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Diferencia entre revisiones de «La Cuaresma (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026


La Cuaresma es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Antiguamente la Cuaresma tenia en Córdoba un sello característico, especial, por el que se distinguía de las demás épocas del año.

El silencio y la tranquilidad peculiares de nuestra población aumentaban en estos días dedicados al recogimiento, a prepararse para conmemorar dignamente el sublime poema del Gólgota.

En todas las casas agregábase a los rezos cotidianos de la plegaria de las doce, el Rosario, la Oración de la tarde y las Animas, el poético de la Salve, que invitan, con su especial y alegre repique, las sonoras campanas de la Catedral.

Al anochecer hombres mujeres, modestamente vestidos, ellas ostentando la mantilla que realza los encantos femeninos, acudían a los templos para efectuar los ejercicios de la Cuaresma.

Las iglesias, sin adornos, solamente iluminadas por las lámparas de aceite y las velas de cera, tenían un aspecto severo que imponía; hallábanse en una semioscuridad que invitaba a la meditación.

En ellas los fieles entregábanse a las prácticas religiosas con verdadera fe, puesto el espíritu en Dios, abstraídos por completo del mundo.

Las personas a quienes su avanzada edad o sus padecimientos les impedían salir a la calle practicaban en sus hogares el ejercicio del Via Crucis ante los cuadros que lo representaban en láminas toscas procedentes de las litografías malagueñas de Santamaría o de Mitjana.

Los viernes el vecindario en masa iba a la iglesia del Hospital de San Jacinto donde se venera la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, para elevarle sentidas plegarias, y el día en que se celebra la fiesta de la Santísima Virgen, bajo dicha advocación, los cordobeses realizaban una verdadera e imponente manifestación de sus sentimientos religiosos y de su acendrado, de su profundo amor a la Reina de los Cielos.

También los viernes de Cuaresma verificábase la típica y pintoresca romería al Santuario de Santo Domingo de Scala Coeli para asistir al quinario que, en honor del Santo Cristo, en forma de mendigo, se apareciera a San Alvaro en las inmediaciones de su monasterio.

Al amanecer multitud de familias, formando bulliciosas caravanas, encaminábanse a aquel poético paraje de la Sierra y, después de presenciar los cultos, con edificante fervor, y de recorrer el Via Crucis, esfablecido en un lugar análogo al que fué teatro de la pasión y muerte de Jesús, entregábanse a las sencillas expansiones propias de las jiras campestres, sin que jamás se registrara el menor desorden, ni ocurriera suceso alguno vituperable.

Hombres y mujeres cumplían escrupulosamente el precepto del ayuno, incluso muchas personas exceptuadas de él, que no querían prescindir de estas prácticas, aunque la realizaran a costa de un verdadero sacrificio.

Las mujeres aficionadas al arte culinario demostraban sus habilidades los viernes de Cuaresma confeccionando manjares apetitosos y variados, sin que figurara entre sus componentes el elemento esencial de nuestra alimentación, la carne.

En las casas donde había cocineras invadían sus dominios, en esos días, las señoras ya para condimentar un guiso con arreglo a una receta que les proporcionara una amiga, ya para hacer los sabrosos pestiños, las natillas o el arroz con leche.

En ocasiones del ensayo de una receta, muy distinta de las que don Juan Valera consigna en su novela primorosa Juanita la Larga , no resultaba un manjar de los dioses sino un plato de bodegón, lo cual producía a su autora la contrariedad consiguiente.

En las comidas de las familias modestas nunca faltaba el potaje y se procuraba que fuera distinto cada viernes, recorriendo toda la escala, desde el de habas con hinojos, que puede considerarse el más humilde, hasta el de judías o habichuelas que constituye la aristocracia de los potajes.

Siempre acompañaba a éstos, condimentado de mil modos distintos, el bacalao, comida de pobres en otros tiempos, hoy reservado exclusivamente para las mesas ricas, pues cuesta casi tanto como el jamón.

No había casa en que, durante toda la Cuaresma, dejara de arder la débil luz de la mariposa ante la urna de caoba tallada y torneada, en que aparecía entre flores la imagen del Crucificado, del Nazareno o de la Dolorosa.

Al aproximarse la Semana Santa eran sacados del fondo de las viejas arcas, para que se desarrugasen y perdieran el penetrante olor del alcanfor que los preservaba de los estragos de la polilla, los vestidos de seda y de terciopelo, las mantillas de blonda, los correctos fracs, las severas levitas.

Enviábanse a los sombrereros, para que las planchasen, !as relucientes chisteras y se procedía a limpiar, con gran escrupulosidad, los galones y entorchados de los uniformes que lucirían los caballeros en la visita a los monumentos y en la procesión del Viernes Santo.

La gente del pueblo también preparaba tos trapitos de cristianar , entre los que ocupaba lugar preferente el vistoso pañolón de Manila.

Las mozas pasaban horas y hoyas ocupadas en la tarea de planchar y encañonar las bordadas pecheras de las camisas que sus padres o hermanos ostentarían en la popular procesión del Jueves Santo o en la del Viernes, acompañando a la Cruz guiona . Y las muchachas hacendosas aprovechaban estos días de permanencia en el hogar para arreglar los trajes de tonos claros, ligeros, vaporosos, pero siempre honestos, propios de la estación primaveral, que exhibirían en las excursiones matutinas a los Jardines de la Agricultura y en el salón del paseo o en las funciones del circo ecuestre de don Eduardo Díaz, durante la Pascua de Resurrección.

Una verdadera legión de blanqueadores dedicábase a encalar las fachadas de los edificios situados en las calles por donde habían de pasar las procesiones y, a la vez, las mujeres del pueblo daban bajeras a las paredes exteriores de sus casas o les ponían zócalos pintados con ocre, almagra o humo de pez, que constituían un atentado contra el buen gusto.

Finalmente, muchas familias unían a las ocupaciones indicadas la de buscar y preparar todos los elementos necesarios para poner el altar ; los fanales con las imágenes, los candelabros, los jarrones, los floreros, las macetas, proporcionadas por vecinas y amigas que se congregaban durante la noche del Jueves Santo en esos improvisados y poéticos Sagrarios, para velar al Señor e interrumpir, de vez en cuando, el augusto silencio propio del día con las vibrantes notas de la saeta.

Tal era la Cuaresma en Córdoba antiguamente, en los tiempos felices en que estaban más arraigadas que hoy las creencias religiosas y no surgían los graves conflictos de la vida moderna.

Marzo, 1922.