El Sacamentecas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Siempre que ocurre un suceso extraño o surge un ser al que el vulgo rodea de cierto misterio o presenta como un monstruo, en diversos lugares aparecen figuras semejantes o se registran hechos análogos, que despiertan la curiosidad de la gente y embargan, por completo, la atención del público.
Cuando fué descubierta la farsa, realizada en la Coruña por dos mujeres que contrajeron matrimonio, haciéndose pasar una de ellas por hombre, en varias poblaciones se cayó en la cuenta de que también había mujeres que ocultaban su sexo, y en Sevilla se habló mucho del popular policía Fernando, que era una respetable anciana, y en Linares del forzudo minero que poco después cambió la piqueta por el estoque de matar toros, anunciándose con el nombre de Salomé Núñez y el apodo de La Reverte, y en Córdoba de Currillo, el obrero del campo, que sólo tenía de hombre el traje y las energías necesarias para hacerse respetar.
Al darse a conocer en Valdepeñas el famoso Santo Aceituno, en otras partes comenzaron a explotar, como él, la ignorancia de las gentes muchos truhanes y vividores dotados, según ellos, de virtudes sobrenaturales.
En nuestra capital surgieron entonces una saludadora que, con saliva, curaba todas las enfermedades porque tenia grabado en el paladar un Crucifijo; otra mujer que llevaba, no en el claustro materno, sino en el estómago, un niño al cual se le oía llorar y, por esta razón, operaba multitud de milagros, y un curandero que habitaba en un huerto con cuyas yerbas devolvía la salud hasta al enfermo que estuviese ya al borde del sepulcro.
Un día la Prensa comunicó la aparición, no recordamos dónde, de un aborto de la Naturaleza, de un mónstruo [sic] terrible, el Sacamantecas, que secuestraba a los niños y los mataba para extraerles la grasa, no sabemos si con el fin de utilizarla como medicina o en la preparación de algún manjar suculento.
La profesión de Sacamantecas debía ser muy lucrativa, pues diariamente aparecía alguno o lo creaba la fantasía popular.
Aquí, afortunadamente, no sentaron sus reales aquellos seres macabros cuyas hazañas ponían el vello de punta, no sólo a los chiquillos, sino a las personas mayores de más entereza, pero el Sacamantecas sirvió para dar una broma tan graciosa como pesada.
Residía temporalmente en la barriada de Cerro Muriano un ingeniero que, joven aun, pagó su tributo a la muerte hace algunos años, hombre alegre, jovial, simpático, de ingenio y gracia inagotables.
Era el alma de una tertulia de cierto casino, pues la animaba con su charla amena, con su inmenso arsenal de chascarrillos, con sus originales iniciativas.
Los amigos que formaban tal reunión comprometiéronle para que les obsequiase con un almuerzo en dicha barriada y el ingeniero fijó un domingo próximo para la celebración del banquete.
Dispuso todo lo necesario a fin de que el agasajo resultara espléndido y la víspera del día del festín tuvo una idea diabólica que no vaciló en realizar.
En Cerro Muriano, como en todas partes, sólo se hablaba del Sacamantecas, de sus horrendos crímenes, del misterio en que se envolvía, y las madres amenazaban a sus pequeñuelos con llamar a este siniestro personaje para que se los llevara, si eran llorones y desobedientes.
El ocurrente ingeniero, para realizar su proyecto, llamó a varios chiquillos de la barriada y les habló de este modo: ¿Vosotros habeis oído nombrar al Sacamantecas? Si, señor contestáronle a coro, con expresión de espanto. Pues fijaros bien en lo que os voy a decir: Sé que mañana vendrá aquí, en compañía de varios señores y es menester echarlo antes de que se lleve a algún niño. Para ello todos los chicos de la barriada debeis reuniros cerca de la estación, comenzando a gritar: ¡Muera el Sacamantecas!, apenas éste baje del tren. Así sabrá que le han conocido y se marchará inmediatamente.
Como ya os he dicho vendrá acompañado de varios señores, amigos míos, pero con nadie se puede confundir; es un hombre alto, recio moreno y con la cabeza muy gorda
Nosotros procuraremos retirarnos de él para que podáis rodearle y todo el mundo se entere de que tal individuo es el Sacamantecas.
Conque, no olvidéis todo esto, y hasta mañana. La noticia de la visita de aquel mónstruo corrió como reguero de pólvora entre la turba infantil y aquella noche los pocos muchachos que conciliaron el sueño sufrieron horribles pesadillas.
El día siguiente, mucho antes de la hora a que debían llegar los amigos del ingeniero, todos los rapazuelos de la barriada, en actitud hostil, hallábanse en las inmediaciones de la estación.
Apenas descendieron del tren los excursionistas la horda infantil comenzó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Muera el Sacamantecas!
Los viajeros, sorprendidos por este extraño recibimiento, preguntaron sus causas al autor de la diabólica idea, que les aguardaba, quien se las explicó, procurando que no se enterase la víctima de la broma.
Los chiquillos rodearon al hombre de la cabeza gorda y al griterío ensordecedor sucedió algo más grave, una terrible pedrea.
El supuesto mónstruo corría desesperado, buscando un refugio donde poder librarse de aquellas inesperadas agresiones.
El ingeniero, al ver el mal cariz que tomaban los acontecimientos, se dirigió a los muchachos y, no sin gran trabajo, consiguió que depusieran su actitud, convenciéndoles de que el Sacamantecas no causaría el menor daño a los niños de aquella barriada.
El banquete resultó espléndido, suculento, exquisito; pero al hombre alto, recio, moreno y cabezudo, no le fue posible pasar bocado; a consecuencia de la impresión que le produjo la broma de su amigo echósele un nudo en la garganta que sólo consiguió deshacerlo con una serie interminable de libaciones.
Agosto, 1923.
