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Don Saturio Morón (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Don Saturio Morón es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Acaba de morir una de las personas más ancianas y populares de Córdoba: don Saturio Morón.

¿Quién no conoció a aquel hombre menudito, nervioso, inquieto, de rostro sonrosado, de blanca barba, muy sordo, muy locuaz y muy simpático que, durante los últimos años, recorría diariamente varias veces nuestra población, deteniéndose con cuantas personas hallaba al paso, para contarles algún suceso, alguna historia del tiempo viejo, del que era cronicón viviente?

Don Saturio Morón procedía de Soria; como otros muchos hijos de aquella provincia laboriosa y honrada vino, en unión de su hermano, cuando ambos eran niños, a nuestra capital para dedicarse aquí a la profesión de dependiente de comercio.

Ambos obtuvieron colocación en la primitiva Fábrica del Cristal, establecida por don Jose de la Cruz en parte del edificio de la plaza de la Corredera que fué cárcel en la antigüedad y hoy es el mercado de Sánchez Peña; en aquel gran almacén de quincalla, bisutería, loza y cristal el primero de su clase que se instaló en Córdoba; el primero siempre en importancia y uno de los mejores y más renombrados de Andalucía.

Allí Morón se hizo hombre, desplegó las excepcionales dotes que poseía para estar detrás de un mostrador y empezó a adquirir la extraordinaria popularidad de que después gozara.

A costa de privaciones logró poseer algunos ahorros y, un día, se decidió a establecerse, ejemplo que después siguió gran parte de la dependencia de la Fábrica de Cristal.

En la calle de la Espartería, sitio entonces de los más céntricos de la población, instaló una modesta tienda, falta de objetos de lujo pero bien surtida de los artículos de batalla.

Y una parte no pequeña de los asiduos compradores de la Fábrica de Cristal, a los que apropiadamente no se les podía llamar parroquianos de aquella, sino de Don Saturio, fué en busca de éste a su nueva casa.

Y la tienda de Morón estaba llena a todas horas, especialmente por las mañanas, cuando las mujeres iban a mercado.

Pocas, muy pocas, regresaban a sus casas sin haber visitado a Don Sarturio, como la gente del pueblo le decía, ya para comprar el ovillo de algodón, ya el papel de agujas, ya el vaso de vidrio, ya el paquete de horquillas o el abanico pintarrajeado.

Y Morón, más activo que todos sus dependientes, no permanecía quieto un instante, se multiplicaba, se desvivía para servir y complacer a su enorme clientela, siempre afable, siempre cariñoso, siempre locuaz.

Nunca le faltaba un adjetivo para encomiar su mercancía, ni una frase galante para dedicarla a las mozas, ni un hábil pretexto para entretener a la compradora que mostrara más prisa por marcharse, mientras despachaba a otras con su actividad febril.

Había dos artículos que pudiéramos llamar especialidades de su establecimiento: los cromos primitivos, de colores chillones, y los cuadros pintados al óleo, que vendía, con marco, a cuatro o cinco pesetas.

En dichos artículos ningún comerciante compitió con el y puede afirmarse, sin incurrir en exageración, que llenó de cromos y lienzos mal pintados casi todas las casas de Córdoba.

¿En que comedor faltaban los cromos representando la cacería, el bodegón, el puesto de verduras y el frutero, o las escenas campestres y las marinas?

¿Y qué moza del pueblo, cuando se disponía a contraer matrimonio, no adquiría de la tienda de Don Sarturio, para colocarlo sobre la capa, el lienzo con el Cristo ensangrentado o el santo de su devoción?

Merecía ser oído el popular comerciante cuando se dedicaba a hacer la crítica de aquellas obras pictóricas. Ni un cuadro de Murillo atesoraba mayores meritos.

A veces no faltaba persona de buen humor que le interrumpiera con una frase satírica, pero entonces Morón aprovechaba su sordera, que no le impedía entenderse perfectamente con el público, para no oir la interrupción.

También, en ocasiones, ponía su falta de oído al servicio del negocio.

En una época estuvieron de moda, como elemento decorativo de las habitaciones, unas grandes esferas de cristal de colores, que se colgaban en los techos o las paredes.

Morón adquirió una importante partida de estos adornos, pero como resultaban caros y la mayor parte de la clientela del comerciante estaba formada por la gente del pueblo, la venta de tal articulo era casi nula.

Don Saturio ideó entonces un orignial procedimiento de propaganda.

Llegaba un comprador, pedíale cualquier objeto y él invariablemente, escudándose en la sordera, le decía: ¿con que quiere usted una bolita de cristal? Pues las tengo preciosas y muy baratas.

Y enseguida llenaba el mostrador de esferas de colores, aunque el parroquiano hubiera pedido palillos para los dientes.

Trabajando sin cesar durante el día y gran parte de la noche, siempre esclavo de su negocio, ajeno al vicio y a la diversión, logró, no en corto tiempo, reunir un capital que le asegurara una vejez tranquila.

Entonces cerró su tienda para siempre, no sin que le costara honda pena, dispuesto a descansar de su larga y pesadísima labor.

Pero no se rodeó de comodidades, no transformó su casa ni su mesa; continuó viviendo, al lado de su hermano, con la misma modestia que anteriormente.

Hombre inquieto, de actividad febril, que no cedió ni al peso de los años, levantábase al amanecer y muy temprano, en todos los tiempos, sin temor a los rigores del frío ni del calor, lanzábase a la calle, según decía para hacer ejercicio, para respirar los aires puros de que había estado privado durante su esclavitud detrás del mostrador y para recorrer a Córdoba e inspeccionar todos sus rincones, pues era un admirador profundo, un verdadero enamorado de nuestra ciudad y de sus campos hermosos.

En su casa y en los descansos de sus largos paseos a la Sierra leía mucho, siempre libros o periódicos en que se tratara de la historia de Córdoba, de sus monumentos, de sus santos, y como poseía una memoria privilegiada y por su tienda habían pasado varias generaciones, siempre dispuestas a narrar y comentar el suceso del día, era, como al principio decimos, un cronicón viviente, un arsenal de interesantes noticias.

En sus contínuas excursiones por la población, a cada momento detenía la marcha para recordar a cuantas personas encontraba al paso una efeméride del día, un hecho memorable, un suceso ocurrido en el lugar en que se hallaban, una persona de significación nacida en aquella calle o una anécdota rebosante de gracia y de ingenio.

Católico ferviente, y de serlo se jactaba, muy pocos días, en sus paseos por la ciudad, dejaba de visitar el santuario de la Fuensanta y la iglesia de San Rafael y más de una vez cooperó a costear las reparaciones y mejoras realizadas en el primero de los templos mencionados.

Rendido al peso de los años cayó para no levantarse mis el popular don Saturio. Sobre su tumba puede grabarse uno de los epitafios más enaltecedores: Fue un hombre honrado, laborioso y bueno, que consagró su vida al trabajo y en el trabajo halló la recompensa.

Junio, 1918.