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Fiestas Literarias (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Fiestas Literarias es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Cuando en Córdoba, según la feliz expresión de un ingenioso periodista, se podían segar las rosas y los poetas, celebrábanse frecuentemente, en varios centros y algunas casas particulares, reuniones literarias amenísimas en las que nuestros escritores hacían gala de su talento, de su inspiración o de su donosura.

De estas reuniones citaremos en primer termino, sugetandonos [sic] al orden cronológico, las que se verificaban en el domicilio de don Javier Valdelomar y Pineda, barón de Fuente de Quinto.

Entre los concurrentes a ellas figuraban el maestro de las quintillas don Rafael García Lovera y su hermano don Ignacio, poeta y orador grandilocuente.

Para leerlas allí escribió el primero sus bellas composiciones tituladas Las huertas de la Sierra y La mujer y el segundo su hermoso canto A Dios , que tiene estrofas dignas de la pluma de Herrera o de Quintana.

También asistía muy asiduamente don José Jover y Paroldo, marqués de Jover, que con su musa festiva, con su gracia inagotable, deleitaba a sus compañeros de letras.

El barón de Fuente de Quinto ofrecía a sus contertulios las primicias de los trabajos que preparaba para publicarlos en El Cisne , preciosa revista literaria cordobesa por él fundada y dirigida.

Sucedieron a las reuniones de que acabamos de tratar las iniciadas por don Ricardo Martel v Fernández de Córdoba, conde de Torres Cabrera.

En su señorial morada congregábanse su hermano don Teodoro, conde de Villaverde la Alta y el marqués de Cabriñana, cantores de los episodios gloriosos de nuestra historia; don Leopoldo Créstar, autor de versos delicados y sonoros; el gran poeta religioso don Manuel Fernández Ruano y otros muchos.

En una de las veladas a que nos referimos fué presentado un joven desconocido que causó general sorpresa al declamar con verdadero arte, con extraordinaria maestría, una vibrante composición dedicada Al mar . Aquel joven, modesto y simpático, era don Antonio Fernández Grilo.

La sorpresa que originara a los concurrentes el nuevo poeta subió de punto cuando supieron que, quien describía de aquel modo admirable la grandeza del mar no lo había visto, pues apenas traspasó las murallas de su pueblo natal.

En su virtud, uno de los asistentes a la reunión le costeó el viaje a Málaga para que admirase lo que, desconociéndolo, había cantado de manera maravillosa.

Desde entonces Grilo fue el alma de aquellas fiestas literarias; allí deleitó al auditorio resitando [sic] de modo insuperable las composiciones tituladas La monja, La chimenea campesina, Maria al pie de la Cruz, Las Ermitas y otras muchas, reunidas poco después en un volumen, cuya edición fue costeada por el conde de Torres Cabrera.

Finalmente, en estas reuniones, surgió la idea de implantar aquí los Juegos florales y, a los pocos meses, efectuáronse los primeros, con brillantez y solemnidad extraordinarias.

Interesantes y amenísimas eran las tertulias que, con frecuencia, especialmente en las noches de invierno, se improvisaban en el tranquilo y casi misterioso retiro del sabio cronista de Córdoba don Francisco de Borja Pavón, en su típica y popular botica de San Antonio.

Por allí desfilaban los maestros de la literatura y los jóvenes aficionados a cultivarla; el erudito historiador don Teodomiro Ramírez de Arellano; el concienzudo arqueólogo don Rafael Romero Barros; el sentimental poeta don Julio Eguílaz; el culto escritor don Enrique Redel.

Cuando venían a nuestra ciudad algunos literatos residentes en esta provincia no dejaban de asistir a las reuniones del señor Pavón, y eran elementos importantes de ellas el ingenioso y correctísimo prosista don Agustín González Ruano, que enviaba al Diario de Córdoba notables crónicas “desde el ventilado Montemayor”, según consignaba después de la firma, y el altisonante versificador montillano don Dámaso Delgado López.

Todos leían sus trabajos al venerable Don Francisco de Borja Pavón, le consultaban, le pedían consejos, y él, siempre afable, cariñoso, atendíales con solicitud y de sus labios brotaban lecciones altamente provechosas.

Cuando los rigores del mal tiempo o los achaques de la vejez le impedían salir de su simpático retiro, en él se celebraban las sesiones de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, las cuales resultaban allí más interesantes que en el domicilio de la docta Corporación, porque el eximio cronista las amenizaba con la lectura, ya de los curiosísimos documentos encerrados en el famoso armario negro, ya de composiciones poetícas festivas y satíricas, aderazadas con todas las sales del ingenio, ya de la correspondencia, llena de interés, que sostenía con los escritores más insignes de España y del extranjero.

Y cuando se cansaba de leer quitábase las gafas, guardábalas cuidadosamente en su funda de metal dorado y comenzaba una charla amenísima reveladora de su gran cultura, de su vasta erudición, recordando hechos y figuras que pasaron a la historia, emitiendo juicios serenos y acertados acerca de obras científicas y literarias o narrando viajes y aventuras con arte sumo y gracia insuperable.

Hace treinta años, la Sociedad de Plateros celebraba en su domicilio de la plaza de Séneca una velada literaria mensual e invitaba a distinguidos poetas para que tomaran parte en dichos actos, a los que asistía numeroso público.

En tales fiestas, que resultaban muy agradables, el ilustre periodista asturiano don Juan Menéndez Pidal, recién venido entonces a Córdoba para dirigir el diario conservador La Lealtad , recitó sus admirables composiciones El romance de la nieblas y Don Nuño de Rondaliegos ; don Manuel Fernández Ruano deleitó a los concurrentes con los hermosos poemas Las doce de la noche y Las dos novias y con los primeros cantos del dedicado a Carlos V, que no pudo concluir por haberle sorprendido la muerte cuando lo estaba escribiendo, y otros afortunados cultivadores de la gaya ciencia como don Salvador Barasona y don Eurique [sic] y don Julio Valdelomar también leyeron muchas de sus delicadas producciones, sentimentales las de Barasona, llenas de luz y de color las de los hermanos Valdelomar.

En las reuniones a que nos referimos se dió a conocer como inspirado poeta don Filomeno Moreno García, un médico más amigo de las Musas que de Galeno, quien entonces ejercía el cargo de director bel periódico La Provincia , órgano del partido liberal.

Tales fiestas tenían un epílogo delicioso; cuando terminaban las veladas poéticas, la Sociedad de Plateros obsequiaba a los literatos que habían tomado parte en ellas y todos, sosteniendo un verdadero pugilato, hacían gala de su gracia y de su buen humor.

Huelga decír que se prodigaban las improvisaciones en verso, hechas siempre con facilidad extraordinaria por Fernández Ruano y Julio Valdelomar.

Finalmente, en el Círculo Católico de Obreros, creado por el inolvidable Obispo de esta Diócesis fray Ceferino González y establecido en el exconvento de San Francisco, se celebraron numerosas veladas literario-musicales, a las que asistían los socios de dicho centro y sus familias.

En tales reuniones pronunciaba conferencias el director del Circulo mencionado don Manuel de Torres y Torres, después Obispo de Plasencia y leían versos el presbítero don Enrique Llácer Gosálvez, don Rafael Vaquero Jiménez, don Rodolfo Gil Fernández y otros poetas.

En una de las agradábles fiestas en que nos ocupamos, celebrada en la Pascua de Navidad, se verificó la rifa de un pavo, el cual correspondió a don Rafael Vaquero Jiménez.

Este improvisó, en el acto, unas ingeniosas redondillas invitando a los poetas que habían leído composiciones en la velada a una opípara cena en la que engullirían el pavo que la suerte acababa de depararle.

Como sólo se trataba de una broma el banquete quedó en proyecto y en la siguiente reunión literaria del Círculo Católico de Obreros los escritores chasqueados se vengaron del señor Vaquero Jiménez dedicándole una serie de chispeantes versos en que le daban las gracias por su espléndidez [sic] y hasta describían la imaginaria comida, comparándola con las mas suntuosas de Lúculo.

En otra velada del Centro a quenos referimos, un joven que jamás había revelado aficiones literarias, se dió a conocer como poeta, leyendo un romance muy bien escrito, dedicado a la Virgen de la Fuensanta.

El desconocido vate presentaba, en su composición, el santuario donde se venera la imagen de dicha Virgen, sobre un alto y pintoresco monte, lleno de limoneros y naranjos.

¿Cómo había visto este muchacho el templo de la Fuensanta? preguntaban algunas personas del auditorio y otras de buena fe contestábanle: esas son creaciones de la fantasía.

Pero no, no había tales creaciones, lo que había era una frescura inconcebible, según se pudo comprobar poco tiempo después.

El romance aquel estaba dedicado a la Virgen de la Fuensanta que se venera en Murcia y el joven aludido, incapaz de escribir una aleluya, lo copió de un periódico para sentar plaza de poeta.

Marzo, 1922.