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Despenseros Y Despenseras (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Despenseros Y Despenseras es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Al forastero que hace cincuenta años, durante las primeras horas de la mañana, lo mismo en invierno que en verano, recorriera las calles de nuestra población, sin duda le causaría gran extrañeza encontrar a cada momento hombres ya jóvenes, ya de edad madura o ancianos cubiertos con largas capas y llevando al parecer, un envoltorio en el brazo derecho, todos los cuales se dirigían a la parte baja de la ciudad.

¿Quiénes eran estos hombres y a dónde iban? Eran los cordobeses de legítima cepa, pertenecientes a las clases acomodadas y a las mas modestas de la sociedad e iban a la típica plaza de la Corredera, provistos de canastos de vareta o cenachos de palma, para comprar los comestibles necesarios en el día, para hacer la despensa , según la frase gráfica y corriente.

En ninguna estación del año prescindían de la capa, de aquellas recias capas de paño azul que pasaban de unas generaciones a otras, con el fin de ocultar el cesto a las miradas de los curiosos y que nadie supiera la calidad ni la cantidad de las viandas que en cada casa se consumían.

En los días excesivamente calurosos muchos despenseros se echaban a la calle en mangas de camisa, confiados en el adagio de que una buena capa todo lo tapa.

Estos caballeros de capa y cenacho, como les llamaba la gente de buen humor, antes de comenzar la compra hacían estación en un aguaducho o una taberna de las inmediaciones del mercado para matar el gusanillo con la clásica chicuela de aguardiente.

Luego recorrían todos los puestos para ver dónde estaban los artículos mejores o que más le agradaran y, terminada esta visita de inspección, principiaban la compra.

Primeramente se detenían ante la amplia mesa del carnicero para adquirir el elemento esencial del indispensable cocido, el plato principal, entonces, de todas las mesas españolas; después se proveían de las hortalizas, de las verduras, expuestas a la venta en grandes banastas, cubiertas por enormes sombrajos para preservarlas del sol y de la lluvia; legumbres y fruta llenaban con colmo los canastos, por muy poco dinero, en aquellos tiempos felices, que ya no volverán, en que aún no había surgido el pavoroso problema de las subsistencias.

El despensero jamas se olvidaba del cuarto de cordilla para el gato, y en las grandes solemnidades, permitíase el lujo de comprar una perdiz, un conejo o mayor cantidad de ternera que d e costumbre para condimentar el plato extraordinario.

Los dueños de los obradores de platería, cuando organizaban sus famosas jiras campestres, iban a la Corredera, llevando como portadores de las cestas a los aprendices de los talleres para adquirir los componentes del perol , en el que nunca faltaban los pollos, el chivo o la gallina.

En la época a que nos referimos muchas señoras, acompañadas de sus sirvientes, también efectuaban la compra diaria en el mercado y en las vísperas de la Pascua de Navidad las familias enteras acudían a la Plaza Mayor con el objeto de aprovisionarse de los artículos propios de estos días.

Como las criadas no eran suficientes para transportar las mercancías recurríase a los numerosos hombres y muchachos legítimos descendientes de los famosos manteses de la Corredera que, provistos de canastos y sacos, brindábanse a prestar dicho servicio por una módica gratificación.

Unos se encargaban de llevar los peros y las batatas, otros las colleras de pavos.

Cada familia con sus acompañantes constituía una verdadera caravana delante de la cual marchaban los chiquillos, rebosantes de júbilo, cargados de zambombas, panderetas, figurillas para los nacimientos y cañas dulces.

Entre los tipos populares que están a punto de desaparecer figuraba, en la época a que nos referimos, la despensera de profesión.

De ordinario era ésta una viejecita muy ágil, muy lista, que se dedicaba exclusivamente a efectuar las compras diarias de víveres para muchas familias.

Prestaba este servicio por una cantidad muy módica, dos pesetas mensuales o diez reales cuando tenía, además, la obligación de llevar un cántaro de agua.

Al anochecer, esta viejecita visitaba las casas en que hacía la despensa para recibir los encargos y recoger los cenachos y talegas en que había de portear las viandas.

Era admirable la memoria de la mujer a que nos referimos, pues jamás se le olvidaba adquirir ni uno de los innumerables artículos que le encargaban sus diversos amos.

Apenas amanecía lanzábase a la calle en dirección a la plaza de la Corredera.

En uno de sus típicos aguaduchos bebía medio café con aguardiente para calentarse el estómago y, acto seguido, iba en busca de la cambiadora, otra figura de la que ya quedan muy pocos ejemplares.

Deteníase ante su diminuta mesilla cargada de monedas de cobre de todas clases y de algunas baratijas y entregaba los relucientes duros que llevaba cuidadosamente guardados en el pecho o en la faltriquera, recibiendo, a cambio, gran número de paquetes de piezas de calderilla.

También obtenía, como premio del cambio, y éste era uno de los beneficios que le proporcionaba su humilde profesión, ya unos cordones para los zapatos, ya una torcida para el candil; ya una tira de fósforos de cartón, unos cuantos alfileres, horquillas o agujas, un cadejo de algodón o una madejita de hilo.

Seguidamente empezaba a recorrer los puestos a fin de realizar las compras y eran dignas de oír las discusiones y polémicas que sostenían con los mercaderes.

A este le acusaba de pesar o medir mal la mercancía; a aquel de haberle vendido la carne o el pescado en malas condiciones. Con el de aquí reñia por negarse a escogerle las frutas; con el de allí porque no le bajaba un cuarto o dos de la cuenta para que le resultara de balde el medio café con aguardiente.

Cuando llenos los cenachos y talegas de provisiones, la despensera abandonaba el mercado, antes de comenzar la entrega de las compras, se detenía en una calle de poco tránsito, sentábase en la gradilla de una puerta y allí efectuaba una curiosa operación, la de trasladar de los canastos a la faltriquera una pequeña parte de casi todos los artículos comprados para que su propia despensa le resultase de balde.

La costumbre de cometer estos insignificantes hurtos, de sisar, como se dice en el lenguaje corriente, subsiste, apesar de haber desaparecido casi por completo la típica despensera y será, de seguro, una de las pocas tradiciones que se conservarán a través de los siglos, mientras exista la humanidad.

Diciembre, 1921.