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Los Cazadores (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Los Cazadores es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Aunque la afición a la caza no ha desaparecido en Córdoba es hoy mucho menor que durante la primera mitad del siglo XIX

En aquella época contribuían a fomentarla las facilidades que encontraban los aficionados a este deporte para entregarse a él, pues a dos pasos de la capital encontrábanse en abundancia lo mismo reses que pájaros y podía cazarse sin necesidad de licencia ni de permisos especiales de los propietarias de tos terrenos.

El monte se extendía hasta la Arruzafa, donde había numerosos jabalíes, ciervos y venados, y en las mismas puertas de la ciudad se criaban las perdices y los conejos.

Para matar varias docenas de pájaros bastaba ir al olivar del Campo de la Merced o al haza situada en el lugar que hoy ocupan los jardines de la Agricultura, en el centro de la cual levantábase una casilla destinada a fábrica de fósforos de cartón.

Apenas llegaba el Otoño empezaban a organizarse excursiones cinegéticas, especialmente monterías, que duraban hasta la terminación del invierno.

Eran famosas las que se efectuaban en Moratalla, a las que el Marqués de Villaseca, propietario de esta finca, invitaba a significados políticos, aristócratas y otras personalidades.

En una de estas cacerías, al recorrer la sierra de Hornachuelos, se inspiró el insigne poeta cordobés don Angel de Saavedra, Duque de Rivas, para escribir su drama inmortal Don Alvaro o la fuerza del sino .

Entre los cazadores de nuestra aristocracia figuraba en primer termino el Barón de San Calixto por su extraordinaria afición a dicho deporte, su gran pericia en cuestiones cinegéticas y su puntería maravillosa.

Pasaba gran parte del año en sus magníficas posesiones, acompañado de varios amigos y dedicado exclusivamente a su diversión favorita.

También fué un monteador famoso de aquellos tiempos un platero apellidado Ordóñez y distinguiéronse, asímismo, por su afición, entonces y posteriormente, entre otros muchos, el Marques de Cabriñana, don Antonio Molina, don Gregorio Jiménez, el Marqués de Santa Rosa y don José González Correa.

Nuestros cazadores poseían soberbias rehalas de perros que no sólo tomaban parte en las monterías que se organizaban en esta provincia, sino en casi todas las de la región andaluza.

El número uno de las escopetas negras era Antonio Mesones, hombre popularísimo entre los monteadores, indispensable en todas las excursiones cinegéticas de importancia y amigo inseparable del Barón de San Calixto.

Como ya hemos dicho, en los tiempos a que nos referimos abundaba extraordinariamente la caza en nuestra Sierra y en todas las expediciones se cobraba un número de piezas inconcebible.

Al regresar los monteadores a la población precedíales una larga fila de burros cargados de reses y entre ellos marchaba un individuo anunciando, a toque de caracol, el paso de la comitiva

El vecindario, al oirlo, salía a las puertas de sus viviendas para ver la caravana y, al día siguiente muchas personas acudían al mercado con el objeto de adquirir carne de jabalí o de ciervo, porque aunque los cazadores repartían mucha entre sus familias y amigos, aún les sobraba bastante para venderla.

Cuando visitó a esta ciudad el eminente literato francés Alejandro Dumas, acompañado de su hijo y del notable pintor Boulanger, autor del célebre cuadro titulado Mazepa , distinguidas personalidades de Córdoba le obsequiaron con una cacería en la Sierra, pues tenia gran afición a dicho deporte.

Dumas expresó su vivo deseo de presenciar una escena del bandolerismo andaluz, que entonces hallábase en todo su apogeo, y, el popular Manuel Rojas, improvisó una partida de salteadores de caminos que, con sus trajes típicos, sus enormes trabucos y montados en briosos corceles, salióle al encuentro en una tortuosa senda del monte, obligándole a detenerse con la imperativa y poco grata frase de: la bolsa o la vida.

El novelista celebró mucho la aventura y felicitó a sus autores pero, al regresar a su país, escribió una obra en la que convertía la novela en realidad y aseguraba que estuvo algunos días en Sierra Morena secuestrado por unos temibles bandoleros.

Así pagó la hospitalidad de que fue objeto por parte de varios aristócratas y escritores de nuestra población.

Con la compañía ecuestre y gimnástica de don Rafael Díaz vino un artista, el capitán Rosell, que hacía blancos maravillosos.

Varios cazadores de admirable puntería, entre ellos Guerrero, el cobrador del establecimiento conocido por Fabrica de Cristal, le invitaron una tarde a tirar gorriones en el Campo de la Verdad.

Rosell se cansó de disparar su escopeta sin matar un pájaro, mientras sus compañeros no desperdiciaban un cartucho.

Molestado el artista por las indirectas de sus acompañantes ató una gallina a un árbol y, desde una distancia enorme, comenzó a dispararle con bala.

Al parecer no tenia más fortuna en esta prueba que al tirar a los gorriones, por lo cual sus acompañantes principiaron ya a mofarse de él sin disimulo.

Cuando hubo hecho un par de docenas de disparos soltó el rifle, dirigióse al árbol en que estaba la gallina, la desató y mostróla a los cazadores cordobeses diciendo: señores, he conseguido mi propósito; no quería matarla, sino cortarle la cola a balazos y vean ustedes que no le queda en ella ni una pluma.

Nuestros tiradores quedaron asombrados de los blancos prodigiosos del Capitán Rosell.

Frecuentemente se constituían en esta capital sociedades de caza que arrendaban y acotaban grandes extensiones de terreno para efectuar monterías, en las que no sólo tomaban parte los socios, sino muchos invitados entre los que solían figurar significadas personalidades políticas.

En muchas de estas excursiones la gente de buen humor se divertía haciendo víctima de bromas pesadas a algunos de los expedicionarios.

En cierta ocasión unos cazadores traviesos llevaron un joven tímido y apocado a una montería con el único objeto de que les sirviera de diversión.

Apenas llegaron al caserío en que habían de albergarse pusieron en practica una idea diabólica. Obtuvieron, con yeso, la mascarilla del gañán peor encarado que había en la cortijada; la tiñeron con azafrán para que presentase aspecto cadavérico; uniéronla a un pelele vestido de negro y colocaron éste sobre el lecho del joven.

Los señores de la broma ansiaban que llegase el momento de que su presunta víctima se retirase a su habitación, pues estaban seguros de que iba a morir de susto o poco menos.

Al fin el joven apocado dió las buenas noches a sus compañeros y se marchó a dormir.

Transcurrieron varios minutos, un cuarto de hora, sin que se oyera, no ya el grito de terror que esperaban los bromistas, sino el mas leve ruido.

Temerosos de que el muchacho hubiera sufrido un desmayo, sus camaradas se aceraron, de puntillas, al dormitorio y vieron, con gran asombro, que el compañero tímido había trasladado el pelele de cama y roncaba en la suya a pierna suelta

Había un cazador de perdiz tan dormilón que en todas las expediciones era el primero que se acostaba y el último que abandonaba el lecho, no obstante lo cual solía quedarse tan profundamente dormido en el puesto como si estuviera en un colchón de plumas.

Un día en que antes de que concluyera de ponerse el sol abandonó la agradable tertulia de la cocina del cortijo para entregarse al sueño, decidieron sus amigos despertarle de un modo bastante original.

Condujeron a la habitación de aquel un enorme buey y lo colocaron junto a la cama.

Los resoplidos del animal sacaron de su profundo letargo al dormilón, que abrió los ojos, pero no hizo siquiera un gesto de extrañeza ni de terror ante la inesperada presencia del astado huésped; limitóse a dar media vuelta para que el aliento de la res no le molestase en la cara y siguió el sueño, interrumpido unos instantes.

Aunque la alegría y el buen humor son las notas características de las excursiones cinegéticas, algunas veces sustituyeron a las risas y las bromas las manifestaciones de dolor motivadas por sucesos lamentabilísimos, por desgracias irreparables, hijas, casi siempre, más que de la imprudencia, de la fatalidad; una de ellas fue la muerte, producida involuntariamente por un disparo, de don Lope de Hoces, Conde de Hornachuelos.

El centro de reunión de los cazadores cordobeses era el local llamado la salilla del Café Suizo viejo.

Allí se congregaban diariamente muchos aficionados a los deportes cinegéticos para organizar expediciones, comentar los incidentes de las cacerías y narrar las hazañas y aventuras de que cada contertulio había sido protagonista, exagerándolas de modo extraordinario, pues sabido es que, por regla general, todo buen cazador posee una prodigiosa fantasía.

Cuando se hallaba en Córdoba el Barón de San Calixto nunca faltaba a la reunión de la salilla del viejo Café, acompañado del famoso escopetero Antonio Mesones.

Muchos monteadores ostentaban en los sitios más visibles de sus casas, como trofeos valiosos de sus triunfos, cabezas de venados, ciervos y otras reses. En el patio de la antigua casona de la calle de Manriques, donde habitó don Ricardo Belmonte y Cárdenas, Marques de Santa Rosa, aún se ven, pendientes de las paredes, los restos de muchas de las citadas cabezas, ya casi destruidas por la acción del tiempo.

Y no terminaremos estos Recuerdos de otros días sin consignar dos notas literarias. Un distinguido periodista e inspirado poeta cordobés, don Fernando de Montis y

Vázquez, escribió un curioso “Tratado de caza”, que no llegó a publicar, y un ferviente devoto de San Huberto, don Manuel López Domínguez, formo una interesante biblioteca de obras cinegéticas, en la que reunió gran número de volúmenes, algunos raros y de merito.

Acerca do ellos publicó numerosos artículos, que los cazadores leían con avidez, en las columnas del Diario de Córdoba .

Diciembre, 1919.