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Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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El Pavo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Los periódicos locales publicaron hace pocos días la noticia de la muerte del popular limpiabotas conocido por el Pavo .

Este era uno de los tipos callejeros de Córdoba, no exentos de originalidad, que van desapareciendo en el transcurso de los años y con los cuales podría formarse una galería curiosa y de interés para la historia íntima de nuestra ciudad.

Fernando Guzmán, él se añadía el Bueno, ignoramos si con derecho o no a este apellido compuesto, prestó sus servicios a la patria como artillero en Cuba, donde realizó proezas análogas a las de su antepasado el héroe de Tarifa, por las que obtuvo los galones de sargento.

Esta parte de su historia se ajusta al testimonio del propio interesado, aunque personas dignas, de crédito y que tienen motivos para estar bien informadas, aseguran que Fernando Guzmán no fue tan bravo como se pintaba a sí mismo ni pasó de soldado.

Al terminar sus deberes militares regresó a su tierra natal y, como carecía de oficio, y no encontró mejor ocupación, dedicóse a la de limpiabotas.

Meditando, sin duda, en el negro porvenir que le esperaba, después de muchas cavilaciones, se decidió á ensayar sus aptitudes para el único arte que proporcionaba dinero en España y un día aparecieron en las esquinas grandes cartelones con el anuncio de una corrida de novillos, en la que-había de actuar, como matador, por primera vez, Femando Guzmán (a) el Pavo.

Como se trataba de un tipo popular, de esos cuya vida, aun en los trances más difíciles, toma la gente a broma y sólo sirven para divertirla, hasta cuando vierten lagrimas de dolor, nuestra Plaza de toros se llenó de público la tarde de la presentación del nuevo diestro.

Y el Pavo cumplió su cometido ni peor ni mejor que otros novilleros que viven, o medio viven, rodando y recibiendo avisos y revolcones por esos pueblos de Dios.

Pero Fernando Guzmán, como era imposible tomarle en serio, fracasó y hubiese fracasado aun siendo uno de los fenómenos de nuestros días.

Insistió, no obstante, en sus propósitos, hasta convencerse plenamente de que no podía comer con los toros y resignóse a continuar agarrado a los cepillos como única tabla salvadora.

Algún tiempo después vino a Córdoba una compañía de titiriteros en la que figuraba un aeronauta, Enrique Moscardó.

El empresario de la compañía tuvo una idea feliz, contratar al Pavo para que efectuase una ascensión en globo y después matara a un novillo.

Fernando Guzmán aceptó la proposición, viendo en lontananza algunas peseta; firmó su contrato y la noche anterior al día en que debía poner a prueba su valor por partida doble, fue encerrado, ante el temor, muy justificado por cierto, de que se arrepintiera de su proyectada acción heroica.

Llegó el momento de surcar el espacio, sujeto en unas anillas, vistiéronle un blanco traje de marino, que armonizaba perfectamente con la mortal palidez de su rostro, salió a la plaza, donde una gran multitud lo esperaba con impaciencia, y al ver en el centro el montgolfier luchando para desasirse de las amarras, el pánico más espantoso se apoderó del limpiabotas y dijo que subiera su antecesor Guzmán el Bueno, pues el no subía en el globo.

Mas el recuerdo de las pesetas que iba a perder, la visión no lejana de la cárcel y la proximidad a sus narices de un enorme garrote en manos de uno de los forzudos titiriteros, decidiéronle a realizar el sacrificio.

Y el Pavo voló mucho más alto que las aves de su especie, y al descender estuvo a punto de morir asfixiado porque el globo empezó a caerle encima, y volvió al circo taurino, donde el público le recibió con una ovación, la primera que escuchaba en su vida, y mató al novillo y, acaso en aquellos instantes, hubiera sido ya capaz de matar a un tigre de Bengala, entusiasmado por el éxito y recordando las pesetas, la cárcel y el garrote.

Pocos días después, ya con menos miedo, efectuó otra ascensión y acaso las habría repetido si su maestro Moscardó no se hubiese ausentado de Córdoba, para no volver más, pues murió al poco, víctima de la tuberculosis.

Había que oir al Pavo contar las impresiones de sus viajes aéreos; al hablar de ellos considerábase superior a su auditorio y se titulaba aeronauta con tanto orgullo como se hacía pasar por descendiente de Guzmán el Bueno.

En una ocasión tuvo que declarar en la Audiencia, como testigo, en la vista de una causa.

Sometido al interrogatorio previo que marca la ley, cuando le fué preguntada su profesión, contestó muy serio: limpiabotas y aeronauta, y el presidente del Tribunal, hombre de extraordinaria sencillez y que ignoraba las aventuras del Pavo ; exclamó con tono severo: en cuanto diga usted otra tontería lo mando a la cárcel.

Fernando Guzmán enmudeció y no hubo quien le arrancara una palabra más.

La realidad despiadada arrebató a este infeliz todas las ilusiones de triunfo; comprendió que para él no estaban los billetes en el morrillo de los toros que, surcando el espacio no se encontraban los elementos necesarios para preparar un buen cocido y desde las alturas donde se mira frente a frente a las águilas descendió a la tierra donde se está en convivencia con las hormigas, para seguir dando lustre a las botas de sus parroquianos.

Pero, en su afán de salirse de la vulgaridad, no efectuaba esta humilde operación de igual modo que sus camaradas; él limpiaba el calzado con arte, haciendo juegos malabares con los cepillos, aunque en alguna ocasión estos fueran a estrellarse en el rostro de cualquier transeunte.

Fernando Guzmán vivía con su madre y cuando la pobre anciana rindióse en la jornada de la vida, el Pavo quedó sólo, sin un pariente, sin un amigo, sin una persona que se interesara por él.

Carecía de hogar, no ganaba lo suficiente para atender a su subsistencia, y, en estas condiciones, el vicio de la embriaguez lo dominó por completo e hizo que huyesen del pobre limpiabotas los mismos que antes le buscaban para que les divirtiera.

Comía cuando la caridad le daba unos mendrugos; dormía en el rincón de una taberna o en el asiento de un paseo a no ser que, a causa de haber promovido algún escándalo, los dependientes de las autoridades le condujeran al arresto municipal, entre las airadas protestas del antiguo aeronauta por los pocos miramientos que se tenían con un descendiente de Guzmán el Bueno.

El hambre, el vicio, la miseria, produjéronle, como consecuencia lógica, la tuberculosis y, hace pocos días, un buen día para él, Fernando Guzmán acabó su mísera existencia en una cama del Hospital de Crónicos.

Este ser desgraciado, apesar de su abyeción [sic] y sus aberraciones, tenía algo bueno, algo digno de elogios: profesaba un cariño extraordinario a su madre.

Cuando la perdió, en todos los momentos de su vida, aun en aquellos en que la embriaguez le tenía más perturbado, brotaba de sus labios el recuerdo de su madre para enaltecerla y bendecirla.

Si los restos de ese infeliz juguete de la desgracia, en vez de haber ido a la fosa común reposaran en un sepulcro y ese sepulcro tuviera una lapida, nosotros pondríamos en ella, bajo el nombre del muerto, y como único epitafio, estas cuatro palabras: ¡Fué un buen hijo!

Octubre, 1917.