer actor de la compañía de Eduardo Ortiz ponía en escena sus zarzuelas favoritas, El cabo primero , en la que hizo una verdadera creación del tipo de “Parejo”, y más generalmente Los trasnochadores o Los aparecidos .
En esta última, cuando acababa de declamar con tono enfático la tirada de versos que termina diciendo:
y aquí se presenta el Comendador”
un terrible golpe de bombo y platillo, acompañado de un estrépito infernal entre bastidores, parecía anunciar algo así como el fin del mundo.
Todos los parlamentos eran interrumpidos por atronadoras salvas de aplausos y al final de las situaciones culminantes desde el telar del escenario caía una lluvia de sombreros, botas y prendas de guardarropía.
Los beneficios de Nadal revestían los caracteres de acontecimientos teatrales y el beneficiado recibía innumerables obsequios de sus amigos y admiradores.
En una de tales funciones un escritor cordobés y el autor de estas líneas regalaron al famélico maestro de escuela, protagonista de Los secuestradores , una fiambrera con una tortilla de patatas, dos onzas de queso, un panecillo y una botella de vino de doce.
Julio Nadal se dió gran prisa para cambiar el vino de envase, trasladándolo a una botella de Carta blanca , y cuando los remitentes de la merienda penetraron en el cuarto del artista, para felicitarle, el terrible secuestrador les obligó a apurar el exquisito néctar que aquellos le enviaron, al mismo tiempo que él regaba con el Carta blanca trasegado a la botella del de a doce la tortilla de patatas y la ración de queso.
Enero, 1921.
