Maria La Gitana es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Eran los tiempos, ya lejanos, en que había llegado a su apogeo, en el teatro, el género chico, adueñándose por completo de la escena.
Dramas, comedias y zarzuelas grandes dormían el sueño de la muerte en los archivos de las compañías, derrotados por el Sainete, por la revista, por el juguete cómico, por la zarzuelilla ligera, con música alegre y retozona que muy pronto se hacía popular porque se pegaba al oído , según la frase vulgar y gráfica.
En Córdoba el Teatro Circo del Gran Capitán era el templo donde se rendía culto, con preferencia, a este arte; allí permanecían temporadas larguísimas, actuando, con gran éxito, las mejores compañías que cultivaban el genero a que nos referimos, y especialmente las de Eduardo Ortiz y Casimiro Ortas.
El público llenaba todas las noches citado coliseo deseoso de ver las obras en boga, entre las cuales había muchas de verdadero mérito, a la vez que de admirar y aplaudir a las tiples más notables, y de acoger con ruidosas carcajadas la labor de los actores cómicos que gozaban de mayor renombre
Las noches en que Matilde Pretel representaba a Miss Helyet , Isabel Hernando El tambor de granaderos , Paca Segura Chateau Margaux y Carmen Domingo La trapera , se acababan las entradas en la taquilla y lo mismo sucedía cuando Julio Nadal ponía en escena El cabo primero o Los aparecidos y Ortas, padre, Los cocineros o El santo de la Isidra .
Entre los artistas y el público se desarrollaban corrientes, no ya de simpatía, sino de franca amistad y en los cuartos de aquellos improvisábanse amenas tertulias de las que formaban parte literatos, periodistas, significados políticos y personas de elevada posición social.
Todos los asiduos concurrentes al escenario del Teatro Circo, no sólo conocían, sino trataban con cierta familiaridad a María la gitana, la amiga más constante y servicial de todas las cómicas.
Era una mujer ya entrada en años, metida en carnes, de buena estatura, de facciones correctas y atezado color, que fue en su juventud una real moza, según ella misma aseguraba, anteponiendo a la modestia la verdad.
Por su trato afable, por su charla amena, por su deseo vehemente de complacer y servir a todo el mundo, gozaba de generales simpatías. Puede decirse que constituía una figura típica, indispensable, de aquel escenario; por eso la noche en que faltaba echábanla de menos, entre bastidores, desde el más encopetado galanteador de tiples hasta la última corista. ¡Y cómo no, si lo mismo aquél que ésta recurrían a los buenos oficios de María la gitana en múltiples ocasiones!
Ella era el pafio de lágrimas, el factotum , la providencia de las artistas. Lo mismo les proporcionaba un hospedaje bueno y económico, que una sirviente fiel y hacendosa; de igual manera cumplía el encargo de vender un traje, ya inútil para su dueño, que el de comprar una prenda o una alhaja en condiciones favorables para quien la adquiría.
¿Necesitaba una pobre corista, para la representación de una obra, ropas que ella no podía costear? Pues María se las facilitaba, alquiladas, por muy poco dinero.
¡Cuántas chicas del coro poseían mantones de Manila gracias a la protección y a la trastienda de aquella mujer!
Tengo encargo, decía a la muchacha en cuyo guardarropa no figuraba tal prenda, de vender un mantón precioso.
Está nuevo y su dueña lo da casi regalado. Lo voy a traer para que mañana lo luzcas en tal o cual función.
Pero con qué dinero voy a pagarlo, si el sueldo apenas me alcanza para comer, objetaba tristemente la corista
¡Bah! no te apures por eso, contestábale la gitana; ya verás como no falta un alma piadosa que te lo compre.
La noche siguiente presentábase María en el Teatro con el mantón cuidadosamente envuelto en un pañuelo.
Mostrábalo a la artista, se lo ponía sobre los hombros y comenzaba a piropearla de lo lindo.
¡Olé, chiquilla! exclamaba; esta noche, cuando salgas al escenario, los hombres solo van a fijarse en ti.
Voy a verte entre bastidores, agregaba, y cuando termine la función ven a buscarme.
La coristilla cumplía la orden al pie de la letra y en un rincón del escenario encontraba a su protectora, departiendo animadamente con un .señor de edad avanzada, alto, recio, como el tronco de una secular encina.
Ven acá, graciosa, decía a la muchacha, y luego, dirigiéndose al señor aludido añadía: ¿ha visto usted que mantoncito se trae la niña? Se lo he proporcionado yo para que lo luzca esta noche y le sienta al pelo.
Seguidamente hacía una seria a la corista para que se retirase y cuando de nuevo quedaba sola con el caballero en cuestión, rico y espléndido como un don Juan, comenzaba una ingeniosa y habilísima charla, cuyo resultado era, casi siempre, conseguir que el generoso y complaciente señor regalase el mantón a la chica del coro.
El júbilo de ésta y su gratitud a María eran inmensos, indescriptibles, y la gitana, al mismo tiempo de hacer un gran favor, se echaba en el bolsillo algunas pesetas por el corretaje.
No se limitaban a los indicado los buenos oficios de esta protectora de las artistas; servía, además, de amigable componedora para deshacer toda clase de entuertos; ya las rencillas entre compañeras, ya los disgustos entre novios, ya las diferencias entre cómicos y empresarios, y en más de una ocasión proporcionó contratas a actrices y actores.
Cayó el genero chico herido de muerte por el golpe que le asestaron el cinematógrafo y las variedades; retiráronse de la escena aquellas tiples famosas que, con su arte y su talento, cautivaban al público; desaparecieron los actores que le hacían reir a mandíbula batiente y también desapareció, para siempre, del Teatro Circo, la interesante figura de María la gitana.
Ya solamente la veíamos en las calles, dedicada como otras muchas mujeres de su raza, al cambio y la compra y venta de ropas, siempre seria, siempre triste, sin que jamás se dibujara una sonrisa en su boca.
Algunas veces la deteníamos en su caminar constante para hablarle de nuestras andanzas entre bastidores y, al evocar estos recuerdos, sollozaba la prendera y escapábanse dos lágrimas furtivas de sus grandes y negros ojos.
Para María la gitana, como para otras muchas personas, ese mundo de la farsa y el oropel que se llama teatro, tenía un encanto supremo y una atracción irresistible.
Abril, 1923.
