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Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis |
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Revisión actual - 20:12 24 ago 2026
Un Verdadero Cordobés es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Celebrábase la novena que la Hermandad de Nuestra Señora de Linares dedica anualmente a la excelsa Conquistadora de Córdoba, en su poético santuario de la Sierra.
Yo le conocía de nombre y por su fama de orador sagrado, pero no personalmente; él me conocía sólo por mis escritos. Un amigo de ambos nos presentó mutuamente y, después de las frases de cortesía propias de estos casos, él me dijo: celebro que haya venido hoy a estos cultos porque usted es un cordobés de verdad, como yo lo soy, y va a oirme un sermón puramente cordobés.
Poco después de haber sostenido tal conversación aquel sacerdote subió a la cátedra sagrada y empezó su oración recordando unos versos del poeta don Julio Eguilaz, dedicados a la Virgen de Linares; el terceto final de un soneto que dice así:
"Y exclamo cual amante peregrino:
¿quién sabe si será, dulce Linares,
el no volverte a ver mi triste sino!"
Luego, basándose en la anterior estrofa, el orador, que hacia poco tiempo que había regresado a su tierra natal tras larga ausencia, dedicó un himno verdaderamente grandioso, a la Conquistadora de Córdoba y a esta ciudad invicta, expresando de tal modo el cariño que les profesaba, ensalzándolas con tal elocuencia, poniendo tanto fuego en sus palabras, tal expresión de sus sentimientos, que logró transmitir sus entusiasmos al auditorio. Este, a pesar de lo respetable del lugar, prorrumpió muchas veces en murmullos de asentimiento y hasta hubo una mujer del pueblo que interrumpió aquel grandioso canto de alabanzas con un grito involuntario nacido en el fondo de su alma: con un ¡viva la Virgen de Linares y viva el predicador!
Terminada la fiesta, después de recibir el sacerdote las felicitaciones entusiastas de cuantas personas le habían oído, él y yo nos alejamos de la bulla reinante en los alrededores del santuario y decidimos subir hasta la cima del altísimo cerro donde, según la historia, el Santo Rey clavó su bandera cuando vino a conquistar la Corte del Califato.
Muy lentamente emprendimos la ascensión,que ni uno ni otro gozábamos de la salud necesaria para estos ejercicios y cansados, jadeantes, faltos de respiración, llegamos a la cumbre.
En el instante de detenernos en la piedra más elevada y dirigir la vista en nuestro alrededor pareciónos sentir algo así como la brusca sacudida originada por una corriente eléctrica y luego, súbitamente, desapareció el cansancio; aquel viento purísimo, cargado de aromas, penetró en nuestros pulmones; aquel sol esplendente iluminó nuestros cerebros y creímos que todas nuestras facultades, todos nuestros sentidos se desarrollaban extraordinariamente para admirar y comprender mejor el cuadro que ante nuestros ojos aparecía.
Una impresión de júbilo infinito, de entusiasmo sin límites, adquirió el rostro de mi acompañante y surgió de nuevo su verbo cálido, lleno de arrebatadora elocuencia, para entonar otro himno a Córdoba, tan hermoso como el que había elevado ante la Virgen.
Allí está, decía, mi Córdoba idolatrada, a la que durante mi larga peregrinación por el mundo consagré todos mis recuerdos; por la que sufrí nostalgias terribles; la madre cariñosa que meció mi cuna; el amor de todos mis amores.
Allí está, con la grandeza y majestad que le dieron los siglos; no es una ciudad muerta como pretenden algunos; es una ciudad dormida al arrullo de sus auras y de su río, que guarda sus esplendores y sus riquezas de otros tiempos; que huye de la farsa de las ciudades modernas y se abisma en los recuerdos de las pasadas centurias; que tiene hijos que le profesan un amor inmenso y por ese amor, para aumentar los timbres de su madre, llegan al pináculo de la gloria como sabios, como héroes, como santos o como artistas.
Esa es mi Córdoba; bendita una y mil veces y bendita la Virgen de Linares, que ha escuchado mis fervientes súplicas, devolviéndome al seno de la ciudad natal para que cubra mis restos con su tierra bendita.
No recuerdo las horas que permanecimos en el cerro de n Fernando, él , haciendo un panegírico maravilloso de Córdoba, yo escuchándole extasiado.
Cuando descendimos el sol enviaba su último beso de luz al monte.
Llegó el momento de emprender el regreso a la urbe y el sacerdote se despidió de mí diciendo: ¡buen día hemos pasado! Ha sido un día verdaderamente cordobés.
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Aquella palabra elocuente no volverá a resonar en las naves del templo; aquel devoto de la Virgen de Linares no podrá elevarle ya fervientes oraciones; aquel cordobés poeta no entonará más himnos a la tierra idolatrada, que le ha concedido la merced de guardar sus despojos.
Aquel verdadero cordobés murió no hace muchos días: era don Francisco Duarte Sahagún, arcipreste de nuestra Catedral.
Abril, 1917.
