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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026
El Tearo Principal es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Las personas que peinan canas recordarán, sin duda, con satisfacción, aquel teatro pequeñito, elegante, en el que nuestros abuelos y nuestros padres pasaron horas de solaz, ya escuchando conciertos, óperas y zarzuelas, ya viendo comedias y dramas, ya presenciando otros espectáculos más agradables y recreativos que las modernas funciones de cinematógrafo y de las mal llamadas variedades, puesto que resultan de una insoportable monotonía.
Puede decirse que el Teatro Principal fue el primero de Córdoba, pues antes que el sólo hubo un corralón destinado a las representaciones teatrales en la calle que, por este motivo, llamóse hasta hace poco tiempo de las Comedias, corralón en el que luego se construyó la Cárcel y donde actualmente se halla la fábrica de cera de la Catedral.
Autorizadas por el Rey en el año 1799 las representaciones teatrales en Córdoba, que habían sido suspendidas como consecuencia de las predicaciones del Beato Francisco de Posadas, en 1810 don Casimiro Cabo Montero levantó el Teatro Principal en los solares correspondientes a cinco casas de vecinos situadas en la calle de Ambrosio de Morales, las cuales fueron demolidas por hallarse ruinosas.
El nuevo teatro, llamado Cómico en sus primeros tiempos, era de madera y lienzo y de dimensiones tan pequeñas, que sólo unas trescientas personas se podían instalar en él con desahogo.
Los palcos, en número muy reducido, ostentaban en lugar de columnas y para hacer sus veces, robustos palos de castaño, envueltos en una especie de funda o caja de madera, como las que hoy se hacen para preservar el tronco de los árboles pequeños de golpes y heridas.
Sus antepechos de lienzo pintado tenían una altura descomunal, así es que sentada una persona en el interior, sólo la cabeza sobresalía por encima de aquella molesta barrera.
No había butacas, sino bancos más incómodos aún que los asientos de paraíso .
Lo único bueno en aquel modesto local era el telón llamado de boca , verdadera obra de arte, que se conservó hasta la destrucción del teatro por un incendio.
Fué obra del pintor Contreras y simulaba dos grandes pabellones de terciopelo rojo, graciosamente recogidos con abrazaderas y cordones dorados.
En el fondo destacábase una cortina de raso blanco, rematada en la parle inferior por seis medallones azules, en cuyo centro se leían los nombres de otros tantos escritores clásicos.
Hacia el año 1850 dícese que se incendió una parte del escenario, pero nosotros no hemos podido comprobar tal noticia.
En 1814 fui clausurado el teatro a que nos referimos por orden del Gobierno; en 1819 autorizó su reapertura el Supremo Consejo de Castilla; en 1821 se volvió a cerrar por cuestiones políticas y en 1831 abrióse otra vez sólo para celebrar conciertos y funciones de ópera primeramente y después para representar comedias.
En 1874 don Manuel García Lovera compró el Teatro Cómico a su propietario don Juan Bonel, con el propósito, al poco tiempo realizado, no ya de reformarlo, sino de aprovechar aquel terreno para edificar en él un teatro mis sólido y en mejores condiciones que el antiguo.
Inmediatamente principiaron las obras dirigidas por los arquitectos don Amadeo Rodríguez v don Angel María Castiñeira.
Aumentáronse considerablemente las dimensiones del Coliseo. y se levantó un escenario que en pequeño reunía los departamentos precisos, tales como local para almacenes de decorado de mobiliario, archivo y cuartos de vestir.
Dióse una respetable elevación a la sala para que los
tres pisos de que constaba estuviesen ventilados y ofrecieran buen aspecto.
Se construyeron cuarenta y seis palcos y plateas, más dos de luto en el interior del proscenio, decorados convenientemente con papel granate y oro y cerrados con artísticas barandillas de hierro.
En el tercer piso hallábanse en primer término las butacas de anfiteatro, en número de sesenta y a los lados de ellas ochenta delanteras de paraíso.
Exceptuando la gradería de éste, hecha de madera, en todo lo restante se empleó sólo el hierro y la obra de fábrica.
Las butacas del patio, cuyo número ascendía a doscientas ochenta y seis, más que tales eran sillas de rejuela con brazos.
El área total del teatro tenía ciento treinta metros y en él podían acomodarse mil quinientas personas.
Iluminaban todo el edificio doscientos veintidós focos de gas.
De los trabajos pictóricos se encargó don José Serrano Bermúdez, que salió de su empresa airosamente, recibiendo muchos elogios por el decorado del techo, obra de exquisito gusto.
El mismo retocó el telón de boca, si bien, en honor de la verdad sea dicho, con poco acierto.
Las decoraciones hízolas don José Rodríguez Losada Santisteban. El número de las pintadas entonces lo aumentó en el año 1891 el señor García Lovera con veintiocho compradas a la compañía cómico-lírica de los señores Vega y Berros.
Después de la fecha de su reconstrucción el Teatro Cómico, al que se sustituyó su primitivo título por el de Principal, fué objeto de algunas reformas, siendo la más importante la efectuada en 1887 para que en él pudieran celebrarse funciones por horas.
Entonces se ampliaron las puertas de salida, abriendo una a la calle de la Feria, hoy de San Fernando, y se proveyó de bombas y depósitos de agua para casos de incendio.
Además convirtióse el vestíbulo en salón de espera para el público, rodeándolo de asientos iguales a las butacas.
Lo único que permanecía en el mismo estado que el año 1810 era la fachada, pobre y raquítica, con sus escuetos muros sólo horadados por pequeñas claraboyas y por las dos puertas a la calle de Ambrosio de Morales, más propias de un mesón que de un teatro.
¡Quien había de decir que ellas servían de entrada al templo del Arte!
Por el escenario del Teatro Principal desfiló la mayoría de los actores y cantantes más notables de su época y en él se efectuaron espectáculos muy diversos.
En sus tiempos primitivos, cuando se llamaba Teatro Cómico, a causa de la campaña emprendida contra las representaciones de comedias por el Beato Francisco de Posadas y varios Prelados de esta Diócesis, más que dichas representaciones celebrábanse conciertos en los que tomaban parte artistas y aficionados cordobeses y funciones de ópera y de volatines o de títeres, como generalmente se las llama, espectáculo al que entonces era muy aficionado el público.
Realizadas en el Teatro Principal por su propietario don Manuel García Lovera las importantes reformas que ya hemos consignado, en 1879 lo inauguró una compañía de zarzuela dirigida por don Isidoro Pastor, la cual actuó una larga temporada, resarciéndose de las pérdidas que sufriera, por haber tenido que aguardar bastante tiempo en Córdoba a que concluyesen los trabajos mencionados.
Posteriormente fueron innumerables las de todos los géneros, buenas y malas que en él celebraron funciones, algunas con gran aplauso del público.
Los insignes actores dramáticos don José Valero, don Rafael Calvo, don Antonio Vico, don Pedro Delgado, don José Mata y don Victorino Tamayo y Baus, en más de una ocasión presentáronse en aquel escenario y el último especialmente muchos años pasaba el invierno en el Teatro Principal con un modesto cuadro cómico-dramático.
También recordamos varias compañías de ópera italiana y opereta, que allí oímos, y no hemos de pasar sin especial mención una de las primeras, en que figuraban notabilidades artísticas como el renombrado tenor Fachi.
En 1887, después de ponerlo en condiciones para ello, inauguró en este teatro los espectáculos por horas, ya en boga en Madrid, el conocido actor don Pedro Ruiz de Arana, que por espacio de tres meses consecutivos hizo las delicias del público de Córdoba dándole a conocer todo el repertorio moderno y cuantas zarzuelas chicas se estrenaban con éxito en la Corte.
El estrenó en nuestra capital la popular revista titulada La Gran Vía , poniéndola en escena cincuenta y cuatro noches.
En vista del satisfactorio resultado de esta clase de funciones, el señor García Lovera se decidió a contratar compañías de zarzuela ligera, que casi sin interrupción actuaron, con beneplácito general.
De ellas recordamos las de Barrilaro, Espantaleón, Ventura de la Vega, Vega y Berros, Cerbón y Ruiloa.
Hasta el mismo Tamayo, la última vez que estuvo entre nosotros, dividía en secciones sus interminables espectáculos, y es seguro que de ello no se arrepintió.
Alternando con las compañías cómicas, líricas y dramáticas, vimos las gimnásticas y ecuestres de don Eduardo Díaz, Rizzarelli, excéntricos chinos y otras. La hermosa velocipedista madame Filomena hizo en el proscenio de este teatro arriesgados ejercicios y miss Zahara démostró su inconcebible agilidad en los trabajos del trapecio.
Los ilusionistas y prestidigitadores Limiñana, Foc, Vergara y algunos más, efectuaron sesiones de magia muy entretenidas. También escuchamos en ese coliseo a celebres músicos, tales como las señoras Ferni, la Sociedad, de conciertos de Madrid dirigida por Arche, la estudiantina El Fígaro y los excéntricos que se titulaban Negros Bemoles .
La sociedad lírico-dramática Duque de Rivas , constituida por algunos aficionados de Córdoba, nos ofreció en él deliciosas veladas y, por último, la de Fernández Ruano , análoga a la anterior, celebró otras, una dedicada a honrar la memoria del insigne poeta cuyo nombre ostentaba, en la que se representaron dos comedias y leyeron versos, ante el retrato del eximio vate, don Rafael Vaquero Jiménez, don Julio Valdelomar y el autor de estas líneas.
La relación de las obras estrenadas en el Teatro Principal es muy breve, pues por desgracia aquí tiene pocos cultivadores la literatura dramática.
Figura, en primer término, el drama en tres actos y en verso, original de don Antonio Alcalde Valladares, Los hermanos Bañuelos , y le siguen la comedia en uno Por un pañuelo , de don Miguel José Ruiz; Piel de loba , de don Ventura Reyes Conradi; A 2, de don Ramón Alfonso Candelas, y ¡Mentira! , de don Miguel Gómez Quintero, amén de otras dos del actor cómico señor Carbacho, cuyos títulos no recordamos, todas las cuales obtuvieron buen éxito.
En el año 1887 ocurrió un incidente que pudo tener consecuencias desagradables.
Representaba Ruiz de Arana el drama Deuda de sangre y en una de las escenas más interesantes se desprendió de los bastidores la campana de una chimenea, que era de madera y lienzo, yendo a caer sobre la señora Mavillar, esposa de dicho actor, sin que por fortuna sufriera más que un gran susto al verse inesperadamente cubierta por aquel enorme cubilete .
Otro suceso, de distinta índole, fué el error padecido por la primera autoridad de la provincia, don Antonio Castañón y Faes, que, juzgando cierta la riña simulada entre los cómicos que se sitúan en un palco y los de la escena, en la zarzuela A tí suspiramos , mandó detener a aquéllos al notar que se disponían a hacer uso de las navajas.
Esta inocente equivocación fué muy comentada entonces, como es de suponer, y de ella sacaron gran partido los periódicos locales.
Este teatro representó importante papel en la historia literaria de Córdoba. En él se celebraron varios Juegos Florales, cuando los inició don Javier Valdelomar y Pineda, varón de Fuente de Quinto.
Para aquellos solemnes festivales, imitados hoy con poco acierto, se trasformaba el antiguo coliseo en delicioso jardín, en improvisado paraíso, del que eran reinas la hermosura y la poesía.
Adornábase el escenario con guirnaldas de flores y en el centro se alzaba la tribuna, rodeada de flores también, que había de ocupar la presidencia, compuesta de una distinguida señora y dos bellas señoritas.
A sus lados situábanse las autoridades, representantes de corporaciones y los individuos que constituían el jurado.
En tales actos no se utilizaban más localidades que los palcos, plateas y butacas del patio, anulándose las de anfiteatro y paraíso.
A la derecha del proscenio destinábase lugar preferente para los poetas laureados, que subían a aquel por la escalinata puesta en el sitio donde se hallaba la concha del apuntador.
En el Teatro Principal ofrecieron por aquella época, 1869, las primicias de su ingenio, vates insignes como Fernández Ruano, Alcalde Valladares y otros, que más tarde habían de ser legitimas glorias del Parnaso.
Don Manuel García Lovera, complaciente siempre con quienes solicitaban algo de él, puso en muchas ocasiones este coliseo a disposición de sociedades, gremios y políticos, para que en él celebraran banquetes, elecciones y reuniones públicas.
De ellos los más importantes fueron una comida con que el partido liberal obsequió a don Antonio Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo y una velada en que el elocuente filósofo y tribuno don Nicolás Salmerón expuso sus doctrinas.
En los primitivos tiempos de este teatro toda la buena sociedad cordobesa reuníase allí, dispensando excelente acogida a cuantos espectáculos se anunciaban.
Sobresalió por su brillantez la función de gala celebrada en honor de Muley-el-Abbas, hermano del Sultán de Marruecos, cuando visitó a Córdoba a raiz de la terminación de la guerra de Africa del ano 1859.
En dicha fiesta toda la aristocracia se dió cita en el mencionado coliseo, que presentaba un golpe de vista deslumbrador.
Al ser construido el Gran Teatro empezaron a mostrar su predilección por él las clases más elevadas de la Sociedad, retrayéndose de asistir al Principal, al que continuaron otorgando sus favores la clase media y el pueblo.
En el año 1887, con motivo de la implantación de las funciones por horas, acabó de democratizarse el coliseo a que nos referimos.
Sin embargo no renunciaron a las fiestas del Teatro Principal determinadas personas; al lado del modesto obrero veíase al hombre de ciencia, al rico propietario, realizando así la igualdad de clases sociales.
Había familias abonadas constantemente a ciertas localidades; una que tenía comunicación directa con un palco desde su casa y varias a las que interesaban de tal modo las artistas que dieron lugar a bromas y epigramas y a que se aplicasen graciosos calificativos a sus proscenios.
La platea de don Manuel , como los amigos llamábamos a la del señor García Lovera, convertíase en refugio de periodistas y admiradores de las actrices, a todos los cuales colmaba de atenciones el propietario del coliseo, haciendo los honores de la casa con exquisita finura.
¡Cómo echamos de menos durante mucho tiempo sus agradables tertulias en las noches de invierno, en que íbamos allí para matar el hastío, ya aplaudiendo espectáculos dignos de este honor, ya sosteniendo animadas conversaciones, ya evocando, en fin, recuerdos de la niñez, de aquella edad venturosa, en que celebrábamos con gozo infantil frases, gestos y escenas que por regla general no entendíamos!
En los primitivos tiempos del Teatro Principal ocurrió en él un incidente curioso, muy distinto de los que ya hemos consignado.
En aquélla época en todos los teatros se imponía la separación de sexos en el piso conocido entonces por cazuela y hoy denominado paraíso; generalmente el lado derecho se destinaba a las mujeres y el izquierdo a los hombres.
Una noche se presentó en el teatro a que nos referimos, para presenciar una fnnción [sic], el jurado don Francisco de Vilches, acompañado de una hija suya.
Pretendió aquél, para no separarse de su hija, ocupar un asiento en el departamento de las mujeres; impidióselo la acomodadora, obligándole a marcharse a otra localidad pero a los pocos instantes, volvió Vilches y, so pretexto de que formaba parte de la Junta de Teatros, se situó en el lugar que no le correspondía, enmedio de las generales protestas.
El hecho fué denunciado al Concejo municipal, que instruyó expediente al jurado, condenándole a algunos meses de reclusión y, en el caso de que la quebrantara, al pago de quinientos ducados de multa.
Don Francisco Vilches, para vengarse de la acomodadora que se opuso a que aquél penetrara donde no debía estar, acusó a aquélla de ciertas faltas, consistentes en exigir a las mujeres que asistían al teatro, por guardarles sus sillas, no sólo dinero, sino objetos como agujetas y mitones y hasta comestibles.
Demostrada la falsedad de tal acusación, el señor Vilches fué expulsado de la Junta de Teatros.
Varias veces las religiosas del convento del Corpus Christi formularon quejas contra la autorización de representaciones teatrales en un lugar muy próximo a aquel santo retiro de las siervas de Dios.
En una ocasión el marqués de la Puebla presentó al Concejo municipal un extenso y bien escrito documento firmado por la superiora del monasterio antedicho, en solicitud de que se ordenara la clausura del teatro.
Muchos eran los motivos que aducían para justificar la petición y entre ellos figuraban los siguientes: que a veces oíase desde el claustro las relaciones de los comediantes y el taconeo de las bailarinas que distraían a las religiosas de sus oraciones; que muchos hombres de los que iban a las representaciones aguardaban a que se abriese el teatro en la puerta del convento, molestando con frases incorrectas y hasta ofensivas a las mujeres que visitaban el templo; que en las inmediaciones de éste se promovían, con frecuencia, escándalos, al salir el público de los espectáculos, profiriéndose frases obscenas y blasfemias horribles y que muchas mujeres de vida licenciosa aguardaban en el patio del monasterio y hasta en el interior del templo a los hombres con quienes estaban citadas para que las convidasen a las funciones del teatro.
La solicitud aludida fue objeto de una larga discusión en el Cabildo municipal que, accediendo a los deseos de las religiosas, acordó prohibir las representaciones teatrales.
Esta prohibición apenas duró un año, transcurrido el cual reanudáronse los espectáculos con gran disgusto de las monjas.
Antes de la fecha de la construcción de este teatro, en los solares donde fué levantado representáronse comedias, durante el último tercio del siglo XVIII y los primeros años del XIX.
Tales representaciones suspendiéronse varias veces, ya en virtud de prohibición de la superioridad, ya con motivo de epidemias.
En la noche del 17 de Julio de 1892 un terrible incendio destruyó el Teatro Principal.
El siniestro debió ser ocasionado por un descuido de los artistas que trabajaban en el Teatro de Variedades, instalado en el solar del paseo del Gran Capitán en que hoy se halla el Salón Ramírez y ensayaban, durante el día, en el viejo coliseo de la calle de Ambrosio de Morales.
El pábilo de una vela o una punta de cigarro arrojada al suelo sin apagar comenzó a requemar las maderas del escenario, el fuego prendió a los telones levantando llamas y, en pocos momentos, el edificio quedó convertido en una enorme hoguera.
Terribles lenguas de fuego lamían los muros del convento de Corpus Christi, impidiendo aproximarse al teatro y el resplandor de las llamas iluminaba gran parte de la población.
Las personas que acudieron a prestar auxilio en los primeros instantes lograron sacar varias filas de butacas del patio, las más próximas a la puerta, que fue lo único que se salvó del siniestro.
Esas butacas aún se conservan en el Teatro Circo del Gran Capitán.
Don Manuel García Lovera en unión del autor de estas líneas, presenció la destrucción del teatro, objeto de todas sus predilecciones, desde la azotea de una casa de la calle de San Fernando. Visto desde allí semejaba el cráter de un volcán en ignición.
La desaparición del popular coliseo produjo general disgustos a los cordobeses que perdieron, con él, uno de los lugares de reunión y de recreo más agradables de nuestra ciudad.
El señor García Lovera no lo pudo reconstruir por impedírselo las modernas disposiciones en virtud de las cuales los teatros deben estar aislados de toda clase de edificios.
Por este motivo en el solar que aquel ocupaba levantó una hermosa casa con un amplio local para almacenes, que es la número 9 de la calle de Ambrosio de Morales.
Tales son los datos que hemos podido adquirir relativos a la historia de aquel teatrito pequeño, elegante, coquetón, en el que nuestros abuelos y nuestros padres pasaron horas de solaz y esparcimiento presenciando espectáculos tan agradables como cultos.
Diciembre, 1922
