Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Copistas Y Plagiarios (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:12 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)


Copistas Y Plagiarios es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Córdoba, en tiempos antiguos, fué rico plantel de literatos, sobre todo de poetas, pero también lo fué de plagiarios y copistas que con descaro asombroso se apropiaban las producciones agenas.

Y algunos de estos ladrones literarios sufrieron el castigo que merecían, pues vario sacaron á s escritores les la vergüenza pública, aplicándoles los calificativos más duros.

Hace muchos años un poeta notable disponíase para efectuar un viaje á América.

Un joven, intimo amigo suyo, fué á visitarle cuando aquel seleccionaba sus trabajos, coleccionando los mejores con objeto de llevárselos y rompiendo los demás.

El visitante, al ver la operación, dijo á su amigo: no rompas esos versos, dámelos para leérselos á mi novia que es gran aficionada á la poesía.

El literato le entregó todas las composiciones inéditas que no pensaba publicar, marchóse á Puerto Rico y algunos meses después aparecía en los escaparates de las librerías de Córdoba un tomito de versos firmado por el joven de la novia amante de las letras.

Aquellos versos eran los que le entregó el poeta aludido.

Huelga añadir que el flamante autor no volvió á dar pruebas de su inspiración, pues era incapaz de escribir una aleluya.

Residía en Córdoba otro joven, bastante ilustrado, que demostraba gran afición á las letras y, al parecer, cultivaba con fortuna la poesía.

Llegó á ser indispensable en todos los actos literarios y no había fiesta ni velada de esa índole en que no tomara, parte, leyendo, muy bien, composiciones ingeniosas, inspiradas y bellas.

A la vez colaboraba en todos los periódicos de la localidad.

Pero el demonio, que se complace en el infortunio de los hombres, quiso arrojar desde la senda de la gloria á la sima del ridículo al pobre poeta y puso en manos de un veterano periodista, don Francisco de Leiva Muñoz, un tomo de versos de un autor americano apellidado Ramiro, en el que estaban, íntegras, sin variación alguna, todas las producciones leidas y publicadas aquí, como suyas, por el individuo en cuestión.

Y no necesitó más el señor Leiva.

A los pocos días empezó á aparecer en la prensa una serie de artículos titulados Armonías literarias, en los que el travieso periodista, despues de poner como digan dueñas al plagiario [sic] copiaba, á dos columnas, las poesías firmadas por este y por el señor Ramíro, para que los lectores comprobasen que eran las mismas.

Además, el descubridor del robo literario, informóse de la residencia del verdadero autor de las composiciones, se puso en comunicación con él, le dió cuenta de lo sucedido y el poeta auténtico escribió y envió á los periódicos de Córdoba un ingenioso artículo en el que relataba la vista de la causa instruida contra el plagiario en el tribunal del Olimpo, el cual condenábale á la pena de muerte.

Esta campaña obligó al falso literato á ausentarse de nuestra ciudad.

Don Francisco Leiva, pocos años antes de morir, se presentó un día en la redacción de La Lealtad y me dijo: Vengo á hacerte un encargo; yo soy ya viejo y tú estás en los comienzos de la existencia; sé que mientras yo viva, Fulano (aquí el nombre del plagiario), no se atreverá de nuevo á seguir apropiándose los versos de Ramiro, pero como pudiera hacerlo cuando se entere de que su delator ha abandonado este mundo, aquí te entrego el libro de donde copiaba para que tú continues mi obra, si es preciso.

Y en mi humilde biblioteca guardo los restos de un tomo de versos, al que faltan muchas hojas porque el fogoso orador de la República se las arrancó para no tener que copiarlas, al publicar sus Armonías Literarias famosas.

Cada vez que veo el deteriorado volúmen paréceme la espada de Damocles pendiente sobre la cabeza del plagiario.

En el folletín de un periódico que suspendió su publicación hace bastante tiempo, apareció una novela corta firmada con un nombre y un apellido franceses que servían de pseudónimo á un cordobés, novela copiada de otra de Fernández y González, en la cual figura como un cuento que narra uno de los personajes.

Otro periódico de esta capital acogió en sus columnas una poesía formada con varios versos de una de las más populares de Grilo, unidos hábilmente á otros de Julio Valdelomar.

El firmante tenía el mismo apellido que un militar, célebre por haber figurado en un movimimiento revolucionario, y alguien dijo al poeta, en letras de molde, que por un delito menos grave que el suyo estuvo á punto de ser fusilado su tocayo.

En unos juegos florales celebrados por la Sociedad Económica de Amigos del País, hubo quien presentó para optar al premio correspondiente á un tema social,el preámbulo de una ley dictada poco antes.

El autor de estas Notas, al recibir un libro de versos, halló en él un cantar que había leido en un periódico, en el que se publicó con otra firma.

Hízolo constar así, preguntando quién era el verdadero padre de la criatura, y el indivíduo [sic] que lo reprodujera en el periódico respondió que no lo podía determinar por que él y el autor del libro acostumbraban á escribir juntos.

La explicación de la coincidencia, como comprenderán los lectores, es de las que califica el vulgo de salidas de pié de banco.

Pero no resultó más satisfactorio la de otro plagiario, descubierto también por quien estas líneas escribe.

Hallábase en la redacción de El Comercio de Córdoba uno de esos colaboradores espontáneos de la prensa, molestos é insoportables; abrió una carpeta de recortes preparados para casos de apuros, cogió una poesía, leyóla en alta voz y me dijo ¿verdad que está muy bien hecha?

¿Por que no la publica usted?

-Porque la conservo -le contesté- para cuando me haga falta original con destino á la "Página literaria" de los sábados.

No hablamos una palabra más; el redactor oficioso se guardó la composición, sin que yo lo viera, y á los pocos días insertábala, suscrita por él, en otro periódico de la localidad.

Califiqué, en un articulo, al desahogado amigo como se merecía; el periodista sorprendido por aquel reprochóle su conducta, y el plagiario hizo protestas de que se trataba de una calumnia, como demostraria en un comunicado.

En efecto, lo escribió, con muy mala sintaxis y muchas faltas de ortografía, limitándose á manifestar, á vuelta de rodeos, que creía que los versos aludidos eran suyos.

El Director del diario que los publicara echó el documento al cesto y puso en la calle al desaprensivo copista.

No escarmentó este y, alguna que otra vez, siguió reproduciendo en otros periódicos cantares tomados de las hojas de los almanaques, aunque ya no firmaba con su nombre y apellidos sino con un anagrama.

Otro caso de frescura inconcebible ocurrió en una velada literaria de las que celebraba el Ateneo que hubo en el local de la calle del Paraiso, hoy Duque de Hornachuelos, donde ahora se hallan las oficinas de1 Banco Español de Crédito.

Presentóse un joven, pretendiendo tomar parte en la fiesta; acedió [sic] á sus deseos la junta directiva de la sociedad y el indivíduo [sic] en cuestión leyó, como suyo, en medio del general asombro, el poema de Campo Amor [sic] titulado El tren expreso.

Como era lógico, apenas terminó la velada el poeta fué expulsado del Ateneo.

Finalmente, en la prensa y en algunos centros de cultura se han publicado y leido trabajos de muy distinta índole, científicos, históricos y de investigación literaria, ya traducidos, ya copiados, con los cuales una persona bastante conocida pretende, á la fuerza, pasar por escritor y erudito.

Al salir de una reunión en que el sujeto aludido procedió á la lectura de un interesante estudio, varios concurrentes lo comentaban y un notable poeta, de agudo ingenio y sátira finísima, exclamó con su gracia habitual: señores, no critiquemos porque no sabemos á quien criticamos.