Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Los Indispensdables (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:12 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)


Los Indispensdables es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Con un breve intervalo establecieron su residencia en Córdoba, hace muchos años, dos hombres beneméritos.

Uno era comprovinciano nuestro y otro de una capital andaluza. Ambos poseían inteligencia privilegiada, gran cultura y una actividad prodigiosa, dotes que pusieron al servicio de esta capital.

El de mas edad estableció un centro de enseñanza importantísimo e instaló un invento de utilidad extraordinaria que entonces sólo era conocido en escaso número de poblaciones españolas.

El más joven, a la vez que al ejercicio de su carrera, dedicóse a la política y llegó a ocupar un elevado puesto.

Desde él realizó una labor laudable implantando reformas en nuestra ciudad por las que ésta le debe profunda gratitud.

También fundó un establecimiento docente que supliera, en parte, la falta de la Escuela provincial de Bellas Artes, suprimida, doloroso es confesarlo, por falta de recursos para su sostenimiento.

Además, uno y otro no rehusaban las ocasiones de pronunciar conferencias de vulgarización científica en el Ateneo y otras sociedades análogas, ni de publicar artículos en la prensa local exponiendo iniciativas provechosas, apoyando ideas plausibles, abogando por la ejecución de proyectos sumamente beneficiosos para esta capital.

Como era lógico, no había entidad, ni junta, ni asociación de que no formaran parte estos dos hombres, ni acto ni festival de cualquier índole que fuera en que no actuaran. Lo mismo se recurría a ellos para organizar una velada literaria que un baile, un certamen, un banquete o una corrida de toretes y cintas.

Con tal motivo, no pasaba día sin que en los periódicos de la localidad dejasen de aparecer, muchas veces, los hombres de las aludidas personas.

Esta notoriedad merecida llegó a molestar a algunos envidiosos e idearon un plan maquiavélico para hundir a los dos hombres a quienes debíamos profunda gratitud.

Cuando tuvieron perfectamente planteado el plan en cuestión, pusiéronlo en práctica y les ofreció el resultado apetecido.

Una noche congregaron en un sitio apartado a la mayoría de los alumnos de un popular centro de enseñanza que, como gente joven, estaba dispuesta a cometer, llena de alborozo, todo género de travesuras; les dieron instrucciones muy detalladas y, poco después, los muchachos, en grupos de tres y provistos de sendas barras de picón compuesto, marchaban en distintas direcciones, dispuestos a recorrer toda la capital, sin olvidarse de la callejuela más tortuosa.

A la mañana siguiente las fachadas de todas las casas de la población aparecieron inundadas de rótulos de gran tamaño; todos eran iguales, todos parecían hasta escritos por una misma persona. Constaban de dos líneas: la primera estaba formada por los apellidos de las personalidades a que nos venimos refiriendo, unidos por un guión, y en la segunda se leían estas dos palabras: los indispensables.

Los encargados de efectuar esta mala acción cumplieron tan perfectamente las instrucciones recibidas que desde la carrera de la Estación hasta el Campo de la Verdad no dejaron un edificio sin su correspondiente letrero y hasta tuvieron el atrevimiento de escribir algunos dentro de las Casas Consistoriales, dándose tal maña que ninguno fué sorprendido en su tarea.

Pocas horas después una verdadera legión de encaladores se dedicaba a borrar los rótulos; sin embargó, y apesar del tiempo transcurrido, aún quedan algunos en ciertos callejones contiguos a las afueras de la población.

Las víctimas de esta sangrienta broma realizaron toda clase de indagaciones para averiguar quienes fueron los autores de la misma, pero no lograron su propósito. El hecho fue objeto de todas las conversaciones y de múltiples comentarios, poco piadosos por regla general, durante algunos meses y cuando ya se iba borrando de la memoria de la generalidad de las gentes, vino a recordarlo una segunda parte de la maldita ocurrencia.

En tal época raro era el periódico que no publicaba, a diario, una cuarteta o una quintilla anunciando el jabón, de los Príncipes del Congo. Pues bien, una mañana en las puertas y los escaparates de todos los establecimientos, en las columnas de los faroles de los paseos y en otros sitios muy visibles, halláronse pegados unos pedacitos de papel, en fama de etiquetas, con los siguientes versos:

"No lo se, pero supongo

que (aquí los nombres de las personas aludidas)

se lavan con el jabón

de los Príncipes del Congo”.

La anterior cuarteta renovó las hablillas y los epigramas de los eternos murmuradores y, poco después, con las amarguras del desengaño y la ingratitud en sus almas, aquellos dos hombres beneméritos abandonaban a Córdoba, en pro de la que habían trabajado mucho más que la mayoría de sus hijos, para sólo volver a ella de paso, como forasteros, cuando por sus cargos o negocios no les era posible rehusar la visita.

11 Abril, 1920.

FELIPE VAZ

Por una sentida crónica de Diego San josé, publicada en Mundo Gráfco, he sabido una noticia que me ha impresionado tristemente: la de la muerte del notable actor Felipe Vaz, quien después de una dolorosa odisea por el mundo, ha acabado sus días, joven aún, en la cama de un hospital.

Gran parte del público de Córdoba que concurre a los teatros conservará, sin duda, el recuerdo del malogrado artista.

Pertenecía a la escuela que pudiéramos llamar romántica, de los antiguos comediantes que cantaban los versos, como Calvo, y era un enamorado ferviente de los clásicos españoles; rendía culto a Calderón, al Duque de Rivas, a Zorrilla e interpretaba sus obras mucho mejor que la mayoría de los actores que han gozado y gozan de una reputación en nuestro teatro.

En el primer coliseo de Córdoba representó de modo irreprochable La vida es sueño , el popular Tenorio y especialmente Don Alvaro o la fuerza del sino , que es, quizá, la obra de que hizo un estudio mas acabado y que le proporcionó mayores triunfos.

Pero así como al insigne Vico no se le podía oir con agrado la noche en que había poco público en el teatro, ni al gran Antonio Perrín cuando advertía que los espectadores no estaban atentos a la representación, así al pobre Vaz tampoco era posible escucharle con deleite ni apreciar sus indiscutibles méritos cuando tenia que trabajar bajo el peso de las mayores contrariedades que amargaban su vida: encontrar en su camino un tuerto; pisar inadvertidamente la unión de dos baldosas en la calle; ver un galápago o verter la sal en los manteles durante la comida.

Tales fueron los primeros signos de su desequilibrio mental; este aumentó rápidamente y al fin las sombras de la locura oscurecieron un cerebro privilegiado en el que brillaban potentes la luz de la inteligencia y los resplandores de la inspiración y del genio.

Y una enfermedad terrible, mil veces peor que la muerte, lo alejó de la escena, en la que hubiera recogido laureles envidiables y lo recluyó en ese último albergue de la desgracia, antesala de la fosa, donde todo concluye, donde nombre, fama y gloria desaparecen para convertirse en un guarismo.

Poco antes de que tuviese que abandonar el teatro le vi por última vez, preocupado, triste, macilento me habló de sus grandes infortunios, de sus dolores, del abandono y la soledad en que todo el mundo le dejaba

¿Por que no te casas? le pregunté, y me contestó sonriendo: porque el matrimonio es una comedia que hay necesidad de representar sin haberla ensayado y yo soy muy mal cómico para eso.

Esta frase en boca de un perturbado revela un cerebro que, como el volcán, aunque no este en ignición, conserva el fuego entre las cenizas. 1

¡Descanse en paz el infortunado comediante!

25 Octubre, 1915.