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Diferencia entre revisiones de «La Especeria (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026


La Especeria es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

No era el establecimiento donde sólo se expendía especias, como parece deducirse de su nombre, sino la primitiva tienda de comestibles, muy distinta del almacén denominado en la actualidad de coloniales y ultramarinos.

Hallábase instalada en portales muy pequeños, de tan reducidas dimensiones que no se concebía cómo en ellos podían estar depositados tantos y tan diversos artículos, porque a la especería muy bien hubiera podido aplicarse el calificativo de verdadera Arca de Noé.

Una anaquelería, pintada de color azul rabioso, cubría las paredes; delante, dejando sólo el espacio preciso para que estuviese la persona encargada de despachar, hallábase el mostrador, un mostrador también minúsculo, y junto a la puerta una mesilla, cubierta por un mantel poco limpio, destinada al pan y en algunas de estas humildes tiendecillas, las de más amplio comercio, una banasta de mimbre repleta de hortalizas.

Sobre el mostrador de pino, en uno de sus extremos veíase un peso de latón, que se utilizaba raras veces, y en el otro extremo un alcuzón de hojalata para el aceite y varias medidas.

Colgados del techo, delante de la puerta aparecían escobas y esportillas y a veces alpargatas, a guisa de muestra del establecimiento.

En este no se expendía comestibles de los qne [sic] pudiéramos llamar de lujo, sino exclusivamente los artículos de primera necesidad para el pobre: arroz, bacalao, judías, lentejas y otros análogos.

Había, además, multitud de géneros de los que no están comprendidos entre las subsistencias; las mujeres buscaban y encontraban allí los cadejos de hilo, las agujas, los alfileres, la cinta basta y las madejas de algodón, que transformadas en ovillos en las viejas devanaderas de caña, servían a las abuelas para entretenerse haciendo calceta en las interminables veladas del invierno.

Los hombres del pueblo compraban en la especería la yesca y los pedernales para encender los cigarros, los mixtos para la escopeta de caza y los anzuelos y aprestos para las cañas de pescar, y los mozos las cuerdas para la guitarra que tañían en las serenatas y en los bailes de las casas de vecinos.

Los muchachos, cuando lograban a costa de zalamerías o lloriqueos, que sus padres les entregaran uno o dos cuartos, iban a las tiendas en que nos ocupamos, para invertir su enorme capital en vidas de estampas, en azofaifas o en palodus.

Muchas personas de las que rehusaban entrar en la taberna acudían a la especería para matar el gusanillo con la chicuela de aguardiente, que era el desayuno de la clase pobre.

Durante las primeras horas de la mañana, las esposas de los obreros la invadían para proveerse de los artículos indispensables, todo en muy pequeñas porciones, porque sus recursos no les permitían hacer grandes desembolsos.

Algunas tenían que aguardar a que sus maridos les llevasen el mezquino salario, cuando terminaban la jornada diaria, al anochecer, para comprar los principales componentes de la modestísima cena.

Durante todo el día no cesaban de visitar el reducido almacén los pequeñuelos a quienes sus madres enviaban, según las necesidades de la casa lo requerían, por la panilla de aceite, por el cuarterón de arroz, por las especias, por el soplillo para el fogón y hasta por el estropajo para fregar la basta y pintarrajeada vajilla.

Los chiquillos, aunque sus compras sólo importasen unos ochavos, pedían indefectiblemente la pasera , un par de higos o azofaifas, que la tendera no les negaba jamás, porque la mujer encargada del despacho era siempre generosa, espléndida, apesar de que sus ganancias no le permitían despilfarros.

Tan mezquinas resultaban aquellas que en el cajón del mostrador sólo se encontraba, de ordinario, piezas de cobre; muy pocas veces veíase una moneda de plata.

La especería era la Providencia para los desheredados de la fortuna; en ella se fiaba a todo el mundo. La familia del campesino proveíase allí de los artículos indispensables sin necesidad de pagarlos hasta que concluía la viajada y el obrero cobraba sus jornales.

Y en casos de enfermedad o de falta de trabajo, cuando el espectro de la miseria cerníase sobre el hogar del pobre, éste encontraba su ancora de salvación en la magnánima tendera de la especería que le facilitaba todo lo necesario para que no se muriese de hambre, sin pensar en el tiempo que duraría la deuda.

En justa correspondencia a este noble y generoso proceder, ningún parroquiano dejaba de saldar sus cuentas y, aunque de ordinario, ni vendedora ni comprador estaban muy fuertes en la ciencia de los números, las liquidaciones se efectuaban con tanta exactitud como si las realizara el más consumado maestro de partida doble.

Antiguamente era extraordinario el número de especerías y estaban diseminadas por toda la población, abundando especialmente en los barrios populares. Hace medio siglo empezaron a disminuir a consecuencia de la aparicion de los modernos almacenes llamados de coloniales y ultramarinos, el primero de los cuales fué establecido en la calle del Ayuntamiento por don Antonio Carrasco.

Hoy aún quedan en la parte baja de la ciudad algunas especerías que conservan su sello típico, su carácter primitivo y continúan siendo, como antaño, la despensa del pobre.

Diciembre, 1924.