Los Plateros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Desde tiempos remotos han sido los artífices más renombrados de Córdoba, y sus trabajos obtuvieron justa fama y gran predilección en el mercado hasta que se inició la decadencia injusta de nuestra incomparable orfebrería.
Y los plateros cordobeses gozaban de privilegios y honores, según consta en las Ordenanzas de la Hermandad de San Eloy, constituida por aquellos á principios del siglo XVI.
No hemos de tratar aquí de la historia de la platería cordobesa, ni de sus vicisitudes, ni de las obras más notables construidas en esta capital, porque no encaja en la índole de estas Notas y además porque casi todos los datos que pudiéramos recopilar están contenidos en la monografía titulada "Estudio sobre la historia de la orfebrería en Córdoba" que figura en el tomo CVII de la "Colección de documentos inéditos para la historia de España" publicada por el Marqués de la Fuensanta del Valle y en un trabajo nominado "Historia de la platería cordobesa, causas de su decadencia y medios por los cuales pudiera recuperar su anterior importancia", premiado en el certamen organizado por el periódico local La Unión, en el año 1894, producciones ambas del erudito escritor don Rafael Ramírez de Arellano.
Nos proponemos, sólo, recoger algunas impresiones relacionadas con los descendientes del famoso Juan Ruiz, el Vandalino.
Casi todos los plateros, al final del periodo del apogeo de su arte, vivían en el barrio de San Francisco; en las habitaciones de los pisos bajos y en los portales de las casas situadas en las calles de la Feria, de la Sillería, de San Francisco, de Armas y de San Eulogio veíase á dichos artífices, en sus bancos, dedicados á las múltiples tareas de la profesión.
Y también había en las citadas calles establecimientos destinados á la venta de la obra de platería, en cuyos escaparates exhibíanse primorosos caprichos de filigrana, labor en la que nadie aventajó á los cordobeses; bellísimos esmaltes que hoy no es posible presentar, porque se desconoce el modo de hacerlos; objetos para el culto cincelados prodigiosamente; bandejas repujadas de gran merito y múltiples joyas femeninas, de plata si ostentaban pedrería, porque esta, antiguamente, no se montaba en alhajas de oro.
Como en casi todos los oficios, cada platero dedicábase á un trabajo especial.
Había batidores de plata que confeccionaban, á golpes de mazo, los cubiertos; laminadores de oro que envolvían las monedas en un redaño ó un pedazo de cuero, y por
igual procedimiento que los batidores, las convertían en finísimas hojas para dorar; clavadores; cinceladores; grabadores; artistas dedicados al esmalte y á la filigrana; unos á la obra de lujo y otros á la de batalla, al genero barato, á los zarcillos y sortijas para el pueblo.
Muchas mujeres ejercían el oficio de pulidoras y últimamente había los encargados de la escobilla, ó sea de recoger las barreduras de los talleres, que iban á parar á los crisoles para separar de ellas los restos de oro y plata que contenían.
Pueden considerarse como hijuelas de este arte el de dorar á fuego y la confección de estuches para las alhajas, en que también sobresalieron muchos cordobeses.
Entre los cinceladores y grabadores contemporáneos más notables de nuestra ciudad figuraron dos, ya fallecidos, que no dejaremos de mencionar: don José Heyer y don Joaquín Blanco López.
Y ya que hemos hablado de los individuos que recogían la escobilla, también citaremos á uno, el celebre Fermín, á quien pudiera llamarse precursor de los aviadores.
Este humilde trabajador inventó un aparato para volar, unas alas de listones y tela que se sujetaba al cuerpo y movía con los brazos.
Mientras construía el prodigioso artefacto sólo hablaba de él con su amigos y conocidos; ¡como que había de causar una revolución en el mundo de la ciencia! Cuando lo tuvo terminado invitó á varias personas para que presenciaran la prueba.
Fermín, provisto de sus alas, subióse á una pared de unos tres metros de altura; desde allí quiso levantar el vuelo, pero al lanzarse al espacio cayó pesadamente y se fracturó una pierna.
No es necesario decir que el pobre obrero abandonó por completo las elucubraciones de la ciencia para seguir dedicándose solamente á recoger la escobilla.
Numerosos plateros recorrían las ferias de casi toda España, haciendo en ellas excelentes negocios.
Provistos de buenos caballos y mulas enjaezados con lujo, que conducían en pequeñas arcas las joyas, visitaban pueblos y pueblos, siendo en todas partes acogida su presencia con júbilo.
Y la familia que tenía que ofrecer un buen regalo ó comprar las alhajas para una novia, esperaba á que llegasen los plateros de Córdoba porque ellos llevaban todo lo mejor del arte de la orfebrería; y la moza del pueblo que, á costa de sacrificios, había logrado poseer algunos ahorros, también los aguardaba anhelante, para adquirir unas arracadas muy grandes y muy relucientes, una sortija llena de piedras multicolores ó una primorosa cruz de filigrana.
Los feriantes llegaban en sus excursiones hasta Portugal donde procuraban comprar oro viejo porque tenía mejor ley que el de España.
Los antiguos plateros observaban las costumbres características de Córdoba; invariablemente iban todos los días á tomar las once al establecimiento de bebidas más próximo al taller de cada uno y celebraban los domingos con giras campestres, las cuales consiguieron fama en esta capital.
Muchos no aguardaban á las festividades para realizar estar excursiones; la terminación de un trabajo importante, el éxito de un negocio, la fiesta onomástica de uno de dichos artífices servíanles de pretexto para echar un perol, que equivalía á echar una cana al aire y divertirse de lo lindo durante algunas horas.
Hombres amantes de la cultura y deseosos de ilustrarse, iniciaron en su domicilio social de la plaza de Séneca una serie de veladas literarias verdaderamente notables.
En ellas tomaban parte los poetas de más renombre que había entonces aquí, como Fernández Ruano, García Lovera, los hermanos Valdelomar y otros.
Resulta extraño que siendo Córdoba la cuna de la platería y de los plateros más famosos no tenga una calle cuyo rótulo recuerde el arte mencionado ó perpetúe la memoria de alguno de nuestros orfebres.
Creemos que el Municipio realizaría un acto de justicia cambiando uno de esos nombres de las vías públicas que nada significan por el de Juan Ruiz el Vandalino, el discípulo predilecto de Enrique de Arfe, el primero que enseñó á tornear la plata en España y el autor de las Custodias de Jaén, Baza y de la iglesia de San Pablo, de Sevilla, la primera de las cuales es una joya de inestimable valor artístico.
Hoy la platería cordobesa está en un período de decadencia lamentable porque se le ha sobrepuesto la plateria alemana.
No es extraño en una época de farsa y de relumbrón en que preferimos el oropel al oro de ley.
