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La Barbería (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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La Barbería es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

La antigua barbería cordobesa nunca fué, como la que nos han presentado muchos escritores en la novela y en el teatro, centro de terribles conspiraciones, ni nuestros figaros se entrometieron en conjuras ni danzaron en los enredos de la política.

Limitáronse á hablar mucho de todo, porque la locuacidad parece aneja á la profesión; á tañer la guitarra, más ó menos hábilmente; á compartir la tarea de rasurar barbas con las de extraer muelas y propinar sangrías y á entretener los ratos de ocio jugando á las damas, distracción favorita de todo barbero.

Sus tiendas -así las denominaban- carecían del lujo de los modernos salones de peluquería, nombre que ha sustituído pomposamente á aquel.

Eran pequeños portales, cuyas paredes estaban cubiertas, no con estucos ni grandes espejos, sino con láminas de los periódicos ilustrados más populares de sus tiempos, La Lidia y El Motín generalmente.

Y los parroquianos se entretenían hasta que les llegaba el turno riguroso establecido, no hojeando las revistas literarias que actualmente hay en casi todas las barberías, sino admirando y comentando una estocada de Pepe Hillo, el salto de Martincho ó las caricaturas de Posada Herrera con orejas enormes y de Romero Robledo con medio cuerpo de hombre y la otra mitad de gallo.

Completaban el decorado de los muros el navajero de vieja madera con las herramientas del oficio; tres ó cuatro diminutos espejos con marco de nogal y luna casi inservibles, á causa de la caída del azogue; la guitarra pendiente de un clavo y en otros varias jaulas y tablillas con verdones y jilgueros.

El mobiliario corría parejas con la modestia del local; un par de sillones de anea, una tosca mesa de pino que hacía las veces de tocador y tres ó cuatro sillas de Cabra.

En un rincón la hornilla con el puchero para calentar el agua; en otro la lata del petróleo para vaciar aquella; en un recipiente más pequeño, también de hojalata, el jabón de palo; sobre la mesa la vacía de metal, compañera de la que aparecía pendiente sobre la puerta como anuncio del establecimiento, la correa para suavizar las navajas, el peine de cuerno, las largas tijeras, la llave de sacar muelas y un tarro lleno de grasa para el pelo y colgados detrás de las puertas, los paños no muy limpios y el escobón bastante mugriento.

En una alacena, además del tablero para jugar á damas y la esportilla de los cuartos, hallábase encerrada la biblioteca del maestro, consistente en varias novelas de las de á cuartillo de real la entrega, casi todas narrando hazañas de bandoleros famosos, y buena cantidad de ejemplares del periódico taurino más acreditado y de El Cencerro.

En la fachada, además del famoso yelmo de Don Quijote, aparecía un cuadro pequeño que completaba el anuncio del Fígaro. Un cuadro pintado por un artista émulo de los que hacen los exvotos que vemos en las iglesias, el cual representaba, ó quería representar, un pié desnudo manando sangre.

Era el emblema del barbero sangrador.

En aquellos tiempos el servicio de barbería resultaba muy económico; por cuatro cuartos, sin propina, el maestro de más fuste rasuraba la barba ó cortaba el cabello al propio Ramasama, el hombre salvaje moderno, que se le hubiera presentado, y aun había quien realizaba por menos dinero tales operaciones y, además, obsequiaba con un pitillo al parroquiano.

Este, en cambio, tenía que sufrir molestias y hasta torturas hoy, en honor de la verdad, desconocidas.

Primeramente la incomodidad del enjabonado, hecho á mano, pues entonces no se conocían las escobillas, aunque en ocasiones el paciente creyera que en vez de una mano rozaba su rostro un puerco-espin; después la de la navaja, no tan perfeccionada como hoy, y que en ocasiones llevávase algo más que el pelo; de ahí que en no pocas barberías apenas se sentaba en el sillón una persona acudiera el gato de la casa seguro de que habría carne para él, y, por último, la charla incesante del barbero y sus continuas preguntas.

En cierta ocasión entró á que le afeitaran en el portal de uno de los maestros más locuaces de su época un hombre de pocas palabras y de carácter atrabiliario.

Empezó el rapa-barbas su tarea, amenizándola con una conversación interminable, en la que enlazaba la política con la religión, la historia con el toreo, todo lo divino y humano, en fin, sin que el malhumorado oyente le replicara una palabra.

No sabiendo ya el hablador de qué tratar, pues aquel mutismo le desconcertaba, dijo, sin duda para ver si este registro le producía mejor efecto que los anteriores: aseguran que viene ahora al Teatro Principal una compañía de canto.

Y el parroquiano, iracundo ya, exclamo ¿y á mí qué me importa que venga de canto ó de frente?

Otro Fígaro tenía la costumbre, muy usual entre sus colegas, de preguntar al individuo á quien afeitaba: ¿quiere usted que le apure?

Una vez dirigió la consabida pregunta á un sujeto de buen humor y este contestóle en tono suplicante: por Dios, no me apure usted, que bastantes apuros tengo en mi casa.

Los barberos antiguos idearon un medio originalísimo y hasta cierto punto ingenioso, de rasurar sin grandes dificultades las mejillas á los hombres que tenían los pómulos muy hundidos por la falta de dentadura ó por la sobra de años; les hacían que se introdujeran en la boca una nuez, la cual elevaba convenientemente la citada parte de rostro.

Una de las personas con quienes había que poner en práctica tal procedimiento, por un descuido se tragó la

nuez y el barbero hízole estas "gratas" manifestaciones á fin de que no se alarmara por el percance: no se preocupe usted; eso no tiene importancia. Ya se la han tragado muchos parroquianos y todos me la han devuelto.

Los lunes y viernes, que eran días quebrados ó de poco trabajo, y la mayoría de las noches, después de terminada la tarea, formábanse en las barberías animadas reuniones y los concurrentes pasaban las horas ya leyendo la prensa, ya comentando la última faena de Lagartijo ó la aventura más reciente del bandido Pacheco, ya jugando á las damas ó ya, en fin, ensayando en la guitarra las obras elegidas para las serenatas del sábado.

A las diez de la noche concluía la velada; el maestro apagaba las luces del velón pendiente del techo ó del reverbero de petróleo colgado en la pared; cerraba la puerta con doble vuelta de llave y cada mochuelo á su olivo, si la reunión no tenía un breve epílogo en la taberna más próxima mientras los contertulios apuraban unas chicuelas del flojo ó unas medias de Montilla.

Hasta el último tercio del siglo XIX hubo en Córdoba algunas de estas barberías que pudiéramos llamar clásicas; hoy salo nos las recuerdan una ó dos de la plaza de la Corredera y del Campo de la Verdad, aunque no estén empapeladas, con números de El Motín y La Lidia ni en ellas se utilice ya el primitivo procedimiento de la nuez para afeitar á las personas de pómulos hundidos.