Oradores Sagrados es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Uno de los muchos libros de gran interés para el conocimiento de nuestra cultura, que están por escribir, es la Historia de la oratoria sagrada en Córdoba y alguien debiera acometer la empresa de publicarla, que no resultaría difícil, porque para ello se cuenta con un riquísimo arsenal de valiosos datos.
El sabio e inolvidable cronista de esta ciudad don Francisco de Borja Pavón recopiló en tres volúmenes manuscritos notas muy completas para esa obra, relativas a los predicadores de los siglos XVII y XVIII.
Faltan, pues, los del siglo XIX que se pueden reunir con facilidad, porque en tal centuria no fueron muchos los oradores notables que ocuparon la Cátedra del Espíritu Santo en nuestra población y, acerca de algunos de ellos, el docto magistral don Manuel González Francés consignó ligeras noticias en su magnífico discurso referente a “Las ciencias sagradas en la Diócesis de Córdoba”, leído en la apertura del curso en el Seminario Conciliar de San Pelagio y publicado después en un folleto.
Como materiales para la obra indicada, que sin duda tendrían gran valor, vamos a mencionar hoy en estos Recuerdos de otros días , sin orden cronológico, varios predicadores cordobeses de famá [sic] o que residieron en esta ciudad y dirigieron en ella frecuentemente la palabra a los fieles desde la tribuna del templo en el siglo próximo pasado.
Concederemos el primer lugar a nuestro paisano don Diego Mariano Alguacil, Obispo de Badajoz, Vitoria y Cartagena, que obtuvo celebridad por sus brillantes discursos, saturados de Filosofía, en el Colegio de Manteistas de San Pablo, verdadero plantel de oradores, y en las diversas diócesis que rigió.
Reputación análoga a la suya logró su tío fray José Rodríguez, comendador de la Orden de la Merced, que, al morir, dejó manuscritos más de quinientos sermones, todos los cuales se han extraviado.
En el convento de San Pablo, residencia de los frailes domínicos, hubo también predicadores notables, tales como los reverendos padres Valerio, Aguilar, Pastor, Romero y Fernández, este último lector de la comunidad.
Asimismo honraron el púlpito, en la primera mitad del siglo XIX, el padre agustino Muñoz Capilla; el canónigo penitenciario don Juan Nepomuceno Cascallana, después Obispo de Málaga; los canónigos don Manuel Jiménez Hoyo, don Rafael Sierra Ramírez y don Fernadno Golmayo, que publicó dos tomos de sermones impresos en la tipografía del Diario de Córdoba ; el magistral señor Garrido, y el lectoral señor Pisa
Igualmente sobresalió como predicador el sacerdote de imperecedera memoria don Agustín Moreno que recopiló sus mejores discursos sagrados en un volumen.
Tampoco dejaremos de consignar que otro orador de gran reputación, el Arzobispo de Zaragoza señor Benavides, dejó oir su elocuente palabra más de una vez en nuestros templos.
En la segunda mitad del siglo último esta ciudad tuvo la honra de contar entre su clero, en el Cabildo Catedral, a uno de los primeros oradores religiosos de España, al magistral don Manuel González Francés.
Unía a una elocuencia excepcional, a una palabra avasalladora, vastísima erudición, conocimiento muy profundo de todas las ciencias y especialmente de la Teología, la Filosofía y la Historia.
Es verdaderamente sensible que el señor González Francés no recopilara y publicara sus principales sermones, porque constituirían un verdadero monumento de la oratoria sagrada.
En este periodo hubo también en el Cabildo Catedral otros predicadores de dotes excelentes, tales como el canónigo don Miguel Riera de los Angeles, que, a semejanza de don Manuel González Francés, dominaba la pluma con igual maestría que la palabra; el doctoral don José Agreda Bartha y otros.
Por las residencias que en esta población tienen los jesuitas y los misioneros del inmaculado Corazón de María pasaron algunos sacerdotes que con sus talentos y elocuencia enaltecieron el púlpito.
Entre los jesuitas mencionaremos al padre Sánchez Prieto, superior que fue de la casa que la Compañía de Jesús posee en la Real Colegiata de San Hipólito, quien sobresalía no tanto por su elocuencia como por su erudición y conocimientos profundos de las ciencias teológica y filosófica, y el padre Moga, sabio arqueólogo, historiador y filósofo, que predicaba con verdadera unción evangélica y con su palabra dulce, persuasiva, afable lograba atraer a las personas en que la Fe tuviera menos arraigo.
Y respecto a los misioneros del Corazón de María no omitiremos el nombre del padre Arevalo, que conquistó justa fama en la cátedra sagrada cordobesa.
Podríamos citar otros afamados predicadores hijos de esta ciudad o que en ella residieron pero prescindimos de consignarlos porque, afortunadamente, viven todavía y en estas notas retrospectivas procuramos siempre tratar de lo que ya pasó a la historia.
Si en remotas centurias la patria de Osio contó en el clero regular y secular con varones ilustres que difundieron elocuentemente las salvadoras doctrinas de Jesucristo, en el siglo XIX tampoco faltaron sacerdotes que supieron dar brillo a la cátedra del Espíritu Santo, sin convertirla en tribuna de mitin para lanzar diatribas desde ella ni falsear, involuntariamente, la historia, por el afán de hacer gala de una prodigiosa erudición, sino con la serenidad y sencillez que no deben abandonar los apóstoles de la Religión; sin apartarse del Evangelio; hablando a todos con la dulzura que pusiera en sus labios el Divino Salvador de la humanidad hasta cuando se dirigía a los más grandes pecadores, a sus propios enemigos y verdugos.
Seríamos injustos si no dedicáramos un recuerdo en estas líneas a dos grandes predicadores contemporáneos, ya por desgracia fallecidos, a los que tuvimos ocasión de oir y admirar varias veces que vinieron de sus residencias para predicar en distintas novenas y otros actos del culto; nos referimos al padre carmelita Estanislao de la Virgen del Carmen y a fray Luis de Valdilecha, religioso capuchino.
Ambos dominaban de una manera portentosa las Ciencias Morales; ambos poseían el don de la palabra en grado superlativo y en sus admirables oraciones desentrañaban los arduos problemas sociales que hoy preocupan a la humanidad; exponían las soluciones que para ellos tiene la Iglesia Católica y sin emplear frases que desentonaran del lenguaje que se debe usar en la Casa del Señor ni descender de la noble altura de su cátedra, fustigaban al vicio con dureza, con la energía demostrada por el Hijo de Dios para arrojar a los judíos del templo.
Si los predicadores enumerados y otros muchos dejaron fama por sus dotes excepcionales, no faltó alguno cuyo nombre ha pasado a la posteridad, perpetuado en una décima por un poeta anónimo, de tan menguada facundia, de tan escaso intelecto, que hubieran podido aplicársele los versos clásicos:
“Para orador te faltan más de mil;
para arador te sobran más de cien”.
Era un religioso dominico llamado el padre Soto, que seguramente no tenia parentesco alguno con fray Domingo de Soto, autor de los Cánones del Concilio Trentino.
Un humorista, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, créese que compañero del pobre fraile, después de oirle predicar dedicóle la siguiente estrofa, la cual se hizo tan popular en Córdoba que ha llegado hasta nuestros días desde los comienzos del siglo XIX.
Dice así la intencionada e ingeniosa décima:
Si el lego que sirve fiel
al padre Soto, tuviera
otro lego, y éste fuera
mucho más lego que aquél,
y escribiera en un papel
de estraza, manchado y roto,
a toda ciencia remoto,
un sermón, este sermón
fuera, sin comparación,
mejor que el del padre Soto.
Noviembre, 1919.
