Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

La Cantaora Ciega (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)


La Cantaora Ciega es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Eran los tiempos, ya lejanos, en que se hallaban en su apogeo los cafés cantantes.

No sólo el pueblo, sino muchas personas de más elevada posición social mostraban su predilección por los espectáculos en que se rendía culto al género flamenco, en el cual hay mucho más arte, más belleza que en el género llamado de variedades, en boga actualmente.

Entre la legión de cantaores, tocaores y bailaoras destacábanse como figuras culminantes Juan Breva, Arcas, la Bayoneta y otros que electrizaban al público, ya con la copla sentidísima, ya con las falsetas admirables, ya con los retorcimientos de un baile que tenia reminicencias [sic] de las danzas misteriosas y sagradas de los pueblos primitivos.

En Córdoba estableciéronse cafés cantantes en distintos lugares, siendo los principales el que hubo en el local de la plaza de Abades que fué mercado; el que se instaló en el antiguo teatro de Moratín, en la calle de Jesús María, y el que estuvo en una de las dependencias del popular cafe-teatro del Recreo, en la calle del Arco Real donde tuvo su domicilio social el Centro Filarmónico, fundado por el inolvidable Eduardo Lucena.

En el cafe últimamente citado actuó durante una larga temporada una cantaora que, por sus dotes artísticas excepcionales, sobresalía entre todas sus compañeras.

Poseía una voz tan extensa como bien timbrada y cantaba con exquisito gusto, con sentimiento extraordinario.

Dominaba todo el genero flamenco: malagueñas, soleares, carceleras, seguidillas gitanas, brotaban de sus labios entre torrentes de armonía, ya como hondos lamentos de un corazón herido, ya como saetas envenenadas, ya como rugidos de leona en celo.

Además las coplas de esta cantaora eran pequeños poemas delicadísimos, rebosantes de pasión o de ternura infinita.

El público la escuchaba extasiado presa de honda emoción y prorrumpía en delirantes ovaciones al final de cada copla, a la vez que caía a los pies de la cantaora una verdadera lluvia de sombreros.

El entusiasmo del auditorio rayaba en los límites de lo inconcebible y los aplausos y los olés convertíanse en una tempestad cuando la artista entonaba este cantar, con un sentimiento infinito, con una amargura suprema:

¡Que triste suerte la mía! Mi canto a nadie conmueve; yo soy como el avefría que canta sobre la nieve.

Luego, orgullosa de su triunfo, con majestad de reina, aquella mujer descendía del tablado y todos los concurrentes al café disputábanse el honor de obsequiarla, de que ante su mesa se detuviera unos instantes para dedicarle unos piropos y ofrecerle una copa.

Transcurrió mucho tiempo, desaparecieron los cafés cantantes para que los sustituyeran los salones de variedades, y el arte flamenco, lo mismo que el arte dramatico, cayó en la decadencia al encumbrarse el cinematógrafo.

Un día, al transitar por una calle céntrica, llegó hasta nuestro oído, produciéndonos gran impresión, aquella copla, sentida y bella:

¡Que triste suerte la mía! Mi canto a nadie conmueve; yo soy como el avefría que canta sobre la nieve.

La entonaba una mujer que no poseía la voz argentina y dulce de aquella otra mujer a quien se la oyéramos en el café de la calle Arco Real, pero en cambio la decía con mayor sentimiento, no parecía que brotaba de unos labios sino de un corazón rebosante de pena y de amargura.

Nos acercamos al pequeño grupo de gente de donde había surgido la copla y no sin trabajo reconocimos en quien la acababa de lanzar al viento a la antigua cantaora que electrizaba al público en el café de la calle Arco Real.

Estaba ciega y ahora se valía del arte que le dió fama para implorar una limosna. ¡Sarcasmo de la suerte!

Nos detuvimos y le escuchamos varias malagueñas y soleares, cantadas trabajosamente, con voz opaca, pero con buen estilo, con mucho sentimiento.

Por último entonó esta copla:

Quien le da limosna a un ciego y visita un hospital tiene las puertas del Cielo abiertas de par en par.

Al concluirla dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos sin vista de la cantaora.

Inmensa angustia nos oprimió el alma y el llanto pugnó por salir a nuestras pupilas.

Depositamos unas monedas en el platillo conque la acompañante de la ciega postulaba y nos alejamos con una triste y amarga impresión repitiendo mentalmente el cantar:

¡Que triste suerte la mía! Mi canto a nadie conmueve; yo soy como el avefría que canta sobre la nieve.

Junio, 1923.