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Las Inocentadas (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Las Inocentadas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

La antigua costumbre de dar la inocentada el 28 de Diciembre es una de las pocas que se conservan y pasan a través de los siglos, lo cual demuestra que si la inocencia resulta hoy un mito aún hay personas cándidas que se dejan engañar fácilmente.

Estas no abundan tanto como en otros tiempos y en su consecuencia, las inocentadas han disminuido considerablemente.

Sin embargo no faltan individuos de buen humor que pasan días y días devanándose los sesos para estudiar el mejor modo de embromar a los amigos.

Hace cuarenta años los periódicos locales aparecían el 28 de Diciembre completamente llenos de inocentadas que, en verdad sea dicho, no acusaban gran ingenio en sus autores.

Todos los años leíamos las mismas, con ligeras variantes; que había aparecido en el Tablazo de las Damas, en el Guadalquivir, un cetáceo enorme; que había sido robado el caimán de fa Fuensanta; que se había derrumbado la torre de la Malmuerta y otras por este orden.

Nunca faltaban personas que dieran crédito a tales noticias y fueran a comprobar su exactitud, sufriendo la decepción consiguiente.

Otro patrón habitual de las inocentadas de la Prensa era el anuncio dela próxima boda de un solterón recalcitrante con una señorita imaginaria y la noticia de que había correspondido un importante premio de la Lotería de Navidad a cualquier desgraciado que jamás tuvo una peseta.

Los periódicos que más abusaban de las inocentadas eran el Comercio de Córdoba y La Crónica y el público los esperaba con gran ansiedad para recrearse con la lectura de los innumerables desatinos que aquéllos contenían.

La gente joven, sobre todo las mujeres, cultivaban la inocentada con verdadero entusiasmo.

Unas simulaban un telegrama dirigido a una amiga, anunciándole la llegada de un pariente para que fuera a la Estación a esperarle; otras enviaban un recado a su víctima invitándola a comer en una casa, donde a nadie se le había ocurrido mostrarse tan espléndido; algunas obsequiaban a la inocente con una bandeja de dulces, hechos de serrín o de yeso.

Los jóvenes que formaban la original sociedad Las Turbas dieron a uno de sus colegas una inocentada pesadísima.

A la hora en que aquél acostumbraba a comer le mandaron una magnífica torta regada con la tarjeta de un cliente del obsequiado, que era médico.

La torta fué colocada en el centro de la mesa y, cuando más descuidados se hallaban los comensales, una terrible explosión les hizo levantarse de sus asientos como movidos por un resorte.

El plato de dulce había estallado, llenando de guirlache hasta el techo del comedor.

¿A qué obedecía aquéllo? Sencillamente a que la torta contenía en su interior un cohete y una mecha encendida.

Más pesada aún que ésta fué la inocentada que el ocurrentísimo don José González Correa dió al popular Santillana, falsete de la capilla de música de la Catedral.

Visitaba éste, con frecuencia, a una señora corcobada, tan vieja como él con la que le unía, desde la infancia, una estrecha amistad.

El señor González Correa envió a los amigos de ambos unas tarjetas impresas, invitándoles a la boda de los dos vejestorios, acto que se celebraría en el domicilio de la novia el 28 de Diciembre, a las ocho de la mañana.

Hubo no cándidos, sino pocos piadosos invitados qne [sic] acudieron para presenciar la ceremonia.

La señora aludida, a la que en cierta ocasión dedicaran unos versos en los que le decían:

“La que tiene una joroba que puede servir de silla, para llevar a Sevilla por el precio de una escoba”

estuvo a punto de morir de ira y de vergüenza.

En los teatros también se daba, antiguamente, la misma inocentada.

Consistía en representar cualquier obra trocando los papeles; esto es, haciendo los hombres de mujeres y viceversa y en anunciar un artista excepcional, siempre extranjero, que era uno de los cómicos, el cual se presentaba grotescamente vestido a cantar una inarmónica romanza o a efectuar la parodia de incomprensibles equilibrios y juegos de manos.

En el domicilio social del primitivo Centro Filarmónico creado por aquel gran músico que se llamó Eduardo Lucena celebrábanse, la noche del 28 de Diciembre, veladas agradabilísimas.

En ellas se ejecutaban composiciones musicales y se leían versos adecuados al día de Inocentes.

En una de estas veladas, don José Jover recitó un admirable poema titulado El Diluvio , que había necesidad de oírlo con paraguas abierto.

Don Angel María Castiñeira dedicó un canto a las suegras que le valió el odio de todas las mamás políticas.

El número saliente del programa era el estreno de una grandiosa sinfonía, escrita expresamente para aquella tiesta por un insigne maestro ruso, que asistiría a la primera audición de su obra.

Llegó el momento culminante; enmedio de un silencio sepulcral la orquesta empezó a tocar la sinfonía.

Tratábase, en verdad, de una creación archicolosal, sublime. ¡Qué torrentes de armonía, qué efectos tan prodigiosos, cuanto golpe de bombo y platillo!

A aquella introducción, verdaderamente cómica, siguió una parte seria, de música inspirada, alegre, retozona, como toda la de Lucena, y la obra terminó con un clásico villancico.

Sus últimas notas fueron ahogadas por una tempestad de aplausos y, a petición del público, presentóse en la tribuna el famoso compositor ruso, envuelto en amplio gabán de pieles y casi oculto el rostro por una barba postiza y unas grandes gafas negras.

¿Quien era aquel extraño personaje? Uno de los elementos más ingeniosos y activos del Centro Filarmónico, el popular Máximo Estrada.

La original sinfonía de Eduardo Lucena no dejó de ser interpretada en nuestros teatros durante la Pascua de Navidad, con suma complacencia del público, hasta que orquestas y estudiantinas relegaron injustamente al olvido la música genuinamente cordobesa del malogrado autor de “La pavana” y el “Pasacalle del 84”.

Diciembre, 1921.