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Los Labradores (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Los Labradores es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Como Córdoba es una población esencialmente agrícola siempre han abundado en ella los labradores y, en tiempos ya lejanos, las familias más importantes, incluso las de la nobleza, se dedicaban a la labor pasando ésta, no ya de padres a hijos sino de generación a generación.

Ahí están, para demostrarlo, las casas de los marqueses de Villaseca, Ontiveros y Benamejí y las de Fernández, Molina, Barrionuevo, Barbero, Barbudo, Cabanás, Suárez Varela, Sisternes, Vázquez de la Torre, Ariza y otras muchas.

Algunas de ellas dedicábanse también al fomento de la ganadería y varias lograron justa fama como la de los marqueses de Benamejí por sus magníficos caballos de piel de tigre y la de Barbero por sus hermosos toros bravos.

Los labradores eran hombres sanos de cuerpo y de alma, apegados a la tradición, de morigeradas costumbres y de acendrados sentimientos católicos.

Había entre ellos figuras interesantes, tipos originalísimos, que gozaban de gran popularidad.

Uno de los más conocidos y prestigiosos en sus tiempos fue Pepito Carnerero y posteriormente Pepito Fernández, a quien podemos considerar como prototipo del labrador cordobés.

¿Qué persona que pase de los cincuenta años no le recordará con gusto, como se recuerda siempre todo lo que constituyó una nota típica en los días de nuestra juventud?

Alto, fornido, sonriente, locuaz, ingénuo, siempre se le veía rodeado de compañeros o de trabajadores campesinos, ya resolviendo cualquier duda, ya dirimiendo cualquier ligera cuestión, porque actuaba de consultor, de árbitro y de consejero entre los camaradas que le querían como a un padre y le respetaban como a una autoridad.

Este hombre tenía genialidades y ocurrencias que se comentaban con regocijo, poniendo siempre el mismo remate al comentario: cosas de Pepito Fernández.

Gustábale guardar en su casa considerables sumas de dinero, especialmente en monedas de duro, pero en vez de depositarlas en un arcón o un cofre las encerraba en corambres de las que se destinan al transporte del aceite o del vino.

Solamente le dominaba un vicio, el del tabaco; de su boca jamás se caía el puro, un enorme puro de cuatro cuartos, mucho mejor que los modernos habanos de altos precios.

En cierta ocasión tuvo que efectuar un viaje; montó en la diligencia y la suerte o la desgracia deparóle un asiento contíguo a otro ocupado por una señora.

Pepito apenas se hubo colocado bien sacó la petaca con honores de maleta por su tamaño y encendió un puro.

¡Ay! ¿pero usted fuma? exclamó haciendo un gesto de desagrado la señora aludida, y nuestro hombre le contestó con una tranquilidad pasmosa: ¿le incomoda a usted el humo? pues desde aquí a Madrid ya se irá jaciendo .

Los labradores eran gente madrugadora; antes de que naciera el día abandonaban el lecho,ya para disponer el envío al cortijo de cuanto fuera necesario; ya para contratar a los trabajadores en la plaza vulgarmente llamada de San Salvador, ya para ir a la finca.

Ningún labrador dejaba de visitar su hacienda diariamente, sobre todo en las épocas de las principales faenas agrícolas.

Vestidos con el recio chaquetón de paño burdo, los pespunteados zahones de cuero cordobés, el sombrero de anchas alas y las polainas de cordobán; montados en soberbios caballos con relucientes estribos vaqueros, allá iban a inspecciónar [sic] las labores, a comunicar instrucciones respecto al trabajo porque poseían más conocimientos prácticos de la labranza que los campesinos.

Frecuentemente deteníanse para hablar con éstos, para ofrecerles tabaco, advirtiéndose entre patronos y obreros una corriente de afecto, de simpatía, de confianza que hoy, por desgracia, ha desaparecido.

Los labradores de la nobleza tenían dependientes, llamados hacedores de campo , que se encargaban de sustituirles en tales visitas y gozaban de las mismas consideraciones e igual respeto que los amos.

Algunos de estos hombres de campo llegaban, andando el tiempo, a desenvolver una importante labor de su propiedad.

Las casas de los labradores diferenciábanse notablemente de las del resto del vecindario. Eran mucho más grandes; tenían largas fachadas con rejas y ventanucos en sus muros, abiertos sin orden ni simetría, sino atendiendo sólo a las conveniencias y necesidades del interior; amplios portalones empedrados en los que nunca faltaba un poyo de mampostería delante de las paredes laterales para que desde él se pudieran montar los arrieros en los corpulentos mulos, siendo también indispensable, sobre el portón, el pequeño cuadrito que ostentaba la imagen de San Rafael.

El labrador hacía una distinción de las dependencias de su morada; llamaba casa de labor a las destinadas a los graneros, pajares, cuadras, leñeras y depósitos de aperos y casa particular a las que le servían de habitación.

En éstas no había lujo pero sí comodidades, presidiendo siempre la modestia y la sencillez características de nuestros agricultores.

En las épocas de la recolección la casa del labrador, tranquila de ordinario, adquiría una animación inusitada; en ellas advertíase un movimiento febril. Ante sus puertas deteníanse continuamente carretas arrastradas por pesados bueyes, recias caballerías conductoras del grano, del aceite, de la paja y una legión de mozos fornidos dedicábase a trasportarlos a los respectivos depósitos, operación en que le ayudaban lo mismo el dueño que su familia, sin distinción de sexos ni edades.

Por iniciativa de Pepito Fernández los labradores adquirieron en arrendamiento una modesta casa que había en la esquina de la calle de Carnicerías y San Pablo e instalaron en ella una especie de casino, donde se reunían para cambiar impresiones sobre las faenas agrícolas y el resultado de la cosecha y para determinar los jornales que habían de abonar a los trabajadores al final de la viajada .

Allí encontrábase, invariablemente, todas las mañanas a Pepito Fernández, rodeado de compañeros, entretenidos en amena charla, a la vez que mataban el gusanillo con unas copas de aguardíente [sic].

Cuando desapareció aquel casino, que también constituía una nota cordobesa muy típica, los labradores trasladaron su reunión al Café Suizo, situado en la calle de Ambrosio de Morales.

En él se congregaban todos los días, de once a doce de la mañana, con el mismo objeto que en la modesta casa de la calle de San Pablo.

Finalmente constituyeron la actual Hermandad de Labradores que, no sólo se ocupa en la defensa de los intereses de sus asociados, sino que coopera a la realización de toda empresa beneficiosa y de toda iniciativa plausible para nuestra capital.

Como los miembros de esta Asociación no han perdido los acendrados sentimientos religiosos de que siempre hizo gala el agricultor cordobés, la Hermandad de Labradores dedica todos los años, en la iglesia del Juramento, una solemne fiesta a nuestro ínclito custodio San Rafael, al Arcángel a quien acude, en demanda de misericordia, segura de no ser desatendida, cuando los temporales, las plagas o las sequías destruyen las cosechas de nuestros fértiles campos.

Noviembre, 1919.