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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
Las Colmenas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Una de las provincias de España en que antiguamente adquirió mayor desarrollo la Apicultura fué la de Córdoba.
En ella abundaban las colmenas o posadas, nombre que se dió a uno de nuestros pueblos por el infinito número de colmenas que en él había.
Aunque los colmenares de más importancia hallábanse en el campo, especialmente en la Sierra, abundaban también dentro de las ciudades.
En nuestra capital la apicultura estaba tan extendida como la cría de los gusanos de seda y ayudaba a resolver el problema de la vida a bastantes familias de modesta posición.
En casi todas las casas habla colmenas, ya en las azoteas, ya en los tejados, las cuales adquirían derecho de propiedad sobre el terreno que ocupaban al transcurrir cierto tiempo; en su virtud, los propietarios de las fincas, al abandonarlas sus inquilinos, no podían obligarles, si poseían colmenas, a que se las llevaran, teniendo, por el contrario, que autorizarles para que fueran a verlas y cuidarlas siempre que quisieran.
Las abejas encontraban abundante alimentación en las flores de los jardines y huertos, en el azahar de los naranjos de las plazas, y en las épocas en que escaseaba en el interior de la población iban a buscarlo a la Sierra, verdadero edén florido en todas las estaciones.
Los días en que se efectuaba la operación de castrar las colmenas eran, en las casas, de tanto júbilo y ajetreo como los destinados a la matanza; las mujeres dedicábanse a confeccionar dulces, con la miel, que servían de postre en las comidas y a los amigos se les obsequiaba con exquisitos panales.
En las despensas guardábase, bien tapadas, las orzas llenas de miel, que constituía el manjar predilecto de los muchachos y reemplazaba al azúcar en muchas ocasiones.
Del otro producto de las abejas, la cera, sus dueños reservábanse una parte para utilizarla en medicinas caseras o aplicarla a otros usos y el resto lo vendían en la fábrica de velas de la Catedral, establecida en la casona de la calle de Comedias que fué carcel primero y teatro después; en la cerería situada en la calle de la Pierna o en la confitería del Realejo, en cuyo escaparate exhibíanse, confundidas con los dulces, primorosas velitas rizadas para los actos del Mes de María y de la primera Comunión.
Había colmenares o posadas tan importantes que sus dueños obtenían, con el producto de aquellos, una renta de gran consideración.
Cuéntase que en la calle del Conde de Arenales habitaba un sacerdote poseedor de un número tan considerable de colmenas que le producía una enorme cantidad de miel.
Guardábala en grandes tinajas empotradas en el suelo para que se mantuviese fresca. Un día, al asomarse a una de las tinajas, tuvo la desgracia de resbalar y caer dentro de ella, pereciendo asfixiado.
En nuestros campos, como ya hemos dicho, abundaban extraordinariamente las colmenas; hallábanse en sitios donde las bañara el sol desde su salida y en que estuvieran resguardadas de los vientos del Norte por un muro o un cerrillo próximo.
Las abejas no laboraban solamente en las colmenas sino, a veces, en el hueco del tronco de un árbol o en las concavidades de una roca.
Por este motivo recibió el nombre que ostenta la famosa Peña Melaria, situada mas arriba de la Albaida, donde estuvo el convento de San Salvador.
En las márgenes del Guadiato, a seis leguas de Córdoba, hay otro paraje en el que las abejas también elaboraban sus panales entre las piedras, por lo cual se le denominó Apiaría, y en la finca de Torres Cabrera ese insecto prodigioso convirtió en colmena un balcón del viejo y casi abandonado castillo.
Los propietarios de los colmenares iban a visitarlos frecuentemeute [sic] y tales visitas servían de pretexto a muchas familias para organizar giras campestres muy animadas.
Uno de nuestros tipos más populares, Matías el del queso, después de recorrer varias veces la población pregonando a voz en grito su mercancía, marchaba diariamente a una finca, distante algunos kilómetros, para dar una vueltecita a las colmenas que poseía, sin sentir fatiga ni cansancio, apesar de los muchos años que contaba.
La miel más exquisita es la del azahar y del romero, fiores que, con predilección, liban las abejas en los campos cordobeses.
Cuando los calores del Estío agostaban la Campiña, los dueños de colmenares situados en ella trasladábanlos a la Sierra, engalanada siempre por una vegetación hermosa.
Efectuaban el transporte en caballerías, tapando cuidadosamente las colmenas para que no se marchasen sus moradoras
A veces veíase innumerables abejas paradas en el tronco de un árbol, sobre una peña o en la reja de una ventana. Era un enjambre perdido. Aquellas infatigables obreras habían abandonado su morada porque no estaban bien en ella, lo mismo que los inquilinos de una casa la abandonan cuando no les conviene.
Para cogerlas se empleaba un procedimiento curioso. Apresábase a la maestra o reina, encerrándola en un cántaro, el cual se tapaba con un corcho que tenía un pequeño agujero. Comenzábase a golpear el cántaro y todas las abejas iban entrando en el por el agujero de la tapa.
En la época a que nos referimos muchas personas se dedicaban al oficio de colmenero o fabricante de colmenas de corcho o esparto, y al de castrador, encargado de limpiarlas y extraerles los panales y la cera, y estas ocupaciones les producían ganancias no despreciables.
Los gitanos amigos de la rapiña usaban un medio ingenioso para robar los panales. Acercábanse a las colmenas con un cigarro puro encendido en la boca y el humo ahuyentaba a las abejas poniéndoles a salvo de sus terribles aguijonazos, al menos en la cara.
No libraban de ellos las manos pero los recibían estoicamente, porque vale la pena de sufrir un dolor pasajero la posesión de un exquisito panal, “dulce y sabroso, más que la fruta del cercado ajeno”, como dijo el poeta.
Julio, 1924.
