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Diferencia entre revisiones de «La Fonda Suiza (Notas cordobesas)»

De Cordobapedia
Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis
 
Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas
 
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Revisión actual - 20:13 24 ago 2026


La Fonda Suiza es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En virtud de una resolución del Ayuntamiento ya ha comenzado la demolición de parte del hermoso edificio en que se hallaban la Fonda y el Café Suizos, para abrir una calle que comunique en línea recta las del Conde de Gondomar y de Claudio Marcelo.

Con este motivo creemos oportuno, por constituir una nota de actualidad, no tratar de los mayores o menores beneficios que ha de proporcionarnos tal reforma, ampliamente discutida, sino dedicar una crónica retrospectiva al edificio mencionado, que no deja de tener interés para la historia cordobesa.

En la antigüedad los Comendadores de la Orden de Calatrava construyeron allí su convento, tan amplio, que ocupaba todo el espacio comprendido desde la terminación de la calle de la Plata, hoy de Victoriano Rivera, hasta el palacio de los marqueses de Valdeflores, en la de Jesús y María y el trozo de la del Paraíso, ahora del Duque de Hornachuelos, no abierto entonces, que hay entre la plaza de Cánovas y la calle de Juan de Mena.

Al desaparecer dicho convento se efectuó la apertura de la vía que acabamos de mencionar y algunos particulares construyeron casas en terrenos del mismo, quedando un amplio solar en la plaza de las Tendillas, entonces llamada de la Encomienda, por haber tenido allí su residencia, según dejamos indicado, los Comendadores de la Orden de Calatrava.

En los muros del referido solar había un retablo de mármol con un Ecce Homo muy venerado por las personas devotas, que desapareció en el año 1841.

Tres industriales suizos, los hermanos don Nicolás, don Fester y don Ambrosio Putzi, que consiguieron reunir en Córdoba una fortuna merced a la perseverancia en el trabajo, concibieron la idea de establecer una fonda en condiciones de competir con las mejores de España y, a fin de realizar tal propósito, compraron el solar antedicho, comenzando en el año 1860 la construcción del edificio, que terminó en el 1870.

Utilizóse en las obras gran parte de los materiales del primitivo convento, al que pertenecían las esbeltas columnas que hay en el patio de la fonda, cuyos artísticos capiteles ostentan la siguiente inscripción en caracteres árabes, traducida por el ilustre orientalista señor Gallangos:

“En el nombre de Ala: la bendición de parte de Alá sea sobre el príncipe de los creyentes: alargue Ala su permanencia en la tierra. Ab de Rahman ben Mohamed. Esto es de lo que mandó labrar por manos de Xenil su page, hizo esto Fatah el marmolista”.

Nada se escatimó para que la nueva casa de viajeros fuera verdaderamente suntuosa; dotósela de amplias habitaciones con elevados techos, de extensas galerías, de hermosas escaleras de mármol, de un comedor magnífico, de todo cuanto pudiera apetecer entonces el forastero más exigente. Aún en nuestros días, si se la hubiese dotado de cuartos para baños y de un sistema de calefacción moderno, habría podido competir con los hoteles de primer orden.

Los señores Putzi no edificaron en todo el solar; dejaron un corralón en la parte correspondiente a la plaza de las Tendillas, con la que se comunicaba por una puerta de grandes dimensiones, solar disponible para ampliar la fonda en caso necesario.

Mientras se construía aquella, sus dueños establecieron otra provisional en una casa de la calle de Diego León y allí se hospedó, en el año 1861, Muley el Abbas, hermano, del Sultán de Marruecos, que vino a España, con una embajada extraordinaria, a la terminación de la guerra de Africa, narrada maravillosamente por el insigne literato Pedro Antonio de Alarcón.

Algunos individuos del personal de la Embajada plantaron unas palmeras en el lugar destinado al patio del Hotel Suizo en construcción y aquellas palmeras fueron trasladadas, bastantes años después, a la plaza del Corazón de María, donde se hallan.

Por la fonda en que nos ocupamos han desfilado personas de estirpe real, embajadas de diversas naciones, caravanas de excursionistas extranjeros, comisiones científicas, artistas insignes, sabios eminentes, escritores de fama, políticos ilustres, militares bizarros.

En ella se hospedaron la Infanta Isabel de Borbón, la Princesa Beatriz de Battemberg, el Rey Leopoldo de Bélgica.

En su comedor celebróse multitud de banquetes en honor de personalidades sobresalientes de todas las esferas.

Los señores Putzi acostumbraban a obsequiar, en su magnífica hospedería, con una espléndica [sic] comida, a los periodistas, el primer día de cada año.

Ante los muros del solar de la Encomienda, contiguo a la Fonda, establecían su parada muchos de los gallegos que se dedicaban a mozos de cordel, y allí, luchando a brazo partido o golpeándose con los cordeles para entrar en reacción en el Invierno o dormitando sentados en la gradilla de la enorme puerta en el Verano, aguardaban a que alguien les avisase para hacer un porte o que les llamara el dueño del aguaducho situado en el rincón en que se halla la fuente, con el objeto de ocuparles en la tarea de machacar, en el pesado mortero de madera, las almendras para los refrescos.

Durante la tarde y las primeras horas de la noche también sentaban sus reales en aquel lugar, por ser uno de los de mayor tránsito de la población, los ciegos que cantaban al compás de la guitarra, los vendedores de romances y relaciones espeluznantes, los sacamoleros y demás vividores por el estilo, que forman una legión original y pintoresca.

En el año 1908 los hijos de don Fester Putzi, continuadores del negocio desarrollado por su padre y sus tíos don Nicolás y don Ambrosio, edificaron en el solar de la Encomienda, no para ampliar la Fonda, sino para instalar allí la confitería, el café y el restaurant que poseían en la calle de Ambrosio de Morales.

Los nuevos establecimientos, que fueron inaugurados en 1911, no tenían el carácter especial, el sello típico de los antiguos; erau [sic] análogos a cuantos hay de su clase en las poblaciones modernas.

En el café notábase la falta de las reuniones de cazadores de perdiz y jugadores de damas que había en el Café Suizo Viejo y de libradores y toreros famosos del Café Suizo Nuevo; en el escaparate de la confitería los muchachos echaban de menos el enorme fanal lleno de preciosas figuritas y los contrabandistas y bandoleras de patillas de boca de hacha, con la manta al hombro y el trabuco al brazo; ni siquiera en las puertas del restaurant veíamos con tanta frecuencia como en las del primitivo al popular cocinero Bruzo, con su chaqueta, su gorra y su delantal de blancura inmaculada

El restaurant Suizo de la plaza de Cánovas duró poco tiempo; en él celebróse un banquete en honor del insigne poeta Francisco Villaespesa cuando vino a asistir al estreno de su drama El Alcázar de las Perlas , representado en el Gran Teatro por la compañía de María Guerrero, y fué obsequiado con otra comida el ilustre literato Marcos R. Blanco Belmonte, al venir a Córdoba, después de larga ausencia, para actuar de mantenedor en unos Juegos Florales, pero como de ordinario era muy escaso el número de concurrentes a dicho establecimiento, desapareció pronto y el local que ocupaba destinóse a sala de billar.

Algunos años más tarde, fonda, café y confitería dejaban de pertenecer a don Tomás y don Ambrosio Putzi, sucesores de aquellos industriales suizos, tan inteligentes como laboriosos, que dotaron a nuestra ciudad de establecimientos dignos de ella.

Hoy gran parte del hermoso edificio llamado vulgarmente del Suizo cae al rudo golpe de la piqueta, cuya obra, aunque el progreso la inspire, no deja de ser lamentable, porque siempre destruye algo típico, algo tradicional, que tiene el encanto del pasado y evoca en nosotros gratos recuerdos de otros días; los días venturosos de la infancia, llena de alegría, y de la juventud, pletórica de ilusiones.

Marzo, 1924.