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Las Ultimas Chisteras (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Las Ultimas Chisteras es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En estos días de gran solemnidad, en que nuestros abuelos vestían el uniforme de rigurosa etiqueta para asistir a las fiestas religiosas, nos parece oportuno dedicar un recuerdo al elemento complementario de dicho traje, hoy relegado al olvido casi por completo: al severo y monumental sombrero de copa.

¡Qué pintoresca y accidentada es su historia! ¡Qué variable es su destino! Él, como Don Juan Tenorio en materia de amores, ha recorrido toda la escala social, si no desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca, desde el aristócrata de más blasones hasta el último plebeyo.

En sus comienzos, la chistera sustituyó al primitivo sombrero calañés y lo mismo la usaban el campesino y el obrero de la ciudad que el empleado, el propietario y el hombre que ejercía una carrera.

El sombrero de copa destronó por completo al calañés, que sólo muy contadas personas del pueblo, apegadas a la tradición, siguieron usando.

En Córdoba hubo una excepción, el aristócrata señor Díaz de Morales, que se negó a cubrir su cabeza con el tubo, y jamás abandonó el calañés, un enorme sombrero de felpa, sujeto con una cinta negra a guisa de barbuquejo.

El hongo se encargó de vengar al calañés de la mala partida que le había jugado la chistera, derrumbándola de su pedestal, como esta había derrumbado a aquel, en un motín famoso que ha pasado a la historia.

Entonces apareció un libro muy curioso en el que los primeros literatos de España expusieron donosamente sus opiniones acerca del sombrero de copa, haciendo un verdadero derroche de ingenio y de gracia.

Hubo quien rehusó manifestar el juicio que le merecía el sombrero destronado, limitándose a decir:

Yo ni enaltezco ni censuro el hongo; si todos se lo ponen, me lo pongo”

Tampoco faltó un ingenioso escritor que lanzara un dardo tremendo contra la chistera, concretándose a suscribir dos versos de una oda clásica:

Las torres que desprecio al aire fueron a su gran pesadumbre se rindieron”.

Desde la derrota del sombrero en que nos venimos ocupando, éste quedó reservado para los actos de etiqueta, las fiestas de Semana Santa y del Corpus Christi, los funerales y la presidencia de las corridas de toros.

¡Y era digna de admiración la colección de variadísimas chisteras que en las grandes solemnidades se exhibían hace un cuarto de siglo!. Al lado de la de ala muy reducida, casi imperceptible, veíamos la de ala enorme, característica del inmortal sainetero don Ramón de la Cruz; junto a la de forma cilíndrica, larga y estrecha, como tubo de chimenea, la que semejaba una campana, popularizada en las caricaturas del Tío Sam; unida a la primorosamente planchada, la de pelo revuelto, signo distintivo del famoso boticario y ministro Fabié.

En Córdoba hubo cuatro personas tan amantes del sombrero de copa que no quisieron sustituirlo por el hongo o la cartulina y lo usaron durante toda su vida, pudiendo decirse que constituía en ellas un sello característico.

Fué uno de los hombres aludidos el prestigioso abogado don Rafael Barroso Lora; continuamente le encontrábamos en nuestras calles, embutido en un largo gabán, con su enorme chistera, la cual sobresalía en el grupo que formaban, todas las noches, los asiduos contertulios de don Manuel Marín Higueras, en su botica de la calle del Conde de Gondomar.

Era otro el catedrático del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza don Manuel Burillo de Santiago, a quien no reconocieron sus alumnos un día que se presentó en cátedra sin sus largas patillas y el descomunal sombrero de copa.

Las personas que acostumbraban a pasear en los jardines altos de la Agricultura, que desaparecieron hace muchos años, invariablemente encontraban todas las tardes en ellos, sentado en un banco, solo y al parecer meditabundo, a un anciano de aspecto venerable, de luenga barba blanca, que nunca abandonaba la gabina ; era don Rafael Rojas, un antiguo empleado de los juzgados municipales.

Finalmente, en el quicio de la puerta de un vetusto edificio de la calle del Conde de Gondomar, hace ya mucho tiempo demolido y reedificado, veíamos a casi todas las horas del día y de la noche, a un hombre alto y derecho como una pértiga, de porte distinguido, con un raído gabán y una chistera muy deteriorada que, en pie, inmóvil, con una mano extendida para recibir las limosnas de los transeuntes, parecía la estatua del dolor y de la miseria vergonzante.

Era don Eugenio -así le llamaba todo el mundo- una persona que disfrutó de buena posición y a quien la pérdida de la vista y reveses de fortuna redugeron [sic] a la triste condición de mendigo.

El Domingo de Ramos, el Jueves y Viernes de la Semana Santa y el día del Corpus Christi estos cuatro sombreros de copa se confundían con otros muchos, porque la chistera y la levita eran indispensables para asistir a los cultos y a las procesiones.

Con el transcurso del tiempo fué desapareciendo esta costumbre y la gabina quedó reservada únicamente, como ya hemos dicho, para los funerales y la presidencia de las corridas de toros.

Hoy ni en esos actos se usa; el hongo y la cartulina en invierno y el sombrero de paja en verano la han derrotado por completo. Sólo en algunas funciones de teatro y en las mascaradas de Carnaval se exhibe, avergonzada de su triste fin.

Y al verla y considerar su último lamentable destino recordamos la sentencia del ingenioso escritor que le aplicó acertadamente los versos de una oda clásica:

"Las torres que desprecio al aire fueron a su gran pesadumbre se rindieron”

20 Marzo, 1921.