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A Coger Grillos (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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A Coger Grillos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

¡Con que afán esperaban los muchachos, antiguamente, la llegada del domingo para no ir a la escuela y entregarse a los juegos propios de cada época del año!

La impaciencia les quitaba el sueño en la noche anterior a ese día y las horas parecíanles interminables.

Abandonaban el lecho muy temprano, en contra de la voluntad de sus madres, pues en el momento en que se levantaban ya no había sosiego en la casa ni títere con cabeza.

Enseguida comenzaban los preparativos para los juegos del día; ya el arreglo da los arreos militares para la batalla entre moros y cristianos, ya el de la cornamenta y la gorra de papel de colores para la corrida de toros, ya el de la cola y los tirantes de la cometa, para que se elevase mucho, serena, sin cabecear, ya el de la sandía para convertirla en un farol lleno de labores.

Al principio de verano una de las distracciones principales de los rapazuelos era la caza de grillos.

Reuníanse tres o cuatro chiquillos, vecinos de la misma casa o del mismo barrio y, provistos de una merendilla y de sendos canutos de caña, marchaban al campo para dedicarse a la busca de los citados animalitos.

Donde oían cantar a uno de ellos, pues canto se llama generalmente al ruído que producen con los élictros [sic], los muchachos se detenían y, en silencio, de puntillas para no producir ruído, empezaban a recorrer el paraje hasta encontrar el agujero donde el grillo estaba oculto.

Conseguido esto era preciso obligar al incansable músico de verano a salir de su escondite y, para lograrlo, la grey infantil se valía de distintos medios: ya echaba agua en el interior del agujero, ya introducía en él un palillo y, a veces, sustituía el agua por otro liquido procedente de una función fisiológica.

Súbitamente, como el gato apresa al ratón, los chiquillos se apoderaban de los grillos apenas salían de sus viviendas y los encerraban en el canuto de caña preparado al efecto o se los guardaban debajo de la gorra.

No era preciso salir de la población para encontrar grillos; en nuestras-plazas, tapizadas entonces de yerba y entre los dompedros que festoneaban las fachadas de muchos edificios hallábanse también y hacían coro a las cigarras que, ocultas en las copas de los árboles, entonaban la monótona canturia de la siesta.

Frecuentemente los pequeños cazadores volvían de las expediciones con las ropas desgarradas por las pitas o las zarzas y sufrían tremendas catilinarias y algunos azotes como castigo.

Al regresar a sus casas dedicábanse a la clasificación de los insectos cogidos, una clasificación que no figura en los tratados de Zoología. Denominaban grillos moriscos a los que só1o presentaban en los élictros algunas pintas de color de oro; reales a los que tenían las alas doradas, y cebolleros a los más pequeños de color oscuro; los segundos eran considerados los mejores porque cantaban más que los otros.

Seguidamente encerrábanlos en jaulitas y tenían gran cuidado de que nunca les faltara la hoja de lechuga o la rueda de pepino que constituían su alimentación.

Los muchachos hacían tratos muy curiosos con los grillos; solían cambiar los que cantaban poco, no por otros mejores, sino por un trompo, una vida de estampar o unas cuantas pículas.

En las casas donde había muchos niños solía reunirse, un número de dichos insectos tan considerable que causaba grandes molestias al vecindario y las mujeres, para evitarlas, recurrían a un procedimiento infalible: untábanles con aceite los élictros y así evitaban que su roce produgera [sic] ruido.

Los muchachos habilidosos construían las jaulas para los grillos, unas diminutas jaulas de caria o de alambre, y los que no sabían fabricarlas comprábanlas a otros chiquillos.

Los hojalateros vendían unas jaulitas que pudiéramos llamar de lujo, con formas caprichosas y pintadas de vivos colores.

Modestos comerciantes que en la plaza de la Corredera tenían establecidos puestos para la venta de gorriones y abejarucos, en la estación actual sustituían dichas aves por los insectos en que nos ocupamos, sin que tal cambio disminuyera los productos del negocio, apesar de que un grillo só1o valía un cuarto y medio real cuando se compraba también la jaula.

Los rapazuelos que no gozaban de libertad para ir al campo a coger grillos, resignábanse a adquirirlos en los puestos indicados con el dinero que obtenían de la madre o de la abuela, valiéndose de zalamerías o lloriqueos.

Así en las tardes calurosas y en las noches espléndidas de Julio y Agosto interrumpían el silencio augusto da Córdoba, silencio de ciudad dormida sobre el lecho de sus gloriosos laureles, los grillos en las casas o las cigarras en los árboles de las plazuelas y las ranas en los estanques de los huertos y jardines que rimaban sin cesar el monotono poema del estío, enervante y adormecedor.

Julio, 1924.