Una Piñata Memorable es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
En un extremo de la parte baja de la población levantábase una casa solariega perteneciente a una de las familias más linajudas de Córdoba.
Aquel edificio era un verdadero palacio, magnífico, suntuoso. Poseía soberbios salones, dignos de un regio alcázar; hermosos patios con artísticas fuentes; un jardín que semejaba un trozo de nuestra Sierra incomparable.
Dicha casa más de una vez sirvió de albergue a personas augustas y en ella celebráronse festines y saraos brillantísimos, fastuosos.
En los tiempos a que nos referimos el dueño de la mansión indicada, un aristócrata de la más elevada alcurnia, contrajo matrimonio y, para efectuar la presentación de su esposa a la alta sociedad, invitóla a un baile que se había de verificar el Domingo de Piñata.
Entre la nobleza de Córdoba figuraba entonces un joven apuesto, galante, decidido, ocurrente, tan hábil en el manejo de un caballo como en el deporte de la caza; elemento indispensable en toda fiesta, pues deleitaba con su ingenio a los hombres y encantaba con sus madrigales a las mujeres.
El prócer recién casado confió al joven a quien aludimos la organización del baile, seguro de que así resultaría mucho más lucido, y el noble mancebo dió rienda suelta a su fantasía, desplegó su actividad prodigiosa para cumplir dignamente el encargo.
Una legión de artífices de todas clases y de criados, puestos a sus órdenes, convirtió el palacio en un trasunto del Paraíso.
Alfombras y tapices de valor extraordinario mezclábanse con otros hechos de flores y como por arte de magia, se habían transformado los patios y jardines en salones y los salones en jardines, presentando un conjunto indescriptible, fantástico.
Para que nada faltase en el sarao habría una piñata que sería digno coronamiento de las fiestas. En el centro del artesonado de la estancia principal del palacio colocóse un globo de papel de colores, lleno de cascabeles y campanillas del que pendían multitud de cintas polícromas.
¿Que encerraba aquel globo? He aquí un misterio. El organizador del fastuoso acto que había de constituir un acontecimiento en la vida cordobesa guardaba una reserva impenetrable respecto al contenido de la piñata. Quería que produgera [sic] una sorpresa a todos los concurrentes.
La noche del baile advertíase inusitado movimiento en todas las casas aristocráticas de la ciudad. Damas y caballeros vestían los trajes de rigurosa etiqueta, cuidando escrupulosamente de su tocado, y muchas encantadoras señoritas se engalanaban con disfraces tan originales como caprichosos.
Las curiosas vecinas de las calles próximas al palacio ocupaban posiciones estratégicas en puertas y ventanas para presenciar el paso de los invitados a la fiesta.
En el pórtico de la casa solariega donde aquélla había de efectuarse dos lacayos con rojas casacas galoneadas de oro aguardaban la llegada de los carruajes para abrir sus portezuelas y saludar a las personas que de ellos descendían, inclinando la cerviz casi automáticamente.
Una riquísima alfombra se extendía desde la puerta hasta el final de la escalera, transformada, como todo el edificio, en un poético vergel.
El salón de actos presentaba un golpe de vista verdaderamente fantástico, deslumbrador. Iluminábanlo grandes y artísticas lámparas de bronce e innumerables reverberos cuyas luces arrancaban vivos destellos a las alhajas, a los áureos bordados, a los vistosos uniformes, una y mil veces reproducidos en las magníficas lunas de los espejos y las cornucopias.
Una orquesta, oculta entre un macizo de flores, ameninizaba [sic] el sarao y a los ceremoniosos rigodones sucedían los ligeros valses, la danza predilecta de la juventud.
Llegó el momento culminante de la fiesta; el elemento femenino se dispuso a abrir la piñata, pero todos sus intentos resultaron inútiles; nadie acertaba con la cinta que le servía de broche.
En su consecuencia, el autor de la diversión propuso que se celebrara un sorteo entre todas las damas y señoritas para que el asaz designase a la que hubiera de romper la piñata y él le indicaría el modo de conseguirlo.
Aceptada la fórmula se puso en práctica inmediatamente y la suerte eligió a la señora en cuyo honor se celebraba el baile, a la esposa del prócer dueño de la señorial morada.
La dama, orgullosa de su triunfo, dirigióse al centro del salón, asió la cinta que le señalara el joven aristócrata organizador del festín y, al tirar de ella, cayó envuelta en una lluvia de confites multicolores una rama de oliva, artificial, llena de aceitunas de dulce.
La dama palideció súbitamente, al mismo tiempo que su esposo enrojecía de ira.
En todos los rostros dibujóse una sonrisa maliciosa que las señoras procuraban ocultar con el abanico; todos los concurrentes se decían al oído frases casi imperceptibles. Había llegado el terrible instante de la murmuración.
Ni a la doncella más cándida se le ocultaba que todo aquello no era obra de la casualidad, sino que había sido preparado hábilmente, con un fin poco piadoso, por un consumado maestro de la sátira y de la ironía.
Aquella rama de oliva no constituía el símbolo de la paz, más bien representaba el emblema de la discordia.
Con ella se quiso indicar el origen humildísimo de la mujer a quien el dueño de la señorial morada, impulsado por una vehemente pasión, había llevado a los altares para hacerla su esposa.
El prócer desafió al autor de la broma, concertándose un duelo en condiciones muy graves que amigos de ambos consiguieron evitar, a costa de grandes esfuerzos.
Y esta piñata memorable fue, durante mucho tiempo, el tema de todas las conversaciones y de muy sabrosos comentarios, lo mismo en las reuniones aristocráticas que en las tertulias de los cafés y en los corrillos de las plazuelas.
Marzo, 1922.
