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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
La Siesta es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Son las tres de la tarde; Julio; Castilla; el sol no alumbra, que arde; ciega, no brilla.
Así comenzaba el gran poeta Zorrilla su admirable composición titulada La Siesta , y así podíamos nosotros empezar esta crónica, sustituyendo solamente el nombre de Castilla por el de Córdoba.
Transcurre el último tercio del siglo XIX; son las tres de la tarde de un día del mes de Julio.
El sol no alumbra; que arde, envolviendo la ciudad en olas de fuego; ciega, no brilla, al reflejar en las paredes blanquísimas de las viejas casas.
Silencio profundo reina en toda la población; un silencio augusto, solemne, que impresiona, que invita al recogimiento del espíritu, pero que no está moldeado como los flanes, ni se puede partir en tajadas, según ha dicho recientemente, en un momento de buen humor, un literato de renombre.
Toda la urbe se entrega al descanso; la Naturaleza entera dormita.
Apenas los relojes marcaron las dos de la tarde el vecindario cerró las puertas de sus domicilios y en fábricas y talleres suspendióse el trabajo. Puede decirse, sin hipérbole, que a las tres de la tarde Córdoba esta profundamente dormida.
Las personas de buena posición en sus cómodos lechos instalados en amplias y frescas habitaciones bajas; las muchachas en las mecedoras colocadas en los bellos patios llenos de plantas y cubiertos por el toldo; la gente pobre en sus modestas viviendas sobre un jergón o una manta tendida en el suelo, todos se entregan al sueño en las cálidas horas de la siesta.
Antes, las mujeres han tenido buen cuidado de regar el piso de las habitaciones para que se refresquen; de trasladar a ellas, para que las perfumen, las macetas de albahaca indispensables en todos los patios; de llenar las porosas jarras que invitan a apagar la sed producida por el calor del Estio.
Procúrase que los chiquillos se entretengan, jugando, en las habitaciones más apartadas para que no molesten a sus familias ni interrumpan el silencio de la siesta.
En patios y jardines plantas y flores inclinan sus tallos y cierran sus corolas, soñolientas; los gorriones dormitan ,en el alero de los tejados y entre las ramas de los naranjos y limoneros; los canarios en sus jaulas policromas; los peces multicolores bajo la canal que le sirve de lecho en el fondo de la fuente mármorea [sic]; los insectos en las flores de suave perfume; el gato cómodamente acostado en un velador o una butaca.
En los patios de las mansiones señoriales el surtidor de la fuente de mármol rima la monótona canción del sueño; en los huertos la quejumbrosa noria parece lamentarse de no poder descansar durante aquellas horas destinadas al reposo; en los copudos árboles de las plazuelas sin cesar las cigarras entonan la salmodia del Estío.
Los trabajadores que no pueden abandonar sus tareas, realízanlas con lentitud, presa del enervamiento y el cansancio.
La ciudad aparece casi desierta; el forastero que la visite a aquellas horas sin duda la creerá una población muerta o abandonada.
A las personas que, por imperiosa necesidad, tienen que salir a la calle durante la siesta, véselas jadeantes, sudorosas, buscando las vías más tortuosas y estrechas que no están dominadas por el sol, deteniéndose ante las persianas de las grandes rejas de nuestras vetustas casonas, para aspirar el aire fresco y embalsamado que por ellas sale.
Solamente no se rinden al peso del calor ni demuestran cansancio varias figuras típicas que recorren la población durante las primeras horas de la tarde: el vendedor de helado, siempre vestido de blanco, con la cabeza envuelta en un pañuelo a guisa de gorro y calzando alpargatas; el barquillero que lleva a la espalda una arquilla de madera con la mercancía y al brazo un cesto lleno de abanicos de caña; la arropiera, portadora de toda una confitería ambulante, y la mujer que ofrece, de casa en casa, los ramos de jazmines, presentándolos clavados en una salvilla de mimbre de las que se utilizan para colocar los dulces en las antiguas y famosas pastelerías cordobesas.
Los pregones de estos modestos industriales, monótonos, tristes como el llamamiento del almuédano, interrumpen el silencio de la urbe y despiertan a muchas personas que salen a la puerta o a la ventana para comprar un pericón, dos cuartos de barquillos, un vaso de horchata helada o una arropía de clavo conque endulzarse la boca antes de beber el agua exquisita de la sudorosa jarra.
Súbitamente, en alas de la brisa, muy debilitados por la distancia, llegan hasta nuestro oído estos cantares, lanzados al viento por un campesino:
Vente conmigo a la era, que en ella te han de ofrecer alfombra de oro las mieses y el sol un regio dosel. Estoy condenado al fuego, que el sol me abrasa en la era y en su ventana florida los ojos de mi morena.
Julio, 1923.
