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Travesuras Infantiles (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:13 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas)
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Travesuras Infantiles es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Ha llegado la época. en que la turba estudiantil, pasadas las vacaciones del verano, invade nuevamente las aulas, como bandadas de pájaros bulliciosos, llenándolas de alegría.

Con este motivo nos parece oportuno recordar algunas graciosas travesuras cometidas hace ya muchos años por escolares de nuestros centros de enseñanza.

Era la época en que la hidra del terrorismo comenzaba a desarrollarse en España. En Jerez de la Frontera había surgido una banda de asesinos titulada “La mano negra”, que realizaba toda clase de crímenes, produciendo la consternación general.

En Córdoba, como en todas partes, sólo se hablaba de aquellos malhechores, que tenían aterrorizada a la hermosa población antedicha.

En uno de nuestros establecimientos de enseñanza había un docto catedrático de Geografía e Historia, muy corto de vista, quien más que a preguntar las lecciones a sus alumnos dedicaba las horas de clase a explicar las asignaturas con una claridad, una sencillez y, sobre todo una amenidad verdaderamente encantadoras.

Entre sus discípulos figuraba un muchacho, tan listo como travieso que, al mismo tiempo que el Bachillerato, estudiaba la carrera eclesiástica.

El joven aludido sentábase en un banco del centro del aula y allí, semioculto por sus compañeros, se dedicaba a realizar toda clase de diabluras.

La aparición de la terrible banda de malhechores de Jerez le sugirió una de las más graciosas. Buscó un guante negro y todos los días, al empezar el catedrático sus explicaciones, poníaselo y levantaba y ocultaba alternativa y rápidamente, ambas manos, al mismo tiempo que decía, ahuecando la voz para que no se le conociera por ella: ¡la mano negra! !la mano blanca!.

El catedrático suspendía su disertación para inquirir quien fuese el autor de la broma, sin conseguirlo. En su virtud, un día ordenó a un bedel del establecimiento permaneciese en la puerta, teniéndola entornada, durante las horas de clase, con el fin de descubrir al imprudente escolar y así se logró dar caza al joven de la mano blanca y la mano negra, que pagó su peregrina ocurrencia con varios días de encierro en el calabozo.

En el centro docente aludido, hace cincuenta años, el profesor de Francés era también muy miope y hombre de costumbres extravagantes, a quien los alumnos jugaban, con frecuencia, malas partidas, sin temor a que montara en cólera y les amenazase con terribles castigos.

En cierta ocasión todos los muchachos que concurrían al aula de aquél, pusiéronse de acuerdo para hacer una que fuese sonada. Cada uno se proveyó de un cascabel, lo ató a la cabeza de un alfiler y todos, cuando ocuparon sus asientos en la clase, colocáronse el alfiler, a guisa de espuelas, en una bota, clavándolo entre el tacón y el contrafuerte.

A una señal convenida los estudiantes que había en los últimos bancos principiaron a mover los pies y la alegre música de los cascabeles interrumpió el augusto silencio de la cátedra.

El profesor corrió hacia donde se efectuaba el concierto pero este cesó rápidamente comenzando en los bancos de las primeras filas. Aproximóse a ellos el maestro del idioma de Lamartine y los cascabeles sonaron en los del centro. Los muchachos permanecían inmóviles en sus sitios; registróseles y ni en los bolsillos ni en las manos se encontró los sonoros rodorines que no cesaban de sonar en distintos lugares de la cátedra. Aquello parecía 1 de duendes o de brujas.

El burlado profesor requirió el auxilio de los bedeles a que le ayudaran a descubrir el enigma, pero antes de que aquellos acudieran, los escolares se quitaron el espolín, ocultándolo en el interior del calzado y las personas ajenas a la broma no lograron descubrir el misterio de aquella música, más propia de una fiesta de Carnaval que de un establecimiento de enseñanza.

Un estudiante de Fisiología e Higiene sudaba tinta cuando tenía que designar los huesos del cuerpo humano. ¿Cuál es el homóplato?, ¿cuál es la columna vertebral? preguntábale el catedrático y el joven contestaba invariablemente: este o aquella, siempre a honesta distancia del esqueleto y sin señalar a parte alguna del mismo, para no equivocarse.

¿Cuál es el húmero? interrogóle cierto día el profesor, añadiendo: acérquese usted y tóquelo con la mano. Permanecía inmóvil y mudo el escolar y el catedrático díjole malhumorado; por segunda vez pregunto a usted cuál es el húmero?, aproxímese y tóquelo, que no le pica.

El muchacho entonces exclamo este, poniendo un dedo sobre un radio del esqueleto.

Está usted equivocado, objetóle el profesor y el alumno repitió: este, al mismo tiempo que cogía un fémur.

¡Tampoco! gritó el docto anciano que le interrogaba, no sabe usted una palabra de Anatomía, y el desaplicado estudiante, muy nervioso, replico: pues sera este, asiéndose a una tibia con tal fuerza que se quedó con ella en la mano y desarticuló casi todo el esqueleto.

El muchacho a que nos referimos hallábase otro día, en la clase, distraído con la lectura de una novela. Observólo el catedrático y súbitamente le preguntó ¿cuál es centro de la circulación de la sangre, señor tal?

Levantóse con rapidez el joven y, como no se hubiera dado cuenta de la pregunta, hizo señas a un compañero a fin de que le indicase la contestación.

Di que en el ombligo, le apuntó aquel y ¡en el ombligo! respondió con seguridad el interrogado, provocando una general y ruidosa carcajada.

Para concluir narraremos una travesura realizada en el mismo centro que las anteriores, la cual tuvo un epílogo muy deplorable.

El catedrático de Física, al explicar una lección de Optica, entregó a los alumnos un microscopio y un pequeño insecto pegado en un papel, para que lo viesen con dicho aparato.

Ocurriósele a uno de los estudiantes escupir sobre los cristales del microscopio; éste siguió pasando de mano en mano, pero los escolares, advertidos de la mala idea de su compañero, limitábanse a simular que miraban el insecto a través de los lentes, sin acercárselos a los ojos, e invariablemente decían: no se ve nada.

¿Cómo es posible? exclamó al fin el profesor; seguramente no saben ustedes manejar el aparato.

Al decir esto se lo acercó a la faz y por sus mejillas resbalaron, no las perlas del llanto, sino los esputos del estudiante.

Atribuyóse, erróneamente, la mala partida al alumno más travieso de la clase y, en su virtud, se le impuso un severo castigo, que él sufrió resignado; mas el catedratico no se conformó con la corrección y anunció al irrespetuoso discípulo que perdería el curso. Aquel, ante tal amenaza, confesó quien había sido el autor de la hazaña y con él extremóse la disciplina del establecimiento docente.

Indignado el travieso escolar porque le hubiese delatado su compañero, una noche en que éste pelaba la pava en una clásica reja andaluza, acercósele cautelosamente y le asestó un terrible golpe en la cabeza con un bastón de hierro.

La lesión fue tan grave que puso en inminente peligro la vida del pobre muchacho.

Octubre, 1924.