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El Baile (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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El Baile es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

La evolución del baile, en el transcurso del tiempo, ha sido grande y en ella, dicho sea en honor de la verdad, ha perdido mucho, tanto en el orden moral como en el estético.

¡Qué diferencia entre las danzas de antaño y las actuales!

El minué grave y solemne, la pavana ligera y retozona; luego sus legítimos sucesores el rigodón ceremonioso y el alegre wals tenían una distinción suprema, una delicadeza exquisita, un encanto de que carecen las modernas danzas, que parecen oriundas de pueblos salvajes.

Las fiestas y saraos que antiguamente se celebraban en las señoriales moradas de la nobleza, de los que el baile era elemento esencial, constituían cuadros de belleza extraordinaria que no es posible describir.

En magníficos salones rica y severamente adornados, discurrían y se entregaban a las inefables delicias del arte coreográfico, lo mismo las damas y los caballeros respetables que la alegre juventud, ellos ostentando vistosos uniformes o trajes de rigurosa etiqueta, ellas luciendo el ajustado corpiño y la falda muy hueca o el majestuoso vestido de larga cola.

En los palacios de los Marqueses de Benamejí, de los Condes de Hornachuelos y de los Duques de Almodóvar del Valle celebráronse bailes brillantísimos, de los cuales fué el último uno verificado en honor de S M. la Reina D.ª Isabel II en la casa de los Duques de Almodóvar, situada en la calle de las Nieves, hoy de Alfonso XIII.

Las familias de la aristocracia festejaban los faustos acontecimientos íntimos con animados bailes, en los que el invitado de mayor respetabilidad tenía que servir de pareja, ineludiblemente, a la Señora de la casa en el primer minué o rigodón.

Al ser levantado el hermoso edificio del Círculo de la Amistad, la buena sociedad cordobesa empezó a celebrar en él los bailes que hasta entonces sólo se habían efectuado en las casas particulares.

Luego también hubo bailes muy lucidos en el Casino Industrial y en el Ateneo Científico, Literario y Artístico, que estuvieron instalados en la calle del Paraiso, donde hoy se halla el Banco Español de Crédito.

La última vez que la epidemia colérica se desarrolló en Andalucía, nuestra población, aunque en ella, afortunadamente, no se registró caso alguno, fué presa de un pánico indescriptible y, para levantar los ánimos, unos distinguidos jóvenes constituyeron una sociedad, cuyo único objeto era organizar festejos y distracciones.

Dicha sociedad celebró gran número de bailes, varias representaciones teatrales y una corrida de toretes y carreras de cintas.

Hace un cuarto de siglo estaban en todo su apogeo los bailes andaluces, pletóricos de arte y donosura, y no había padre que no costeara a sus hijas un maestro para que les enseñara esas danzas que encierran la alegría, el encanto incomparable de la Tierra de María Santísima.

Nunca faltaban en las reuniones, lo mismo de las clases más elevadas que de las más modestas, parejas de lindas jóvenes o de monísimas pequeñuelas que, acompañadas al piano o la guitarra y repiqueteando armónicamente las ruidosas castañuelas, interpretaran de modo irreprochable las sevillanas, las soleares, el vito, los panaderos y toda esa serie de danzas que, en unión de nuestros cantares llenos de sentimiento y de poesía, compendian el alma andaluza.

El primer año que se celebró la feria de Septiembre, en el programa de sus festejos figuraron estos bailes, que fueron ejecutados por señoritas y niñas en la tienda del Circulo de la Amistad.

Antiguamente el pueblo también celebraba con bailes los acontecimientos de familia, el otorgo, la boda y el bautizo. En los patios de las casas de vecinos, grandes y llenos de flores, reuníanse amigos y conocidos y la gente moza, al compás de guitarras y bandurrias, bailaba sin descanso mazurcas y polkas.

En las giras campestres el baile constituía, asímismo, una de las principales distracciones.

En determinadas fiestas celebrábanse, igualmente, bailes públicos en algunos lugares de la ciudad, siendo los principales los que el día de la Cruz se organizaban en el Campo de la Verdad y en el barrio de la Merced o del Matadero.

Cuando la Reina D.ª lsabel II visitó a Córdoba fue invitada a presenciar el originalísimo baile titulado el Patatús de Obejo, que varias parejas formadas por vecinos de dicho pueblo interpretaron en un tablado construido con este objeto en el Campo de la Victoria.

Los obreros del campo, en las fiestas que improvisaban en la cocina del cortijo cuando iba el amo o para celebrar la terminación de la viajada, entre todas sus inocentes distracciones concedían preferencia al típico fandango, que era el baile de los campesinos andaluces.

A causa de la gran afición que en los tiempos a que nos referimos había al arte coreográfico y por ser las danzas antiguas mucho más difíciles de aprender que las modernas, nunca faltaban maestros de baile que tenían gran número de discípulos pertenecientes a todas las clases de la sociedad. Don Paulino enseñaba a la aristocracia, Pepito el del huerto al pueblo, y ambos eran figuras interesantísimas, originales, de las que nada decimos aquí porque ya les dedicamos una de estas crónicas restropectivas [sic].

El baile, que constituía un espectáculo, resultaba entonces, igualmente, más artístico que ahora. Todas las compañías de teatros, dramáticas, cómicas y líricas, tenían un cuerpo coreográfico que, en los entreactos o como fin de fiesta, ejecutaba el bolero y otras danzas muy bellas y muy españolas. ¡Qué diferencia entre aquellas bailarinas que parecían mariposas y las que hoy se exhiben en los salones llamados de variedades!

Por el Teatro Principal y el del Recreo desfilaron excelentes cuerpos coreográficos. Los últimos artistas de este genero que vimos en Córdoba fueron los que constituían la pareja Domínguez-Pericet, que actuó hace más de veinte años en el Teatro-Circo del Gran Capitán.

En los cafés cantantes, que yan [sic] han desaparecido, rendíase culto al baile flamenco, distinto de todos los demás, a ese baile en que la mujer ya se erguía altiva, dominadora, ya se retorcía como las serpientes, produciendo honda emoción en los espectadores.

Tal era el baile en los tiempos felices en que no se conocía el fox-trot, la matchicha ni el tango argentino.

Septiembre, 1923.